Opina Calabrese: La Economía Justicialista (I)

OPINIÓN

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Presidente Juan Domingo Perón recibe atributos de mando de parte de Edelmiro Farrell (1946) / Foto: Archivo General de la Nación Argentina

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 13 minutos

LIBERALISMO-PLANIFICACIÓN-DIRIGISMO

El peronismo siempre planificó. Igual que todos los gobiernos, serios y responsables del mundo. Con mayor o menor éxito.

Al principio en la crisis del cambio de la economía pastoril en 1947 a una compleja e interdependiente en vías de desarrollo con un plan más compulsivo que podríamos incluir entre los dirigistas, sobre todo hasta 1951.

Después en la crisis proveniente del desarrollo instalado, en 1953 y finalmente en 1973, en dos planes que podríamos caracterizar como indicativos, con mayores libertades y más márgenes para las iniciativas privadas, porque las necesidades, las prioridades y los recursos modifican los objetivos según las épocas, ambos interrumpidos por sangrientos golpes de estado en 1955 y 1976.

Señor Presidente es imposible que un peronista pueda decir que no cree en los planes económicos, como afirmamos y demostraremos más abajo, pues son parte de su identidad política y social, tampoco como ciudadano, de algún de nivel de instrucción, aunque no sea un experto en la materia, es difícil expresar que no es necesario plan alguno dejando al azar o a la improvisación el destino de un país.

El «Laissez faire, laissez passer, le monde va de lui méme» y los fisiócratas, hace mucho ya, fueron abandonados por la realidad y según las circunstancias y los tiempos, los países van adaptando sus economías a distintos planes, programas o proyectos, según lo impongan las ideologías o el pragmatismo de sus gobernantes.

Nicolás Argentato, un antiguo economista del peronismo, en una obra llamada «Doctrina Económica Nacional», publicada por el Fondo Editorial Universitario, perteneciente a la Universidad Católica de La Plata sostiene que: «La teoría de la planificación suele clasificar los planes económicos en dos grandes categorías diferenciadas principalmente por el grado de los efectos de compulsión que los planes nacionales ejercen sobre el ajuste de los planes de los grupos de empresas y personas».

Dice que no habría inconvenientes de sostener en la economía capitalista a cualquiera de las dos versiones pues, cuando los planes son vigorosos, centralizadores y rígidos en su aplicación estaríamos en una economía «dirigida», en cambio, cuando los planes solo se refieren a la coordinación de las decisiones nos encontraríamos ante planes indicativos.

Para determinar el carácter de plan compulsivo o indicativo es importante considerar los instrumentos a utilizar entre los que destacaremos a la política fiscal, la monetaria, de inversión pública e institucional, la política crediticia, de impulsos selectivos a determinadas actividades, etc. entre las más significativas

Es muy importante, cualquiera sea la elección, la consideración de la economía internacional. En este sentido dicho autor refiere: «Los planes económicos basados en las actuales condiciones en que se desenvuelve la competencia internacional donde la vigencia de figuras monopólicas es el rasgo preponderante (nosotros agregaríamos “u oligopólicas”), distan mucho de ubicarse en la categoría de planes indicativos u orientadores cuando se aplican a economías de escaso desarrollo», pues se las condenarían a volver al viejo esquema de la división internacional de trabajo con las consecuencias de separación tajante entre economías nacionales dominantes y dominadas.

Téngase en cuenta que esto estaba escrito en la década del setenta del siglo pasado, pero hoy con el desarrollo de la información, la globalización y las protecciones aduaneras, tanto nacionales como regionales, de los incentivos a la exportación o su contracara los impedimentos para importar, recrean muchas veces variantes diferentes a las ensayadas antiguamente, a medida que van cambiando los parámetros tomados en cuenta.

Mario Cichero estima que esta concepción de las planificaciones diferentes nos enfrenta tanto al referido «laissez faire» de los fisiócratas como al totalitarismo coactivo del comunismo contemporáneo con la excepción de China.

La planificación es perfectamente compatible con el estado democrático combinando las fuerzas del desarrollo con la iniciativa individual.

El plan indicativo es por lo tanto, en el mejor de los casos, al menos, un «intento de administración macroeconómica», que sin eliminar el azar lo limita a un «recinto de riesgos aceptados».

La planificación comienza con un diagnóstico de la situación y luego elabora y propone soluciones.

