El Alma de Buenos Aires, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: Gustavo Brazzalle

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 16 minutos

El alma es una compilación esotérica del yo.

Es tan individual que no podría considerarse colectivamente, sin embargo Buenos Aires, la urbe gigantesca y cosmopolita, exhibe una y nadie lo discute.

En los ferrocarriles urbanos que la atraviesan desde los nudos de las terminales formando cicatrices imborrables que parecen hablar; en las frenadas que en cada esquina proponen los semáforos, se eleva como víctima de un martirio.

Está llena de torres modernas que desafían al cielo, cuyos habitantes ni se conocen o se ignoran, o de casas chatas en los suburbios que se destacan, al contrario, porque el chisme vecinal hace que todos los días se descubran nuevas cosas sobre sus ocupantes.

Por las mañanas desde el amanecer vomita de sus entrañas miles y miles de almas que vuelven a descender al infierno de sus vidas cuando el sol se oculta.

Entonces solo quedan los endiablados, los que se alimentan con la nocturnidad, con los placeres, que se encuentran aún en los pequeños rincones de la metrópoli, pues como diría Ezequiel Martínez Estrada:

«Cualquier ciudad de noche pierde su sentido significativo. Londres, París o Roma de noche son absolutamente extrañas así mismas…Entonces es cuando Buenos Aires…adquiere su sentido cósmico, sideral, telúrico». La ciudad que a partir de la ley de 1880 dejó de ser la capital de la provincia del mismo nombre, pasando a ser la Capital de sí misma, es «un muelle donde el ser humano ambula sin pasaporte ni ancla».

Probablemente esos noctámbulos no tengan alma porque la han vendido según los enredados en las sotanas, ¿acaso hay alguien más libre en la sociedad de consumo que aquel que puede vender hasta su alma?

Desde el amanecer las iglesias y los templos, las sinagogas y las mezquitas se abren a sus fieles, como por las noches los bares, garitos y prostíbulos encubiertos, a los suyos.

Los extranjeros
Algunos viajeros intentaron comprenderla, sobre todo en las primeras décadas del siglo pasado después del apogeo del centenario, confundiendo en general a la ciudad con la Argentina, porque solo conocieron Buenos Aires o porque estuvieron en ella la mayor parte del tiempo.

Le Corbusier quiso cambiarla proyectando algunos edificios emblemáticos, patrocinado por Victoria Ocampo, lo que culminó en el fracaso, de la misma forma que la aventura que con ella pretendió mantener el Conde von Keyserling, un dandy, aunque filósofo exitoso para la época, en cuyos despechos y críticas descalificaciones mutuas, terminó la incomprensión del aristócrata eslavo, que más bien parecía un jinete mongol, atinando a señalar que solo éramos más apegados a lo telúrico que los chinos o hindúes, pueblos a los que bien había conocido.

Waldo Frank, un escritor respetado en su momento y pionero del comunismo norteamericano, asombrado acaso, por la cultura derrochada por el porteño, quiso hacer un festival literario, pero apenas dejo la semilla con la que se fundó nada menos que la revista SUR y abrió el pensamiento de algunos escritores, entre ellos el de Eduardo Mallea, que en su «pasión» finalmente pudo decir: «Lo que yo ansiaba no era otra cosa: era ese estado de ciencia natural con respecto a lo que somos sin parecernos a otros».

José Ortega y Gasset en cambio, más comprometido con el país y Buenos Aires, donde trascurrió algunos años de su exilio, expresó «yo no he vivido la vida criolla pero la siento como un muñón». Habló mucho sobre nuestra identidad, percibiéndola como una desmesura. «La Argentina es una promesa que los argentinos no están dispuestos a cumplir» señalando en «El hombre a la defensiva» a fines de la década del veinte que el porteño le teme a lo que viene del otro lado del mar y por eso exagera el valor de sus éxitos ante los forasteros, para tener de que jactarse y presumir superioridad, aunque para adentro sabe y es consciente, de que no ha logrado ni siquiera lo posible.

André Malraux finalmente, entre muchos más, definió a Buenos Aires como la capital de un imperio inexistente. Nada más ejemplificador: una ciudad europea en un territorio de grandes carencias. El mencionado Martínez Estrada en un sentido similar dirá: «Igualmente Europa vino a resultar el punto más próximo a Buenos Aires y esta su ciudad más a trasmano».


Los nuestros
Primera versión
A partir de allí fueron sus habitantes quienes se ocuparon de autoanalizar la megalópolis Jorge Luis Borges la describió con «Fervor» en los arrabales como signo distintivo: «A mi ciudad de patios cóncavos como cántaros/ y de calles que surcan las leguas como un vuelo/ a mi ciudad con esquinas de aureolas de ocaso/ y arrabales azules hechos de firmamento».

Se ocupa de un habitante representativo, el malevo, porque «…el almacén, padrino del malevo/ dominaba la esquina» y ve al arquetipo de él, precisamente en “El hombre de la esquina rosada” donde lo describe como “Mozo acreditado para el cuchillo era uno de los hombres de don Nicolas Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también…».

