Opina Calabrese: Los años de plomo (Capítulo final)

OPINIÓN

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Dictadura militar (1976) / Foto: Desconocido

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Causas y Efectos

La resistencia y el desarme del peronismo contra la dictadura y la proscripción

Lectura: 14 minutos

VIII. – LA OSCURIDAD
Lo que vino después, lo escribieron otros y existe al respecto abundante literatura.
La lucha entre la insurgencia y la contrainsurgencia es antiquísima, recordándose antecedentes desde 1599 con Bernardo Vargas Machuca, hasta el «Shock and Awe», (conmoción y pavor) aplicado por los estadounidenses en Irak y Afganistán, pasando por las experiencias francesas en Indochina donde fueron derrotados por los insurgentes, y la aplicación de aquellas, más tarde, en el Magreb, en la lucha por la liberación de Argelia, donde se ejercita el manual de Roger Trinquet de gran difusión después en América Latina.

Es cierto que las leyes de la guerra desplazan a las leyes de la paz, pues aquella es justamente la inexistencia del Estado de Derecho o al menos una versión muy disminuida del mismo conformada por las convenciones internacionales no siempre respetadas.

La crueldad de la guerra insurgente que supera a la de las guerras comunes está radicada en la invisibilidad de uno de los adversarios, su expresión en células que son compartimientos estancos de una organización superior en muchos círculos, en donde no se conocen las identidades de unos y otros, inclusive en la propia célula más pequeña, razón por lo que Trinquet legitima la tortura como medio de obtener información.

La detención o la muerte de un subversivo no sirve para nada, lo que se busca es eliminar al menos la célula y de allí, para arriba llegar hasta donde sea posible.

En estos horribles métodos, el dolor o la muerte no valen nada ante la posibilidad de obtener la mínima información que permita la defensa o el ataque.

Por esta razón quienes tenían información sensible o dirigían aquellas organizaciones llevaban la pastilla de cianuro consigo, para tomarla antes de ser apresado.

Esto lo sabían todos tanto los insurgentes como los contrainsurgentes, salvo los llamados «periféricos».

Los «periféricos» fueron las grandes víctimas inocentes de la lucha, eran los amigos, parientes, conocidos o simpatizantes, a los que les pedían un favor o se ofrecían para recibir a alguien por un tiempo aunque sea unas horas, para llevar o traer un mensaje, una encomienda, apenas un saludo o un recuerdo lo que podía ser hasta un código en clave, los médicos, o el personal de salud que atendía algún herido o enfermo vinculado a los insurgentes o los abogados defensores, fundamentalmente estos, a los que se suponía que conocían los hechos para poder armar las defensas, por eso eran los primeros en caer.

Por las características de la acción, la contrainsurgencia no podía saber cuál era el grado de vinculación de los periféricos con la organización, por ende sufrían como si lo fueran hasta la muerte o la comprobación de que no formaban parte de la misma, lo que difícilmente ocurría antes de aquella.

En ese sentido, yo podría haber sido o más bien era, un «periférico».

Tenía a mi favor que era conocida mi posición contra la violencia y que solo defendía a presos que habían sido funcionarios del gobierno anterior, o algún sindicalista no asociado con la subversión, o a proveedores de bienes y servicios al estado.

En mi contra en cambio estaba la actuación política y profesional en Santiago del Estero en donde era bastante conocido.

Después de 1976 el proceso designó Gobernador, o más bien interventor, al General Cesar Fermín Ochoa un autócrata con el que pronto nos vimos enfrentados.

En las provincias, al menos en aquella, por esos años, caer en desgracia políticamente representaba para las personas expuestas una «capitis diminutio» que se manifestaba por ejemplo, en que algunos de los que antes te aplaudían y abrazaban, te negaran el saludo, como así también, lo que era mucho más grave, la persecución profesional para granjearse la simpatía del poder.

Por eso, para mejor defender los intereses de mis clientes renuncié a todos los poderes y representaciones judiciales y me fui de la provincia a trabajar en Tucumán, en el estudio de un entrañable amigo y compañero.

Allí nos dedicamos a las defensas más arriba mencionadas, a pesar de haber sido yo una abogado, en todo caso corporativo, no penalista.

Las injusticias, las arbitrariedades, el atropello, la brutalidad no nos permitían permanecer impasibles, como si nada ocurriera, dedicándonos a ejecutar hipotecas de la circular 1050 como lo hicieron muchos, mirando para otro lado y haciendo «caja».

