La Política (de la Academia a la versión nacional y popular), opina Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: Casa Rosada (Presidencia de la Nación)

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 8 minutos

Son innumerables las definiciones de la política y las consideraciones necesarias para su conocimiento y sistematización.

A título descriptivo únicamente, podríamos decir que se trata del estudio de las relaciones del hombre con el poder.

En la antigua división de las ciencias se la califica como antropológica, en cuanto se refiere al hombre y también se la incluye entre las éticas o morales, pues es de las que procura como enseñar al espíritu humano a tender hacia el bien.

Algunos han negado su consideración como ciencia y Gumplowiecz así lo hace expresando que solamente puede ser una doctrina de prudencia o de arte.

La discusión entre ciencia y arte, no es menos válida, porque la ciencia seria lo especulativo y el arte lo práctico, aunque podemos afirmar que la política encierra a ambos aspectos.

En definitiva es una ciencia moral de carácter social referida al hombre en la búsqueda de la satisfacción de sus fines en la vida colectiva.

En el antiguo Oriente se confundía la política con la teología lo que dio origen a los gobiernos teocráticos, que aún perduran, como el caso de Irán.

Mientras tanto en el budismo, después de Confucio y Mencio se empieza a terminar con la diferencia entre los hombres borrando las clasificaciones entre ellos, como la luz con las tinieblas.

En Occidente, la Grecia antigua nos dejó las enseñanzas idealistas de Platón y las más experimentales de Aristóteles, como así la vieja Roma, tan generosa en el Derecho Privado cuyas enseñanzas sobreviven en nuestros Códigos, fue también generadora en el Derecho Público, de la política práctica como arte, según Cicerón.

Finalmente de las manos del cristianismo que impone «dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios», quedan delimitados los campos esotéricos separados de los públicos.

En la evolución del pensamiento político, Nicolás Maquiavelo es el primer gran intento de llevar el pragmatismo aristotélico fuera de las esferas éticas o morales, dejando semillas para el futuro.

Paul Janet en el siglo XVI y los luteranos Hotmann, Languet, Buchanan y hasta Marcilio de Padua modelan el tiempo de la política moderna que explota después con Bodin y en el siglo XVII con Hobbes y su Leviatán en defensa del absolutismo de los Estuardo con similares fundamentaciones a las de Bossuet en Francia a diferencia de Locke, que por el contrario sostiene el reconocimiento de derechos del hombre anteriores al Estado.

El padre Suárez, maestro jesuita de Coimbra y Rousseau, contractualistas de distintos pelajes y diferencias de fondo, expusieron lo suyo hasta que el barón de Montesquieu finalizó de diseñar la Republica y la división de poderes como conquista de la civilización en su lucha permanente por la libertad.

No obstante ello, más modernamente, se unió el concepto de la política a la violencia y el engaño como forma, von Clausewitz, expresaba a fines del siglo XIX que la guerra «no es otra cosa que la continuidad de la política por otros medios».

Este pensamiento vendría a completar el de otro tratadista militar mucho más antiguo (V siglos antes de Cristo), Sun Tzu, cuando manifestaba que «todo el arte de la guerra está basado en el engaño».

Esta florida retahíla es debida a la fundamentación de una versión del arte o de la ciencia política nacida en Argentina en la exacerbación pragmática de aquel viejo maestro florentino incorporando al método, primero el engaño y después la violencia, denominada «Nacional y Popular» cada vez más lejos de la ética o moral y muy cerca de una especulación torpe y grosera que denota un escaso nivel cívico en sus destinatarios.

El coctel de política, engaño y violencia ha sido letal para la Argentina.

Comenzó solo con el engaño.

Así tuvimos un presidente que lució un proyecto en campaña electoral, bajo el lema «Síganme no los voy a defraudar» que al llegar al poder lo cambió íntegramente (¡¡¡por fortuna, alejándose de los nacionales y populares!!!) y que como justificación expresó sinceramente, «si decía la verdad no me iban a votar». Fue casi una mentira piadosa.

Luego, prosiguió de manera ya peligrosa, con uno que hacía, según dicen, símbolos mapuches cuando recibía el bastón de mando, identificándose con un pueblo que reniega de nuestra nacionalidad, agravia la bandera argentina y desprecia a la Nación, de otro presidente «nacional y popular» que dice no estar en sus cabales cuando afirma diatribas.

A este émulo Mapuche le siguió por ocho años su consorte que consolidó un giro a la izquierda, que vacaciona en Cuba y admira a Venezuela, pese a enarbolar, para alcanzar el poder, las banderas de un movimiento histórico de centro-derecha creado por un General de la Nación de origen conservador.

Su sucesor, que ahora preside el país, se somete a ella, que es su vicepresidente, previo acusarla, entre otras cosas, de traidora a la patria por la firma del pacto con Irán, cuyos representantes fueron declarados culpables, según el Poder Judicial, del mayor atentado político habido en el país, pues le debe nada menos que los votos que lo llevaran a la primera magistratura.

En una actuación gris, como una tarde otoño, se transformó en un patético arlequín cargado de tristeza.

Innumerables promesas desdecidas o cambiadas, compromisos incumplidos, afirmaciones categóricas que no duran 24 horas, cambios de opinión sobre cuestiones esenciales sin justificación alguna, frustraciones y desesperanzas, jalonan un camino de espinas ante un pueblo absorto.

Es decir, para evitar una larga enumeración, se institucionalizó, bajo el signo «nacional y popular» la felonía, la mentira y la traición como símbolo de la actividad política.

Asociado a ello emerge la violencia de la descomposición y la decadencia sumada a la inseguridad creciente.

Hubo ínterin, dos breves períodos no «nacionales y Populares», que por su fracaso solo sirvieron para consolidar al perverso sistema nativo.

Pero esas son comparsas de otro carnaval.

Hay ministros cuyo mérito es ser hijo de una terrorista que voló un edificio causando cientos de víctimas, muchas de ellas mortales, otro de la Corte que más que garantista fue abolicionista en un país que clama por la seguridad, cuya área está presidida por otra Ministra que justifica la violencia y las tomas de tierras, lo mismo que la titular del Ministerio de género que es defensora de terroristas internacionales y locales.

Ni mencionar en la decadencia, la corrupción del Ministerio de Salud, con los fracasos en la pandemia, la destrucción de la economía, y el reparto entre privilegiados de gran aparte de las pocas vacunas existentes.

Queda claro entonces que el objetivo de la política en los «nacionales y populares» es la aniquilación del enemigo, o sea la sociedad preexistente, sobre la que construirán la «nueva Argentina» seguramente socialista.

Por eso deben ganar la guerra, para lo cual el engaño y la mentira, se transformaron en la última estrategia hasta la victoria, ellos van al frente de combate en los nuevos escenarios, mientras nosotros creemos que vivimos en paz y democracia, ellos bajan de Sierra Maestra y tiñen de Octubre rojo nuestro tiempos.

¿Será solo otra masacre a los indefensos?

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: La Náusea

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