El caballo de Quiroga, escribe Antonio Calabrese en Buenos Aires

OPINIÓN

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«Muerte de Quiroga», pintura de Cayetano Descalzi / Foto: El Litoral

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 18 minutos

El caballo siempre tuvo para el hombre, un significado especial. La relación entre ellos fue distinta y superior a la mantenida con otros géneros. Calígula lo consideró un igual y nombró cónsul a su caballo «Incitatus», otros lo creyeron superior, parte de la divinidad o como un atributo de ella, como es el caso de los pueblos originarios de América con respecto a las cabalgaduras de los conquistadores. Esta unido a la historia de los grandes hombres. Alejandro fue el único que pudo domar a «Bucéfalo»; con un corcel de utilería gigantesco, Homero quebró el cerco de Troya; «Babieca» conducía al Cid Campeador en su destierro y toda la gente de Burgos repetía, al verlo pasar, en buen romance, el estribillo «Oh, que gran servidor, se oviesse buen sennor…», el tordillo de Urquiza era considerado un habitante más del Palacio San José, y en su vejez se paseaba placidamente por sus jardines y entraba a la casa y se instalaba en sus habitaciones sin que nadie osara contradecirlo.

El hombre siempre honró al caballo y hasta imaginó un ser mitológico, El Centauro, que era mitad hombre y mitad caballo, el que curiosamente, en sus orígenes, era un pastor que para cazar a sus presas las enlazaba, de la misma forma que los gauchos de América del Sur, como recuerdan las enciclopedias.

Lo adhirió a la inmensidad, al espacio y llamó a una constelación estelar «caballo menor» limitada al norte por el Delfín y Pegaso, al este por Pegaso, al sur por Acuario y al oeste por el Delfín. Creyó que el sol salía, cada día, porque lo arrastraba un carro con cuatro caballos llamados Aetón, Flegon, Eouz y Pirois, que la diosa Aurora los enganchaba en las puertas del día.

El caballo en la heráldica se representa siempre de perfil y simboliza la guerra y el valor. Lucrecio llamaba a los caballos «casta belicosa nacida para los triunfos». Siempre se creyó que el caballo estaba asociado a la grandeza del hombre y por ello los emperadores, jefes o generales se inmortalizaron a caballo en gigantescas pinturas o estatuas ecuestres.

Es un animal solípedo de crines largas en el cuello y en la cola; comprende a cuadrúpedos de gran talla con cabeza larga y poco carnosa, con grandes ojos vivaces de orejas largas y erectas sobre la frente con mucho movimiento. En cada uno de sus pies tiene desarrollado un solo dedo, el tercero, faltando por completo el primero y el quinto mientras el segundo y el cuarto están reducidos al hueso metacarpiano, cubiertos por una callosidad córnea llamada casco.

Su historia es tan larga como la de la humanidad.

Es uno de los primeros animales en ser domesticado y en unir su destino al del hombre. Los chinos atribuyen al emperador Chi- Mung, 2.155 años a.c. ser el primero en montarlo. Los escitas, los partos y los hunos fueron pueblos de temibles jinetes. La leyenda árabe, musulmana, sostiene que Alá crió al caballo únicamente para servir de montura y en la antigua Grecia, sensible como nadie a las expresiones estéticas, se consideró al caballo como el más bello y útil de todos los animales, digno de integrar el olimpo de los dioses tirando del carro de Apolo y del Poseidón, siendo representado con frecuencia en el mar como Hippocampus, o fuera de él como Pegassus, o caballo alado, que en cada pisada de sus cascos hace brotar una fuente de agua.

En América se habían extinguido por completo antes de la llegada de Cristóbal Colón, a partir de lo cual se trajeron los necesarios para servir a los adelantados y conquistadores en sus luchas por la dominación. Esos que, abandonados después de cada derrota, generaron en la libertad de las pampas, a los primeros cimarrones, que no eran otra cosa más que los descendientes de aquellos corceles, como los sobrevivientes a la exterminada primera fundación de Buenos Aires.

El Caballo, en nuestras tierras, fue no sólo un medio de transporte, un arma para la batalla, y junto al facón, un elemento para su seguridad, fue también un compañero en la soledad del criollo, perdido en la inmensidad de la llanura pampeana, donde no había con quien hablar ni compartir nada, cuando su marcha se confundía con la línea del horizonte como único punto de referencia.

Por eso no es de extrañar esa relación de Facundo con su moro, como la del gaucho con su montado. Porque está en la naturaleza americana, porque forjó el futuro junto a su amo, porque algunos más que otros, como los argentinos, atravesaron montados sus años fundacionales.