Nos transformamos en un buffet cargado de defensas penales.

Había problemas de todo tipo y la mayoría de los clientes estaban prófugos y la mejor defensa era, en principio, poder «blanquearlos», es decir, presentarlos en un juzgado antes que los detenga la policía o los servicios de inteligencia, en donde podían pasar a la condición de desaparecidos, tuvieran o no, como en estos casos, vinculación con el terrorismo.

Recuerdo la predisposición de todo el personal judicial que nos atendía a cualquier hora y en cualquier lugar.

Uno de nuestros defendidos, recuerdo como ejemplo, era un señor de nombre Rómulo Potolichio, un sastre anciano, de más de 80 años y al que tenían detenido en una comisaría, sin abrigo, en pleno invierno, con una salud muy delicada y en muy mal estado.

El objeto del proceso era una ridiculez, que inclusive había representado una gran pérdida económica para el acusado, pues había ganado una licitación para entregar una veintena de trajes de franela gris, de la tela más barata, para el personal de maestranza, en una repartición oficial durante el Gobierno de Amado Juri.

Como todos eran, obviamente, de distintos tamaños, dependiendo del cuerpo de los empleados, se había autorizado a estos a concurrir a la sastrería para que retiren los de su talla, pero al asistir, algunos elegían otros de mejor calidad y de distintas tonalidades, y el sastre, aunque las prendas eran bastante más caras que las licitadas, los entregaba igual, con tal de terminar aquella obligación.

De manera evidente no había cumplido correctamente con su contrato, aunque lo hiciera perdiendo dinero, pero se habían ensañado con él, y ahora estaba muriendo, maltratado en una comisaría, sin la comida pertinente, sin remedios y muerto de frío.

A la mañana siguiente, era tal mi indignación, que presente un escrito pidiendo se lo traslade a un sanatorio de manera urgente, utilizando los peores calificativos posibles contra el Juez y el Poder Ejecutivo al cual servía desenfadamente deshonrando su función.

Fue la gota que llenó el vaso.

Esa tarde, en las primeras horas de la noche cuando distraído y cansado volvía al estudio caminando, noté que la cuadra estaba vacía, sin movimiento, hasta que alce la vista y reconocí en la bocacalle a un patrullero con sus luces intermitentes y a un coche particular bloqueando el tránsito desde la esquina contraria.

Inmediatamente una comisión integrada por agentes uniformados y otras personas de civil se dirigieron directamente hacia mí. Quedé paralizado porque sabía que si hacia algún movimiento iban a disparar. En la puerta del edificio, ni siquiera amague, tampoco me hubieran dejado entrar, se me acercaron, me palparon de armas y me subieron al vehículo particular.

Me sentaron atrás, entre dos personas de civil y me llevaron a dar vueltas por el parque de San Miguel de Tucumán, un bellísimo diseño de Thais, pero que en ese momento y a esa hora me pareció tétrico como un cementerio.

Yo habría los ojos para mirar al exterior, pensando que tal vez sería lo último que viera, porque ni siquiera me habían puesto una capucha, es decir, pensé, que mi destino era el final.

No recuerdo que imaginé, pero la costumbre me indicaba que con las cartas que tenía, la mano estaba irremediablemente perdida.

Veníamos en silencio absoluto desde el procedimiento.

De pronto, en una calle que atraviesa el centro del parque, bajo un par de faroles sin luz, el vehículo se detuvo, se abrieron las puertas traseras y se bajaron mis dos custodios. Yo quede sentado inmóvil, esperando el disparo.

El que parecía el jefe iba adelante junto el chofer que permanecía con el motor encendido, se dio vuelta, me miró y me dijo: «Santiagueño, tienes 24 horas para irte de Tucumán, si no, sos boleta».

Me bajaron a los tirones, luego subieron al vehículo, cerraron las puertas y se fueron.

Quede solo en medio del parque, lleno de interrogantes y de inquietud. En la oscuridad.

No pasaron las 24 horas pues a la mañana siguiente después de conversar con mi socio y dejar en orden todos los papeles y quedar de acuerdo con él, entendimos que mejor era prevenirnos, no pudiendo continuar con las defensas asumidas a las que buscamos reemplazo.

Subí a mi coche y me fui.