Paredes y Morel, eran sin duda la prehistoria de los punteros y políticos de la modernidad, afirmando, que el argentino en general no se identifica con el valor de los héroes militares de sus múltiples guerras (independencia, Brasil, Paraguay, etc.) sino con el del gaucho y el del compadre, porque «…son imaginados como rebeldes, el argentino, a diferencia de los americanos del norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado… el Estado es una inconcebible abstracción».

El ícono es el puñal que «Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre».

Por eso «El desafío» es crucial en la definición del porteño arrabalero de Borges donde el pendenciero de los corrales o Barracas va en busca de la fama que tiene un mentado cuchillero según «los cuentos de coraje que andan por las orillas del norte». Pretende vencerlo y recibir la herencia de ese curioso prestigio, se cruza la ciudad para morir en el duelo con el más diestro, que a pesar de su modestia no puede rehusarse a la lucha.

Segunda versión
Desde un ángulo distinto, Raúl Scalabrini Ortiz centra su pensamiento, en el habitante de la ciudad.
«El hombre que está solo y espera» es el que «para» en la esquina de Corrientes y Esmeralda, que es según él, el polo magnético de la sexualidad porteña, con todo lo que sabemos que la sexualidad impulsa. El café y la tertulia en el Royal Keller, o el bar de Rosendo, lugar de encuentro de intelectuales y periodistas, punto de reunión de tangueros, tanto guapos como cajetillas, al que Celedonio Flores le canta.

Pero es todo su entorno significativo: «El Odeón se manda la Real Academia,/ rebotando tangos el viejo Pigall, / y se juega el resto la doliente anemia/ que espera el tranvía para su arrabal».

Allí se hacían hasta reuniones de boxeo, Scalabrini fue campeón universitario en 1921 y Celedonio peleó con el seudónimo de Kid Cole. Por entonces no existía el Luna Park creado en 1931 en la zona donde hoy está el Obelisco a pocos metros del lugar.

El lugar es tan mítico que se dijo: «En tu esquina rea, cualquier cacatúa/ sueña con la pinta de Carlos Gardel» mientras tanto lo frecuentaba gente del arte y las bataclanas del cabaret, junto a las vanguardias intelectuales.

El hombre que esta solo y espera, el de Corrientes y Esmeralda, es el porteño identificado con las costumbres de la ciudad y Scalabrini dice que «lleva una muchedumbre en el alma»… «y es despabilado en la eventualidad, es decir que lleva la sangre española, criolla, italiana, judía, turca, mestiza de todas las inmigraciones pero en una sola, es como el producto alquímico de la reunión de esas características, pero que no es ninguna de ellas en particular, sino una nueva, a la que agrega la condición de la viveza, que lo distingue, es “vivo”, sagaz, despierto, advertido en la eventualidad».

«Es un hombre de gustos sobrios, salvo que la tentación de una mujer se le cruce en el camino».

La crítica de entonces explotó, en múltiples ediciones de la obra, el público la consideró la biblia del porteño, así como al Martín Fierro de José Hernández lo es para el gaucho, igual que Don Segundo Sombra de Ricardo Guiraldes para el espíritu de la inmensidad de la pampa.

Necesita ídolos que lo identifiquen y le demuestren, nada más, que cualquiera puede ser ganador, sin importar el porvenir. «El hombre de Corrientes y Esmeralda caminaba musitando “no vas a perder Mono, no vas a perder Mono, Mono no vas a perder”, pero un mes después el Mono Rodríguez Jurado campeón mundial de box de todos los pesos, era un ser anónimo en las calles de Buenos Aires».

Si bien para el porteño la amistad «es un don, el único sobre esta tierra», a la salida del café y de regreso a la soledad de su casa, piensa: «¡Cuantas cosas que no hubiera hecho hice al buscarte! ¡Cuantos ojos miré creyendo que eran los tuyos! ¡Cuantos labios besé creyendo que eran tus labios! ¡Cuanta palabra innecesaria creyendo que tú me oías!».

Con la desesperación en el bolsillo, el porteño buscará un nuevo día.

Tercera versión
Entre Borges y Scalabrini, por el camino del medio desde el arrabal al centro, se encuentra Leopoldo Marechal, su novelista más importante, porque «Adán Buenos Aires» o el «Banquete de Severo Arcángelo» y aún su póstuma «Megafon o la Guerra» son obras que solo pudo haber escrito un porteño, identidad que surge en cada frase, en cada expresión, con el sello de la ciudad, porque los autores se hacen universales como diría André Guide a fuerza de profundizar su pertenencia; Shakespeare, Gogol o Rabelais, y el propio Cervantes, lo son por ser tan inglés, tan ruso, tan francés o tan español, respectivamente.