El General José María Paz en sus «Memorias Póstumas», (T I Pág. 266 y ss) relata con curiosidad que aquel (Quiroga) «…tenía un célebre caballo moro (así llaman a un caballo de color gris) que a semejanza de la sierva de Sertorio, le revelaba las cosas más ocultas y le daba los más saludables consejos…» sosteniendo que en una cena con todos sus oficiales en su casa, estos se mofaban de la barbarie del General Federal y ponían como ejemplo de ello su relación con el moro. Se encontraba entonces con ellos el comandante de milicias Güemes Campero que hasta «La Tablada» había hecho toda la campaña con Bustos y Quiroga, el que callaba evitando intervenir en la conversación, hasta que Paz se mofó del célebre caballo confidente, consejero y adivino. En medio de la carcajada general, el comandante Güemes Campero, pidió la palabra, no pudiendo contenerse y con gran solemnidad dijo: «Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar es que el caballo moro se indispuso terriblemente con su amo el día de la acción de La Tablada, porque no siguió el consejo que le dió de evitar la batalla ese día; y en prueba de ello, soy testigo ocular que habiendo querido, poco después del combate, mudar caballo y montarlo (el general Quiroga no cabalgó el moro en esa batalla), no permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuré hacerlo, y todo esto era por manifestar su irritación por el desprecio que el General hizo de sus avisos».

El historiador José María Rosa (Historia Argentina, T4, Pág. 165 y ss) estima que el distanciamiento entre Facundo y el General Estanislao López, comandante en jefe de los ejércitos federales, en un momento álgido de la lucha política interna, se debió fundamentalmente a un exclusivo motivo al que Quiroga daba mucha importancia, «Lamadrid se apoderó en La Rioja del famoso caballo moro de Facundo, que quedó abandonado en Córdoba cuando su retirada después de “El Tío”. López, sin creer que “ese mancarrón”, como dice a Rosas, era el célebre caballo de Quiroga, se lo apropió. Quiroga no pudo conseguir que lo devolviera, y su furor estallaría con estruendo».

El episodio alcanzó ribetes de asunto de estado. En el epistolario de entonces se rescata en una carta del General Ruiz Huidobro, incondicional como Aldao del riojano, a Mansilla del 7 de noviembre de 1831, mencionada por el mismo autor, que dice «…desde que le dieron la noticia (a Quiroga) no halla como desahogarse del disgusto: quiso retirarse en el acto del ejército, y se conformó de no hacerlo por causa de don Juan Manuel hasta dar una batalla. Ahora se dispone a hacerlo…recelo de otros resultados que nos pongan de peor condición que la que hemos estado hasta aquí porque el me dice que no quiere morir sin venganza ni darle al general López ni dos días de gusto, y eso debe calcular ud. lo que significa».

A su vez se quejó ante Rosas y este para calmarlo intercedió ante López de la misma manera, para después comunicarle que: «Suponiendo que fuese cierto que el General López tiene el caballo, y este es el oscuro, ha estado muy lejos de la intención de agraviarle reteniendo el animal que solo él puede montar y lo mira como la alhaja de un amigo recobrada del enemigo para ponerla en sus manos en la ocasión que creyese conveniente hacerlo».

Pero, con posterioridad, López, muy ladino, le contesta a Rosas, también por carta, sobre el «maldito caballo», y le dice: «…puedo asegurarle compañero, que doble mejores se compran por cuatro pesos donde quiera…no puede ser el decantado caballo del General Quiroga, por que este “es infame” en todas sus partes».

Sin embargo no se lo devolvió, lo que hubiese hecho fácilmente superar el enojo, de no servir como sostenía.

Tomás de Anchorena, viendo que la cuestión se tensaba y para no «hacer de esta situación minúscula un asunto que podía perturbar la marcha de la República le escribe a Quiroga comprometiéndose a pagar su valor cualquiera que este fuera». Quiroga contesta enfurecido el día 12 de Enero de 1832 «Estoy seguro que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro caballo igual, y también le protesto a Ud. de buena fé que no soy capaz de recibir a cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina, por eso es que me hallo disgustado más allá de lo posible».

Otro de los biógrafos del tigre de los llanos, Pedro de Paoli, en su «Facundo», Pág. 408, reitera esta discusión epistolar con Anchorena y transcribe una parte de la misma en la que aquel sostiene: «…de que mi general en jefe declaró buena presa de mis intereses, yo bien veo que para Ud, es cosa muy pequeña y que aún tiene por ridículo en que yo pare mi consideración en un caballo…» lo que expresa el grado de la ofensa en el caudillo montonero y hasta donde subordinaba su herida por la falta del moro.

Sarmiento escribe que López tiene en su poder el caballo moro de Quiroga «…sin mandárselo y Quiroga se enfurece con la noticia ¡Gaucho ladrón de vacas! ─exclama─, ¡Caro te va a costar el placer de montar en bueno!».

No había nada que hacer, solo la venganza repararía tamaña afrenta.

Sin embargo el párrafo mas esclarecedor lo escribe David Peña (Juan Facundo Quiroga, Pág.32) otro biógrafo del jefe riojano que por su valor merece ser trascripto entero: «Como los emperadores y guerreros antiguos Facundo identifica su celebridad con la del caballo que usa. Vosotros sabéis lo que es un caballo en la leyenda nuestra, lo que es el caballo para el gaucho de la montaña o de la pampa… El caballo es el aliado de la gloria y el compañero salvador en la derrota. El Caballo es a veces tanto como un símbolo de la patria misma en la intensidad con que se le ama, se le cuida y acaricia. Cuando el gaucho se aleja de ella, la lleva en parte en el caballo con que cruza el largo páramo. Todas las guerras argentinas dependen del caballo con que se da la carga última. ¡Las cargas de la caballería argentina! ¡Enumeradlas bardo, y os saldrán himnos de cada exhalación de coraceros!».