En esta concepción ni el mercado ni el Estado serían los amos de la economía, que más bien fluiría racionalmente dentro de parámetros lógicos tratando de impedir saltos dañinos de la curva de su evolución.

Por esta razón consideramos que es el consenso entre todas las fuerzas de la nación, ya sea sociales, políticas, como económicas, es el que determinará un rumbo que seguirá hasta cumplir las metas no solo de corto plazo, sino las de mediano y largo, sin las cuales nada podría lograrse, sin perjuicio de adaptaciones a los cambios circunstanciales.

Francia podría considerarse un ejemplo de planeamiento finalizada la segunda guerra mundial que comenzó con el plan Monnet y se llegó en 1964 al «Comisariato General del Plan», pudiendo también citarse los ejemplos de Italia, España, Brasil, etc.

Entre las experiencias argentinas al respecto, puede recordarse siguiendo a Roberto T. Alemann, por ejemplo, que después del año 1930, el primer intento de planificación fue el de Federico Pinedo que en 1940 creo el «Plan de acción económica nacional» bajo el criterio de que «Todo el plan económico-financiero del Gobierno forma una trama en que sus partes elementales están íntimamente ligadas».

El plan de reactivación de Pinedo se intentó en su segundo Ministerio de Hacienda previa construcción de viviendas y otros estímulos a la producción manufacturera.

Fue el primer plan sometido al Congreso, aunque no podría calificárselo como un plan integro, sino de paliativos para superar el desorden económico, financiero y fiscal que se mantenía desde 1933.

Durante la mencionada segunda conflagración el «Instituto Alejandro Bunge de Investigaciones Económicas», elaboró un plan de marcado tinte industrialista y en forma concomitante, desde el gobierno de facto, se constituyó por decreto 23.847 de 1944 el «Consejo Nacional de Posguerra» que tenía por finalidad proponer una planificación que comprenda el aspecto, económico y social de la República.

Tomando como base los estudios efectuados por dicho Consejo, ya en el gobierno electo y en ejercicio, se dictaron los dos planes quinquenales, el primero de 1947 a 1951, un plan de emergencia en 1952 y el segundo de 1953 a 1958, en el primer y segundo período constitucional del General Perón.

Por supuesto Alemann es crítico y descalifica económicamente al primero sosteniendo que es más bien de carácter social y con una excesiva intervención en la economía, mientras que el segundo fue frustrado por el golpe de estado de 1955.

En ese año, después de derrocado el gobierno constitucional, se consultó al Dr. Raúl Prebisch, de conocida intervención en la CEPAL, de la que era Secretario Ejecutivo, quien presentó un «informe preliminar sobre la situación económica argentina», seguido de dos trabajos: «Moneda sana o inflación incontenible» y «Plan de restablecimiento económico».

Se registró una reforma cambiaria, se ingresó a los organismos financieros internacionales, se consolidó la deuda externa, se reformó el sistema bancario, se creó el INTA y se firmó un acuerdo de cooperación con la CEPAL.

A pesar de que el plan tenía una proyección de diez años, hasta 1967, fracasó y no obtuvo los resultados esperados, por lo que fue reemplazado por las nuevas autoridades constitucionales electas en 1958 por el «Plan de Estabilidad y Desarrollo», basado en prioridades: petróleo, petroquímica, energía, caminos, siderurgia, automotores, capitalización agropecuaria, industrialización y estabilidad monetaria como rasgos salientes, apelando a la inversión extranjera entre otras fuentes.

Era el despuntar de un marcado interés por la industria pesada.

La economía floreció y el tan reclamado autoabastecimiento petrolero se logró en tiempos acelerados, pero los inconvenientes planteos militares, y el rechazo a la política de alianzas del gobierno con sectores del peronismo, lo hicieron caer y su sucesor, de signo también radical, pero fuertemente antiperonista encabezado por el Dr. Arturo Illia, echó por tierra los progresos alcanzados.

Luego se ejecutó otro plan económico preparado desde 1963 por el «Consejo Económico Social» fue el «Plan Nacional de Desarrollo de 1965/1969».

En otro golpe de Estado en 1966 se frustra aquel plan, y se adopta mediante la sanción de la ley 16.964 un «Sistema Nacional de Planeamiento y acción para el Desarrollo» que se integra con la ley 16.970 con el «Sistema de Planeamiento y acción para la Seguridad».

