Calabrese: la monarquía de Belgrano

OPINIÓN

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Monumento Gral. Manuel Belgrano / Foto: Sebastián Dario

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de lacity.com.ar

 

 

 

Fracasadas sus gestiones en la diputación europea junto a Rivadavia y la participación de Sarratea, por conseguir un príncipe para la jefatura de gobierno de las Provincias Unidas, en una noche, días después de declarada la independencia, Manuel Belgrano sostuvo ante los congresales de Tucumán la necesidad de implantar la monarquía constitucional en cabeza de la dinastía de los Incas.

Imbuido del parlamentarismo, la monarquía constitucional liberal inglesa como como modelo, y sabiendo que el Rey reina, pero no gobierna, lo importante era la cabeza del Estado como símbolo de unidad.

Recordemos que para aquella época la regla era la monarquía, sea esta absoluta o constitucional y que la República solo una excepción, como el ejemplo norteamericano que era de muy reciente data, además.

Por otra parte, Narciso Binayán Carmona, en sendos artículos publicados en el diario La Nación en 1956 y en el libro sobre el Congreso de Tucumán compilado por Guillermo Furlong, sostiene, entre otros aspectos importantes, la inmensa proporción de la población indígena. Sobre 2.386.000 habitantes, 1.300.000 eran indios, 742.000 «castas» y solo 320.000 entre negros y blancos.

El proyecto fue presentado por el diputado por Catamarca, Dr. Manuel A. Acevedo, que en diferencia con Belgrano que quería proponer a un miembro único, sostenía el reconocimiento de una dinastía existente.

La oposición fue feroz y con fundamento esencialmente racista propio de una época oscura. Una de las grandes espadas de esta lucha política publicitaria fue el mestizo paceño Pazos Kanki, que con la fuerza de los conversos denostó a sus congéneres.

Tomás de Anchorena, conspicuo representante de la clase poderosa porteña, le escribió a Rosas, su pariente, en algún momento, para decirle: «Este no fue rechazado y ridiculizado en el público porque hubiésemos proclamado o porque nos hubiésemos ocupado de discutir si debíamos proclamar un gobierno monárquico constitucional sino porque poníamos la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía, tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de monarca que deberíamos tenerle preparado».

Craso error, no obstante, la distribución poblacional referida, no solo porque muchos de los descendientes de la familias poderosas de los pueblos originarios se había educado en los Colegios «del Príncipe», fundado en Lima en 1619 o en el de San Bernardo, fundado en Cuzco en 1629, en los que estudió, por ejemplo, José Gabriel Condorcanqui, sino porque otros habían alcanzado fortunas considerables, y concordando con ello la mestización por generaciones había operado trasformaciones importantes.

Por ejemplo, solo para citar algunos casos, Artigas y Valentín Gómez, fueron séptimo y octavo nieto, respectivamente de Da. Beatriz Tupac Yupanqui, mujer de Pedro Álvarez Holguín; los celebres hermanos Carreras, de la sociedad Chilena, de triste final, eran octavos nietos de Da. Bárbola Coya Inca, mujer de Garcel Diaz de Castro; José Matías Zapiola y Da. Bonifacia de Lezica, curiosamente cuñada del propio Anchorena, eran octavos nietos de Da. Inés Huaylas Ñusta, mujer de Francisco de Ampuero relacionado con el ducado de Medinaceli, y en el propio Tucumán, a la fecha del Congreso, residían los descendiente de la familia de la princesa que diera origen a los Carrera.

De entre los despectivamente llamados «chocolates» o sea incas puros, se puede recordar a hombres de gran relevancia en la intelectualidad de la época, como el Dr. Justo Apu Sahuaraura Inca, diputado, canónico de la Catedral de Cuzco e historiador o como el Dr. José Domingo Choquehuanca, también diputado y autor del primer trabajo peruano sobre estadísticas.

En realidad, obviando las discriminaciones políticas, los problemas eran otros: el jurídico, es decir que derecho aplicar en la sucesión, y el dinástico.

El orden sucesorio difería en España con el de los Incas. Estos estaban basados en 10 principios. 1) el Inca no disponía de la borla, es decir no podía adjudicarla, tal como ocurrió cuando Tupac la cedió al Rey de España en 1559, cesión que fue declarada nula; 2) El Inca debía ser confirmado por el Consejo de «Orejones» que eran funcionarios especiales de tradición histórica; 3) El Inca debía ser varón; 4) Debía descender por línea de varón; 5) debía ser hijo legitimo; 6) debía ser hijo de Coya o sea princesa imperial; 7) debía ser en principio el primogénito, aunque en este único caso su predecesor podía elegir a otro hijo; 8) Solo era heredado por sus hijos o hermanos; 9) Debía ser confirmado por las «Huacas», como si hoy fuera por la Iglesia oficial; 10) debía asumir en el Cuzco.

El dinástico es más complejo y se remonta al primer Inca conocido llamado Viracocha (1386/1438); le sucede Pachacutec (1438/1471); y luego Tupac Yupanqui (1471/1493); a este último y de forma no ortodoxa, tal vez apoderándose del poder de forma espuria, Huayru Cápac (1493/1527) y a partir de allí una lucha por el cetro de manera horizontal entre Huáscar (1527/1532), Atahualpa (1532/1533) Tupac Hualpa (1533/1534); Manco II 1534/1544). En la misma línea de estos príncipes se encontraba Inés Huayllas Ñusta origen de los Vázquez de Velazco, condes de la Laguna. En la descendencia de Manco II le siguen en la posesión de la borla Sayri Tupac (1544/1559); y el célebre Tupac Amaru (1561/1571). A esta línea responde a su vez en la misma altura de Sayri Tupac , Da. María Cusi Huarpay, origen de los Marqueses de Santiago y Oropesa. De la línea de Tupac Amaru, Juana Pilcomayo y los Condorcanqui, caciques de Surinama, así como Leonor Yupanqui de los Vázquez de Velazco y de allí a mezclar su sangre con los adelantados del Rio de la Plata (Vera y Aragón).

Como vemos, la mira de Belgrano, como en tantos de sus escritos y en especial en sus memorias consulares, superaba a su realidad y afianzaba la independencia de la Provincias Unidas, alejada de los Braganza acusados de complicidad con Pueyrredón, nada menos que el Director, adelantando la posible bendición de los integrantes de la Santa Alianza y la alternativa del apoyo ingles dueño de los mares y las comunicaciones.

Hoy hablaríamos de una visión geopolítica.

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