«Preocupación y angustia», la opinión de Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Presidente de Argentina, Alberto Fernández / Foto: Casa Rosada, Presidencia de la Nación

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Si se pregunta a cualquier técnico en economía sobre la situación económica del país, dirá, es preocupante como en todo el mundo porque esta pandemia pegó en las bases mismas de la estructura económica.

Pero Argentina tiene un hándicap, las dos actividades que más comercian con el mundo no sólo no han sufrido, sino que gracias al clima y a los nuevos negocios en uno y otro caso están mejor que antes.

La bioeconomía, a pesar de las pésimas políticas nacionales, que sufre desde hace décadas, sigue desarrollando su potencial y su tecnología. Hoy se encuentra con precios y condiciones para volver a aportar a su país con su trabajo.

La industria del conocimiento que luego de gozar políticas promocionales y virtuosas ve en el horizonte un destrato igual que la anterior, sigue su desarrollo y tiene por delante solo el desafío de crecer, en las dos únicas cosas que debe hacer, en dar más empleo y en la de aportar más divisas.

Claro, a ambas las acecha el estado estafador que en lugar de apoyarlas intenta esquilmarlas. El escorpión liso y llano.

Con esos dos puntales alcanza para diferenciarnos de todos los países que tienen en el turismo o en la industria sus bases económicas, que son muchos, y que sufrirán la pandemia muchísimo más, porque serán esos sectores lo que más van a tardar en recomponerse.

Visto así Argentina debería tener un futuro auspicioso asegurado, si a estas condiciones le agregamos la renegociación de la deuda y la enorme cantidad de dinero que fluye en el mundo a tasas cercanas a cero, todo es venturoso.

Pero, lamentablemente, no es así, no porque el equipo económico esté equivocado, no porque estas simples verdades no sean conocidas por todos los actores del poder.

La razón es la debilidad institucional. Muchas veces mencioné que el día de las elecciones todos valemos uno, al día siguiente ya no es así. La debilidad de este gobierno es que o no quiso o no pudo consolidar una coalición de gobierno que les permita gobernar, sin ella fracasará.

Los presidentes en un sistema presidencialista no se inventan, logran tener esa enorme responsabilidad por vocación, recorrido, experiencia y capacidad.

Nuestro presidente no llegó a serlo por vocación, ni por recorrido, nunca había administrado un estado en ninguna de sus formas, fue un hombre de staff, no se conocía su capacidad.

Tuvo una enorme oportunidad. Una crisis como la que vivimos le dio todos los elementos necesarios para convocar a un gobierno de unidad nacional.

Se requería compartir el poder con aquellos que le dieran el volumen y la contundencia para hacer las reformas estructurales que nuestro país reclama para convertirse en una Nación.

No solo no lo hizo, sino que se dejó llevar, el gobierno, por las apetencias de una parcialidad que siempre se supo que no podía gobernar en soledad y ya había fracasado.

Los que no votaron a este gobierno se dividen también en dos sectores. Aquellos que buscan revancha por la derrota y aquellos que saben que volver a gobernar con el mismo volumen de poder que tuvo el gobierno anterior es también garantía de fracaso.

Esto es suma cero, si gobiernan unos fracasan, si gobiernan los otros también.

O son unos obcecados y caprichosos o son antipatriotas que por motivos de intereses personales son capaces de introducir en la indigencia y la pobreza a millones de compatriotas por el solo hecho de vencer al otro.

Lo más penoso de esta situación es que ya las encuestas y los análisis de casi todas las consultoras nos indican que los cultores de la grieta son minoría.

Que la mayoría es capaz de sentarse en una mesa con sus ideas a debatir por las cosas sin otro preconcepto que el bien común.

¿Es ingenuo? no, no lo es. Lo hacen la gran mayoría de los países del mundo.

Lo que si marca es la falta de valentía, de decisión que los dirigentes que sabiendo de esta situación no asumen la responsabilidad y rompen este status quo que nos lleva al precipicio.

Prefieren protegerse en el sector que los cobija a pesar del fracaso y convivir en su parcialidad, con la angustia de disentir, sin poder bajar las banderas del odio que llevan a la frustración.

Estas son las razones de la angustia.

La de la preocupación es que esto ya lo vivimos y el final fue tremendo para todos.

En 1974 cuando muere Perón, asume la presidencia alguien que no debió estar allí, no teníamos deuda externa, no teníamos ni desocupación ni pobreza, la indigencia no existía, pero la debilidad institucional sumada al ataque institucional de aquellos que no respetaban la democracia llevó al descalabro económico.

Ese descalabro llevó al total desprestigio del gobierno y eso derivó en la más sangrienta e inmoral dictadura que en su origen fue apoyada por el ochenta por ciento de la población.

Por suerte esa violencia sin sentido hoy no existe, pero sí existe la violencia del narcotráfico, de la pérdida de la cultura del trabajo y de la virtud de vivir bien con solo trabajar.

También aparece la violencia de pretender modificar la institucionalidad por atropello. Porque no son capaces de sentarse en una mesa a debatir sin ideología, solo con la intención de hacer el bien a todos.

Por el otro lado abundan los que hacen valer su capacidad de hacer daño solo con versiones, o especulaciones, con el sólo objetivo de proteger sus bienes.

Si estos logran el desabastecimiento, vendrán los que querrán enfrentarlo con la violencia y no hace falta que cuente el final.

Cualquiera que gane, los argentinos perderemos.

Roguemos que los dirigentes más jóvenes que quieren el bien común sean capaces de sentarse en una mesa y sumar la voluntades que permitan dar el volumen de poder que necesita un buen equipo de gestión para con muy poco sacar adelante un país que no merece fracasar.

¡ARGENTINOS, A LAS COSAS!

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: Un país anómalo

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