Se disponían en ellos tres planes, uno anual operativo, y los otros a cinco y diez años respectivamente siendo su administrador el «Consejo Nacional de Desarrollo».

Finalmente y para cerrar ese ciclo que comprende los primeros planes económicos diseñados para el país, en el tercer gobierno de Perón, se implementa en 1973 el «Plan trienal para la Reconstrucción y Liberación Nacional», utilizando la terminología en boga durante esa época.

Con esta breve reseña queda aclarado que los intentos de planificación económica, en el lapso que va de 1940 a 1976, fueron numerosos y su autoría correspondió a diferentes orígenes políticos e ideológicos, los que a través de los distintos cambios y alteraciones políticas, tanto de facto como electivas no pudieron, en su gran mayoría ejecutarse completamente.

LOS DOS PLANES QUINQUENALES Y EL PLAN TRIENAL

En los tres gobiernos encabezados por el Presidente Perón, la planificación, como no podía ser de otra manera, fue el sistema, el instrumento con el que se encaró la cuestión de la economía nacional, con diferencias en su concepción y ejecución en especial en cuanto a la compulsión de su aplicación según las necesidades y problemas de cada época.

En 1930, concluyó el ciclo del liberalismo económico, que ya había dado muestras de resquebrajamiento después de la primera guerra mundial, decía Antonio Cafiero, («De la Economía Social-Justicialista al Régimen Liberal-Capitalista») a quien seguiremos en esta parte, porque como nadie, en su explicación de las políticas económicas del peronismo, fue elogiado por el propio General, quien expresara que es «la mejor obra que se ha editado posrevolución; su valor es incuestionable no solo por las verdades que contiene sino también por el esclarecimiento a que conduce al destruir los sofismas y falsedades de un sistema y de unos hombres que han hecho de la hipocresía, la mentira y la calumnia sus únicas armas de combate».

Esta afirmación de Perón me releva de otros comentarios.

EL PRIMER PLAN QUINQUENAL: SUS ANTECEDENTES ECONÓMICOS: antes del triunfo del peronismo encontramos el siguiente cuadro: 1) la economía era monoproductora dada la altísima influencia de las actividades agrícola-ganaderas; 2) Se carecía de mercado interno o al menos, uno de consideración relevante; 3) El capital extranjero estaba concentrado en la dominación de sectores vitales que creaban dependencia, allí estaban los servicios públicos, puertos, elevadores, bancos, compañías de seguros, transporte marítimo, comercio de exportación e importación; 4) se distribuía en forma inequitativa la renta nacional; 5) Existía un estado de desocupación latente en la medida que la producción agropecuaria no insumiría la mano de obra desocupada; 6) El proletariado industrial carecía de especialización y su productividad era deficiente, aglutinándose en los grandes centros fabriles con la peligrosidad de una explosión social en cualquier momento; 7) Desde principios de siglo hasta 1930 el ingreso por habitante fue de 1,2% anual y desde 1930 a 1945 había descendido al 0,4%.

Sobre este cuadro deben sumarse los inconvenientes y perturbaciones creados por la segunda guerra mundial en el sistema clásico de producción nacional.

Las dificultades para obtener abastecimientos que ella produjo crearon condiciones para el nacimiento y expansión de una industria nacional que crecía a un ritmo vertiginoso, en un esquema de sustitución de importaciones. En el mismo sentido creció la utilización de materias primas nacionales así como la exportación de productos manufacturados con motivo de la falta de competencia ante el retiro de los países en conflicto del mercado. En 1943 el 19,4% de las exportaciones correspondía a esta materia lo que no puede compararse con el 2,9% de 1930 (anterior) o el 2,3% de 1959 (posterior).

Sin embargo la falta de reposiciones había agotado a los bienes de capital lo que producía un explosivo peligro a punto de estallar conjuntamente con una demanda acumulada de ciertos bienes de consumo que la industria nacional no había podido encarar.

Si bien es cierto que se había acumulado una importante reserva de oro por valor de 1.697 millones de dólares esta se encontraba amenazada por la inflación de posguerra.

En el mercado interno se expandía un alza de precios proveniente de una inflación mundial generada por los países triunfantes en el conflicto.

Todos los estudios de carácter económico de la época estaban fuertemente influidos por el temor a la deflación y a la desocupación que sobrevendría al terminar la conflagración.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Bramuglia (I)

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