Crear una Nación

OPINIÓN

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Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar

 

 

 

 

Segunda Parte

Argentina rompió su contrato social y como resultado fue alejándose de la posibilidad de consolidar una Nación, determinar por qué y cuándo es clave para intentar recomponerlo.

Es fundamental en esta enésima crisis económica y social debatir este tema porque la actual es acompañada por una disolución de las instituciones políticas alarmante.

Hace ya 30 años que los partidos políticos entraron en una crisis de descomposición. Se podrá discutir la fecha, las causas, pero no la conclusión. Hoy debemos recurrir a algunos gobernadores, a algunos legisladores o referentes individuales, pero a ninguna institución, para encontrar una ruta.

Si buscamos una salida ordenada e institucional a la actual situación debemos tener la posibilidad de que en ese proceso puedan participar una mayoría consolidada de la dirigencia argentina y de todos los sectores políticos y sociales.

Sin esa mayoría cualquier proyecto naufragará como todos los anteriores.

Propongo que intentemos coincidir en el momento y las causas del comienzo de esta crisis, primero institucional y luego económica para partir de un supuesto sólido.

Esta búsqueda deberá ser evitando caer en las remanidas antinomias de liberalismo vs. desarrollismo o populismo vs. republicanismo o peronismo vs. antiperonismo.

Una fecha que nos puede quedar cómodos para partir puede ser el golpe militar de 1930.

Años antes con el voto secreto y obligatorio, aunque parcial por la ausencia del voto femenino, se había iniciado el proceso de democratización, rompiendo con las prácticas amañadas de los punteros conservadores.

Nuestro país había nacido por designio de la Corona española, uniendo un conjunto de territorios sin antecedentes de civilizaciones avanzadas ni con una ocupación territorial ordenada. Aunque parezca, por su antigüedad, poco importante, este antecedente nos va a marcar en todo el proceso de constitución como nación independiente.

La conformación del naciente país se caracterizó por el acuerdo de zonas económicas autosuficientes y consolidadas que lucharon en largas guerras civiles por el reparto de la renta de lo producido por el comercio del puerto de Buenos Aires. El tema era cómo se repartía la renta que antes de la independencia se llevaba el reino.

Hasta el advenimiento de la democracia moderna con la ley Saenz Peña todo se fue desarrollando en base al acuerdo logrado en 1860.

Lo nuevo en el primer tercio del siglo XX fue la inmigración masiva que provocó la primer guerra mundial, el manejo de esa inmigración dio comienzo a una mala distribución de la población que con el correr del tiempo se fue agravando.

La carencia de planes de desarrollo regional fue el motivo que generó lo que ahora es la coparticipación federal que no es otra cosa que distribuir impuestos y no renta.

Los inmigrantes instalados en su mayoría en Buenos Aires y el Centro del país, desarrollaron una economía que con una Europa en guerra se ocupó de sustituir las importaciones de aquellos productos que no llegaban del viejo continente.

Si todo ese proceso se hubiera desarrollado en forma integral y conducido por aquellos sectores que hasta 1912 condujeron la conformación del país, hubiera sido parte de un proceso virtuoso, porque no se hubiera generado la primera y la más grave de las fracturas de nuestra corta historia.

Lamentablemente con la ley Saenz Peña lo que sucedió fue que los nuevos partidos yrigoyenista, socialista y demócrata progresista se nutrieron para ganar las elecciones fundamentalmente de los inmigrantes, los viejos conservadores no quisieron, no pudieron integrar a esa nueva comunidad con su economía naciente.

Los viejos y amañados políticos de la generación del ochenta abandonaron la lucha cívica.

Aquellos inmigrantes no se integraron a una historia, a un proceso de integración nacional, intentaron, en un territorio amante de Europa y su cultura la posibilidad de recrear lo que hicieron en sus países de origen, sin percatarse de que no estaban en Europa.

Esta ruptura dio origen a la verdadera y más loca contradicción de nuestro proyecto inconcluso de nación, la del campo con la naciente industria sustitutiva de importaciones.

En la crisis económica de 1952, cuando comienza el debilitamiento del primer peronismo, ninguno de los poderosos ligados a esa economía nacida en la emergencia quiso escuchar a Perón que ya advertía que se debía cambiar el rumbo.

Desde ese momento y hasta el conflicto por las retenciones de 2008 nuestro país fue conducido por partidos políticos defensores de una economía poco sustentable, desarrollando instituciones intermedias que defendían a esa economía.

Un país conducido por intereses sin futuro llevó al país a un fracaso económico y a una descomposición institucional terminal, que es la que hoy vivimos.

Con la finalización de la segunda guerra mundial, año a año esa industria sustitutiva creada por la emergencia demostraba su incapacidad de competir con la industria de los países del hemisferio norte.
La defensa de esa incompetencia generó una necesidad fiscal cada vez mas grande y cada ves menos financiable por aquellos sectores que si pudieron integrarse al comercio mundial.

Si a esto le sumamos la increíble descomposición del estado como herramienta de servicio público, constituyéndose en el instrumento de la ambición de políticos sin relación con una producción sustentable.

Con instituciones intermedias de empresarios y trabajadores dominada por los sectores subsidiados por impuestos y protecciones bajo la propuesta de vivir con lo nuestro.
Se sucedieron gobiernos semidemocráticos surgidos con proscripciones, gobiernos militares surgidos de golpes palaciegos y ahora más de treinta años de democracia consolidada. Pero el poder económico y sindical fue abroquelándose en esa economía sin sustento que se apropiaba de la poca renta de los escasos sectores productivos.

Así arribamos a la descomposición actual de nuestro país, que abarca desde la distribución poblacional, 80% de la población ocupa el 1% del territorio, hasta la descomposición institucional con el estado, partidos políticos, educación y salud pública en crisis, carente de planes consensuados por una mayoría que los haga posibles.

Ante esta situación enfrentamos un año con recambio de gobernadores y presidente.

Algunas provincias comienzan a diferenciarse buscando recuperar planes de desarrollo propio, alejados del desmadre nacional, otras se aferran a conciliábulos que les garantice su financiamiento a través de los impuestos nacionales.

El poder nacional se debate en continuar dividido por falsas antinomias sin destino, con algún tibio llamado a presuntos acuerdos entre la civilidad sin instituciones que lo represente.

Parece ser que el único camino posible es que todos asumamos como tarea la refundación de la Nación. Partiendo de volver a sentar en la mesa de la decisión a aquellos que sean capaces de producir en forma sustentable, que fue lo que reunió a nuestros fundadores, a discutir el diseño de una Nación sustentable.

Algunos piensan que para llegar a esa posibilidad hay que derrotar al otro, en lo personal creo que ante el desastre poco comprensible al que hemos llegado, es momento de bajar banderas y sentarse a debatir sin ganadores ni perdedores.

Quizás el ejemplo de Mandela nos pueda orientar.

 

 

Para leer Primera Parte aquí.

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