Lo relato además, después de tanto tiempo, como agradecimiento, porque aunque nunca me lo dijeron, ni lo averigüé, pase muchos años sin volver a Tucumán, supe interiormente, que la única persona que podía haberme salvado intercediendo por mí, era el padre de mi amigo, el Dr. Horacio Poviña, que era presidente de la Corte Suprema de Tucumán, aun cuando por supuesto no estaba de acuerdo con nuestra labor.

Volví entonces a Santiago del Estero y a los pocos días, sin tiempo para haber vuelto a ejercer mi profesión, ni realizar actividad política alguna, fui detenido junto a un grupo de personas que estaba departiendo conmigo en el Hipódromo, un día festivo.

Nos llevaron a la comisaria de la jurisdicción y mis acompañantes después de ser identificados obtuvieron la libertad, pero yo quedé.

Recién al día siguiente por la tarde de la misma forma inexplicable, me abrieron las puertas y me dejaron ir.

Esta vez supe quien intercedió, por lo que también agradezco al Dr. Jaime Verdaguer González, que entonces presidia la CAL que era un órgano integrado por juristas, creado en todas las provincia por el Proceso para reemplazar al Poder Legislativo y ejercía además la Rectoría de la Universidad Nacional de Tucumán, una personalidad muy importante e influyente.

Había sido desde siempre presidente del Partido Demócrata Conservador y profesor de Obligaciones, tanto en Tucumán como en Santiago del Estero, a cuyas clases tuve el placer de asistir.

Otra vez libre, después de un lapso tan breve, comprendí que el peligro para quienes me rodeaban y para mí mismo, era yo.

Recordando aquella inteligente y antigua metáfora, pensé que el mejor lugar donde podía esconder a un elefante es en una manada de elefantes.

Nada más populoso, intrincado y difícil, en ese sentido, que Buenos Aires, ciudad de mi niñez y nacimiento, a la que conocía muy bien.

Allí pase largo tiempo en la clandestinidad, por supuesto lejos del derecho, la política y la cultura.

Saqué para subsistir, los asientos de mi auto, dejando solo el del conductor y comencé a repartir chacinados, embutidos, fiambres, salames y mortadelas que me proveía un frigorífico de La Plata a cuyo dueño, que había sido Jockey y cuidador, conocí en los hipódromos cuando corrían mis caballos.

Hasta que un día, ya sobre el final, en 1982, en una cola, esperando el colectivo, al subir se acercó corriendo un individuo que pisó el estribo detrás de mí y después de sacar boleto me siguió hasta el final del pasillo repleto, parándose a mi lado.

Entonces se sacó el sombrero y lo reconocí. Era un compañero del Colegio Militar el año que estudie en él, en la década del 60, casi 20 años antes.

Sorprendido lo salude afectuosamente igual que él, preguntándole si había seguido la carrera y se había recibido, pero me contestó con evasivas como cuando le pregunte por los jefes y compañeros comunes.

Me di cuenta inmediatamente y a modo de réplica empecé a contarle que yo me recibí de abogado pero que ya no ejercía.

«Ya lo sé» me dijo seriamente mirándome fijo, «Seguí así», continuó. Se puso el sombrero y bajó en la próxima parada, no había nada más que hablar.

Mi clandestinidad solo había sido para mí un tormento, pues ellos sabían perfectamente donde estaba y que hacía.

Muchos años más tarde, porque siempre me negué a hablar de este triste período, por indicación de un amigo vi que en el anexo del Nunca Más publicado por EUDEBA en 1984 figuraba entre las personas mencionadas allí, un Antonio Calabrese, en el espacio correspondiente al tercer cuerpo de Ejército, pero con la columna correspondiente a la fecha de desaparición en blanco, algo que solo un bajísimo porcentaje de la lista tiene.

¿Un homónimo tal vez? O la elección personal de rechazar estar en un lugar donde otros deciden ponernos. Nunca efectué averiguaciones al respecto, yo no era importante para ningún bando.

Sin embargo cuesta colocarse en la periferia de la diana cuando te hicieron saber que tus movimientos eran vigilados, coincidiendo tu nombre y apellido (que no es tan común) como así también la jurisdicción del cuerpo de ejercito correspondiente a tus domicilios.

Cuesta, pero así vivimos durante muchos años, entre la incertidumbre y la oscuridad

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