Opina Calabrese: Bramuglia (II)

OPINIÓN

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Bloqueo soviético en Berlín (1948-49) / Foto: Heilig, Walter

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

*Segunda y última parte de la investigación realizada por el historiador y abogado Antonio Calabrese. Historia vinculada con el gobierno de Perón en su primera etapa 1946-52 y el rol que cumplió el Ministro de Relaciones Exteriores Juan Bramuglia en la denominada Crisis de Berlín.

 

 

 

Bramuglia, el cóndor de la paz

 

Lectura: 15 minutos

La crisis
Al cerco (en Berlín, en la posguerra hecho por los soviéticos) se respondió con un gigantesco puente aéreo durante once meses compuesto por más de 200.000 vuelos, sin precedentes en el mundo, para abastecer a una población de 2.250.000 habitantes.

Ante la imposibilidad de solucionar el conflicto por sus propios medios y la escalada militar, el 29 de Septiembre de 1948, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia llevaron el conflicto al Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, que estaba integrado por las potencias aliadas con derecho a veto y seis países neutrales que se designaban rotativamente, que en ese momento eran Argentina, Canadá, Colombia, Bélgica, Siria y Ucrania.

Como la presidencia correspondía a Estados Unidos, uno de los países en conflicto, fue cedida, en todo aquello que fuera concerniente a la cuestión alemana, a uno de los seis países neutrales, eligiéndose a Argentina.

Las Naciones Unidas funcionaban en ese momento en París y Perón, advertido entre otros por el embajador Toff de Israel, que también era argentino, temía que fuera una trampa para descalificar nuevamente al país, dados los antecedentes.

Bramuglia que se encontraba en París, recibió órdenes del gobierno en tres oportunidades para que no aceptara la nominación.

Los norteamericanos a través de su embajador Phillip Jessup, presionaban para que Argentina acepte y el embajador Arce, era de la misma postura e insistía ante Bramuglia, quien finalmente se dirige al Presidente aconsejando aceptar, a lo que Perón, no muy convencido, accede bajo dos condiciones: 1) que asuma Bramuglia la presidencia y no el embajador Arce como hubiera correspondido y 2) que se limitara exclusivamente al caso de Berlín.

La elección del canciller era evidente porque Arce, un gran contradictor de los soviéticos, enemigo declarado de su embajador Vishinski, no tenía ninguna posibilidad de éxito, las que desde ya eran muy difíciles para cualquiera, pensando además que sería descartado por los rusos.

Esto fue considerado equivocadamente por Arce como una traición de Bramuglia y comenzó a conspirar internamente contra el Canciller, como si no fueran suficientes las dificultades de la misión.

En el mensaje confirmatorio, Perón le diría: «…estoy convencido que a usted no lo van a engañar ni serán suficientemente hábiles para jugarle una mala partida».

Ya en su discurso en París, días antes, en el mismo mes de septiembre, con motivo de la reunión inaugural de la Tercera Asamblea General, transmitido internacionalmente por la BBC de Londres, el canciller argentino llamaba a la paz, la solidaridad y la coexistencia armónica entre los pueblos.

Sin embargo la Unión Soviética y Ucrania se opusieron a la intervención del Consejo de Seguridad. El embajador Vishinski sostuvo que no había sitio alguno a Berlín, que las medidas tomadas eran exclusivamente defensivas como reacción a la reforma monetaria, que no tenían en absoluto el carácter de una amenaza a la paz y que las Naciones Unidas de acuerdo al artículo 107 de su Carta no tenían facultad para intervenir en medidas de carácter político.

El embajador norteamericano respondió con la firmeza del caso, diciendo que el sitio decretado por la Unión Soviética, tenía tres respuestas posibles: rendirse ante el uso de la fuerza; responder con más fuerza a las acciones de fuerza o elevar el caso al Consejo de Seguridad.

Siguieron reuniones en días de febrilidad diplomática, algunas en el Quai d’Orsay y la mayoría en el Hotel George V donde se alojaba la delegación argentina.