Un poeta torturado por su contemporaneidad pero que se agiganta, como su obra, con el correr del tiempo, alejadas las pasiones políticas y del corazón.

Marechal elige al barrio, a su barrio, Villa Crespo y lo transforma en el emblema de la ciudad, porque allí se mimetizan sus personajes.

«Desde Avellaneda la fabril, hasta Belgrano, ceñíase a la metrópoli un cinturón de chimeneas humeantes que garabateaban en el cielo varonil del suburbio corajudas sentencias de Sarmiento y Rivadavia» mientras en el centro «…los banqueros de la calle Reconquista manejaban la rueda loca de la fortuna; más allá ingenieros graves como la Geometría los nuevos puentes y caminos del mundo. Buenos Aires en marcha reía: Industria y Comercio la llevaban de la mano».

Esa era la ciudad en la que se enclavaba, camino al cementerio de la Chacarita, su barrio. «¡Númenes de Villa Crespo, duros y alegres conciudadanos; viejas arpías gesticulantes como gárgolas, porque sí o porque no; malevos curtidores de tangos o silbadores de rancheras; demonios infantiles embanderados con los colores de River Plate o Boca Juniors; carreros belicosos que se agitaban en lo alto de sus pescantes y se revolvían en sus cojinillos, para canturrear al norte, maldecir al sur, piropear al este y amenazar al oeste! ¡Y sobre todo vosotras muchachas de mi barrio, dúo de taconeos y risas, musas del arrabal con la tos o sin la tos de Carriego el poeta!».

Fantástico Marechal, en un desborde de emoción sobre la descripción de las características de Villa Crespo, que después explayará en toda su obra.

El final
Menciono por fin, para cerrar unas pinceladas descriptivas sobre el alma de una ciudad increíble, situaciones privilegiadas, en ella tan frecuentemente ocurren, que a diario viven sus ocupantes, como las conversaciones en los almuerzos del «El Club Frances», de Rodríguez Peña y Quintana, con Archibaldo Lanús, un embajador de la cultura Argentina, un porteño a ultranza, cuando recordaba, por ejemplo, a la casa paterna llena de historia en el aristocrático barrio de Recoleta, en las proximidades de Alvear y Callao u otras tantas anécdotas de la ciudad; o los simpáticos y emocionantes relatos de Oscar Olivera Vásquez cuando volvíamos de Salta a Tucumán, por los caminos sinuosos del maravilloso Tafí del Valle, y nos contaba sobre la peripecias adolescentes en el residencial barrio de Caballito y más tarde, para admiración de cualquiera, su relatos nocturnos pasando por Afrika, en el Hotel Alvear, por Gong, Mau-Mau y los tantos boliches que operaban en el barrio norte y las cervecerías del bajo, sobre las postrimerías del siglo pasado, lo que no le impedía transformarse en un próspero comerciante; o los inefables monólogos de Federico Peralta Ramos, el último de los surrealistas, en «La Biela» y «La Rambla»; o el festín de pintura argentina en la galería de Daniel Gallet, «el coleccionista», un artista proyectado a uno de los más importantes Marchands de Buenos Aires, donde se puede dialogar y disfrutar la obra en las extrañas figuras de Páez Vilaró, Jorge Duarte y sus barcas, que venían de Cadaqués, Bartolomé Vacarezza, cuyos caballos salen galopando del cuadro, y tantos otros artistas contemporáneos incluyendo aquellos que ya no están pero son eternos como Antonio Berni o Raúl Soldi.

También recuerdo, como ejemplo de una clase media pujante, ascendente, para la época, las cuatro torres del edificio Saint, de la calle Cangallo, cercano a Plaza Miserere, en el barrio del Once, que ostentaba orgulloso su placa de patrimonio cultural, primer premio municipal de arquitectura, donde una tía solterona ocupaba el séptimo piso del edificio, tan lujoso que tenía una última planta, dedicada entera a habitaciones y cuartos de baño para los choferes de los vehículos que poseían los propietarios de cada unidad, porque «Cada casa de la ciudad representa la forma edilicia, arquitectónica, de una fortuna; cada fortuna a su vez una forma de vida» como recuerda Martínez Estrada.

El solar era de la época de los fastuosos Palacios de Aguas Corrientes, de Tribunales, del Congreso, del Correo, del teatro Colón. Resabios de una burguesía creciente en una ciudad de rápidos progresos, que los hijos de aquellos inmigrantes enriquecidos, semianalfabetos muchos de ellos, disfrutaban en una vida social ascendente.

Buenos Aires es la del arrabal de Borges, la del café Royal Keller de Corrientes y Esmeralda de Scalabrini Ortiz y Celedonio Flores, la de los barrios más modestos, como Villa Crespo, de Marechal.

Buenos Aires reunió todo ello en uno solo, pero no sumados sino juntos, conservando cada uno su individualidad.

Por eso, la «Reina del Plata» rompió la unidad del ser, para contradecir a los filósofos.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: El Fin de la Democracia

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