Bramuglia en diversas apariciones anunciaba la necesidad de un orden mundial moral. Se negaba a responsabilizar a ninguno de los litigantes ni a reclamar nada, fiel a la «Tercera Posición», solo pedía la coherencia necesaria para no recurrir en ningún caso a una solución violenta.

Reconocía las limitaciones del Organismo ante el poder del veto, pero entendía que no debía perderse la esperanza y que había que realizar cuanto esfuerzo fuera necesario.

Perón y Bramuglia mantenían por todos los medios un contacto permanente por aquellos días. El presidente, por otra parte lo apoyaba sin reservas en su rivalidad con Arce.

Dijo entonces: «Creo como usted que la tarea cumplida allí es superior a la fuerza de la Republica, pero creo también que el honor que de ello se desprende para el país es superior también a cuanto debíamos esperar al concurrir a la Conferencia».

Mientras el Canciller mantenía contactos con las cuatro potencias y sus embajadores Vishinski por Rusia, Jessup por EE. UU., sir Alexander Cadogan por Gran Bretaña y Alexandre Parodi, por Francia, lo hacía paralelamente con el Secretario de Estado norteamericano George Marshall, el presidente francés Vincent Auriol y el Papa Pio XII.

Perón decía que era la lucha de «un David entre dos Goliat».

«Sigo con placer y aplauso todas sus acertadas medidas y gestiones allí. No lo podíamos haber hecho mejor y las consecuencias las noto yo aquí por la guerra de intrigas, mentiras e infamias que tejen los brasileños, chilenos, uruguayos, etc. que sufren tanto con nuestros éxitos».

Los rusos exigían se retire el tema de la agenda del Consejo, pero Bramuglia no se amilanó y convocó a los cuatro grandes y al plenario, para formular dos preguntas: 1) sobre las circunstancias que exigieron limitaciones a las comunicaciones y el transporte a Berlín y 2) una explicación sobre el acuerdo celebrado anteriormente, el 30 de Agosto.

La URSS se negó a responder, no así las potencias occidentales.

Entonces Bramuglia al frente de los neutrales elevo una propuesta: a) Levantar las restricciones; b) reunión de los cuatro comandantes para discutir la unión monetaria; c) convocar a los cuatro cancilleres para tratar el futuro de Alemania.

Perón felicita a Bramuglia: «La propuesta me parece muy buena, muy justa y bien buscada. Aunque no resulte nosotros quedaremos bien. Como usted dice yo también creo que las Naciones Unidas no es para resolver nada, sino para preparar climas o estados ambientales. Por eso creo como usted que es fundamental allí, dejar a Argentina bien».

Tres días después, todos los países concurrentes la aprobaron, pero fue rechazada por Rusia y Ucrania.

El traspié no impidió a Bramuglia seguir bregando.

El entonces presidente de la Asamblea General, el australiano Herbert Evat y el Secretario General de la Organización Trygve lie pretendieron convocar a los representantes de los países en litigio, pero esto fue rechazado por las tres potencias de occidente, lo que se interpretó como una moción de confianza a la labor de Bramuglia.

El argentino redactó un nuevo plan el 1 de diciembre antes de finalizar su mandato, que convocaba a una comisión de expertos en cuestiones financieras, la cual se compondría con representantes de los seis países neutrales y uno más designado por el Secretario General de las Naciones Unidas.

El Dr. Roberto Ares, fue designado como representante argentino a esa comisión.

La URSS declaró, por primera vez, que «entregaría a la Comisión toda la información necesaria», lo que se consideró un triunfo final de la propuesta del Canciller argentino que se ratificó en los hechos.

En Abril comenzaron las conversaciones directas y en Mayo se levantaron las restricciones sobre Berlín.

En el mismo mes se creó la República Federal Alemana a lo que fue respondido por la Unión Soviética con la creación de la República Democrática de Alemania.

La división administrativa y política alcanzada mediante el diálogo y el consenso, duró casi medio siglo y salvó la paz.

 

La Cúspide

El mundo, aplaudió y se rindió ante el éxito del Canciller argentino.

El propio Perón, le escribió en los tramos finales: «Ánimo amigo y piense que cuanto usted haga lo apoyamos nosotros con la más absoluta solidaridad […] Usted es el Ministro de Relaciones Exteriores y allí, el Presidente de la República».

En noviembre fue recibido por Jorge VI, el Rey de Inglaterra, en el Palacio de Buckingham, junto al Primer Ministro Clement Atlle y su canciller Ernest Bevin, con todo el protocolo brindado a un Jefe de Estado, lo que se consideró en Argentina una cachetada a Eva Perón, que no fuera recibida, pese a los esfuerzos diplomáticos.

El propio Arce concluyó, lavando culpas, diciendo: «Lo acompañé mientras presidió y se condujo con rara habilidad, especialmente cuando replicó algunos excesos del lenguaje de Vishinski».

El diario «Washington Post», un gran enemigo de Argentina y permanentemente crítico de nuestro país, según el embajador Remorino, se vio en la obligación de publicar y acompañar los elogios del embajador Jessup como así también recordó que Marshall llegó a comentar «Si este hombre hubiera nacido en EE. UU., habría llegado a ser Presidente».

En los protocolos de las sesiones del Consejo de Seguridad se pueden leer los elogios y agradecimientos de los representantes de Canadá, Colombia y Siria, al igual que el representante de Francia Alexandre Parodi que expresó: «Doy las gracias en Particular a nuestro Presidente Señor Bramuglia, por la suma de los esfuerzos por el desplegados, con tanta buena voluntad como inteligencia, en la búsqueda de soluciones, así como por la paciencia que ha demostrado, por todo lo cual ambas partes debemos rendirle homenaje y quedarle agradecidos».

El embajador Vishinski, tiempo después, en el «Sol de los Pueblos» lo recordaba con seriedad y respeto.

Archivaldo Lanús, en una obra memorable «De Chapultepec al Beagle» lo menciona elogiosamente en la historia de las relaciones internacionales argentinas: «Bramuglia enfrentó a los cuatro grandes ─Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Unión Soviética─ preguntándoles porque no se habían cumplido los acuerdos de Moscú y cuáles eran las instrucciones que habían cursado cada uno a sus gobernantes militares para cumplir sus compromisos sobre Berlín». «No sólo demostró Bramuglia su aptitud para terciar entre “los grandes”, sino que la oportunidad le permitió exponer, en nombre de su gobierno, la versión de un país que se resistía a aceptar la división inconciliable del mundo».

La Argentina estaba en el Cenit, en lo más alto de su exposición, la «Tercera Posición» parecía adquirir personería internacional.

Otro gran Canciller argentino, Hipólito Paz, dijo de él en un libro exquisito como son sus «Memorias» que: «…era cordial, educado, un hombre de bien; se había hecho gracias a su propio esfuerzo una posición en el campo sindical, pero demostró siendo Canciller condiciones impares como diplomático. Su gestión como Ministro de Relaciones Exteriores fue sobresaliente».

El Secretario de Estado norteamericano, lo invitó a Washington, lo que Bramuglia aceptó con la venia del Presidente Perón y allí no solo lo recibió Marshall, sino también el Presidente Truman, lo que constituyó uno de los puntos más alto del prestigio de la diplomacia argentina, después de Carlos Saavedra Lamas.

A propósito de ello, cabe recordar también que hubo varias propuestas de su nombre como candidato a Premio Nobel de la Paz.

 

La caída

Sin embargo todo era diferente en Argentina.

Aquí el silencio rodeaba a su actuación. Las envidias y las insidias en el gabinete, estaban a la orden del día.

La mediocridad, que es cobarde, siempre se desenvuelve en las sombras. La ignorancia, como su expresión más cercana, es siempre enemiga de las luces, porque no tiene brillo.

El diario «La Prensa» que se publicaba en español en Nueva York, ya advertía al Ministro, en su estadía en aquel país, que los periódicos oficialistas ignoraban su histórica visita a Washington y sus éxitos en París.

El diario «Democracia» bajo el control de Evita, se mostraba hostil contra Bramuglia desde siempre.

En la Argentina los medios habían ignorado totalmente su actuación y por ende en el país, su nombre no trascendía más allá del de los restantes miembros del gobierno, inclusive no pronunciaban su apellido, designándolo simplemente como «el Canciller».

Eva Perón fue su gran enemiga.

La mayoría de los historiadores remontan su rivalidad a los días previos al 17 de Octubre de 1945, en donde Eva le pedía a Bramuglia que presente un «Habeas Corpus» para que liberen al Coronel y aquel se oponía, lo que la irritaba y llenaba de furia.

Sin embargo la razón para negarse esgrimida por Bramuglia, sostenida en círculos cercanos contemporáneos, era que el éxito de esa medida judicial solo serviría para el extrañamiento, es decir para que ella y Perón se fueran del país, que era la consecuencia obligatoria de una resolución favorable, y él consideraba que la nación lo necesitaba presente aquí más que nunca, siendo la fuerza del pueblo, movilizado y en la calle, quien lo liberaría, lo cual inclusive cambia, en alguna medida, la historia oficial del «celebre día de la lealtad», incluyéndolo entre los actores ideológicos de aquel fundacional 17 de Octubre.

Los familiares del Ministro sostienen que no fue entonces cuando comienzan las disidencias, que provenían de mucho antes, cuando el abogado de la Unión Ferroviaria escribía, a pedido de esa institución, para una radio de Buenos Aires, un teleteatro sobre la vida de Sarmiento, en donde se cruzaron con la joven actriz por diferencias circunstanciales ante las autoridades del medio.

Se atribuye a su oposición que Bramuglia no fuera candidato a Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Ministro del Interior o Secretario de Trabajo, cargos a los cuales aspiraba.

Ya en el gobierno, Bramuglia que no cedía con facilidad, se opuso al viaje de Eva Perón a Europa, en particular al único país que la recibiría con honores como fue la España de Franco, argumentando que en la situación en que Argentina argüía una posición prooccidental y de alineamiento con las potencias aliadas, para cambiar la imagen fascistoidea que se creara en el exterior, la asociación con Franco, el único dictador fascista que quedaba en pie, era sumamente contraproducente.

Para colmo, cuando Evita a su regreso se detuvo en Río de Janeiro en la «Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y Seguridad Continental», el Secretario de Estado norteamericano, Marshall cubrió de elogios a Bramuglia, lo que provocó en la señora un efecto contrario al querido.

Hipólito Paz, para ejemplificar la tensa situación que los enfrentaba cuenta que en medio de una discusión subida de tono, Bramuglia, para resaltar su importancia, le dijo: «No olvide usted señora que cuando yo viajo el General me escribe todos los días» a lo que ella contestó: «Y no olvide usted que conmigo duerme todas las noches».

Pese al gesto de Perón de ir a esperarlo al puerto de Buenos Aires y estrecharlo en un abrazo, el Canciller advirtió ni bien se hizo cargo de sus funciones que sus días en ella estaban contados.

Bramuglia amagó presentar la renuncia varias veces, todas descartadas por el Presidente, hasta que un día después de una reunión con el embajador en Estados Unidos, Jerónimo Remorino, dueño de una personalidad no muy apreciada, que ambicionaba su cargo y llenaba de infundios al presidente, en presencia de este, Bramuglia lo insultó, retirándose de la reunión, presentando luego su renuncia alejándose definitivamente del gobierno.

La historia no fue generosa con él, sin embargo su vuelo fue muy alto, se asemejó al de los cóndores, que por encima del Aconcagua, tienen solo al cielo por límite.

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