«Facundo tiene por el caballo una predilección supersticiosa, la que transmite a su ejército. No hay soldado que no ame y respete al noble bruto de su jefe; y bien saben ellos que del caballo que monte dependerá la derrota o la victoria».

Más adelante culmina Peña con una descripción magistral del tordillo oscuro del general y dice: «El moro es veloz como el corcel de Philotas, inteligente como el de César, sagrado como el de Calígula. ¿De donde ha tomado Facundo el modelo del amor que Alejandro profesaba a su Bucéfalo? Tiene de estos grandes capitanes de la antigüedad, de estos emperadores a lo Darío, a lo Augusto y a lo Adriano, concepciones sorprendentes para fanatizar a las turbas y jefes superiores, vecindarios y hombres doctos por medio del caballo».

Es que el tema del caballo esta ligado a la naturaleza argentina. Entre nosotros no sólo montaba el hombre rico o poderoso, sino hasta los limosneros, cosa que llamara la atención a numerosos viajeros o autores extranjeros, baste recordar a W. E. Hudson en «Far Away and Long Ago» o al dr. Herman Burmeister, en «Viaje por los Estados del Plata» cuando menciona que: «…no sólo los ricos y los de posición desahogada andan á caballo en esta tierra, sino todos sin excepción, aún los pordioseros más miserables». También podríamos citar al respecto y en el mismo sentido a Thomas J. Hutchinson, excónsul británico en Rosario, quien en «Buenos Aires y otras Provincias Argentinas» dice de esta clase de pordioseros: «…y aún un mendigo cabalga todos los sábados para venir á pedir una limosna por amor de Dios, llevando una licencia de la policía en un pedazo de madera, marcada a fuego y colgada al cuello…».

El tema fue estudiado por muchos investigadores que trataron de explicar, en la vida argentina o del Río de la Plata desde esta comunicación entre el hombre y el caballo hasta su forma de montar y tratarse. Justo P. Sáenz, en «Equitación gaucha» acredita años de dedicación al respecto.

El caballo ha sido no solo parte de nuestra historia sino también de la literatura y ella trató de interpretar esta relación con el paisano. Además de José Hernández, Hilario Ascasubi, Olegario Andrade, Ricardo Güiraldes, y tantos otros, como no podía ser de otra manera, Leopoldo Lugones, en «La Guerra Gaucha», como los demás, en su texto lo explora y dice: «… y si esquivó las persecuciones, lo debía a su caballo, un cojudo pangaré enseñado como una persona que lo despertaba a relinchos y lo escudaba con su cuerpo…» para más adelante recordar la sutil comunicación entre ambos : «Y todo por amor suyo, toda esta táctica de partidas desparramadas en miles de leguas, dócil a una flexión de su dedo, interpretando sus ordenes por instinto, como el caballo al pensamiento de su jinete» para concluir en una afirmación indicativa de la velocidad con que se vivía en la época: «Hombre y bestia amalgamábanse en la mutua aflicción sin el estorbo de una idea. Nada más que una cosa quería el jinete: correr. Nada más que una cosa sabía el caballo: correr. Y de este modo el caballo constituía el pensamiento de su jinete».

Leopoldo Marechal, que con orgullo sostenía que era de profesión poeta, escribió su mejor poema al que tituló «A un domador de caballos» con el que se lo identificó internacionalmente. Sostiene en él que el caballo está constituido por los cuatro elementos: fuego, agua, aire y tierra y dice. «Cuatro elementos en guerra/ forman el caballo salvaje/ domar un potro es ordenar la fuerza/ y el peso y la medida» y expresa una figura bellísima cuando afirma del caballo que «es hermoso como un viento que se hiciera visible» «pero domar el viento es más hermoso/ ¡y el domador lo sabe!».

Por último, para no citar más evocadores, el propio Jorge Luis Borges le dedicó al caudillo riojano un poema titulado «El General Quiroga va en coche a la muerte» en el que iguala y reconoce el alma de los hombres y de los caballos cuando al final reza: «Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,/ se presentó al infierno que Dios le había marcado,/ y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,/ las ánimas en pena de hombres y de caballos».

Es menester así mismo hacer mención a la extraña fascinación argentina por el pelaje tordillo o moro de los caballos identificados, no sólo con Quiroga sino con otros líderes; desde el caballo blanco de San Martín, el recordado tordillo de Urquiza, el que montara Belgrano en Tucumán y Salta, «Mancha» el pinto del Perón de los desfiles, hasta el del mismo Martín Fierro: «Yo llevé un moro de número,/ sobresaliente el matucho!/ Con él gané en Ayacucho / Más plata que agua bendita/ Siempre el gaucho necesita / Un pingo para fiarle un pucho».

Por eso, más allá del recelo que provoca la relación del general Quiroga con su caballo, y tantas otras similares, en nuestros años gloriosos, tengamos en cuenta lo que ambos, caballo y hombre, representaban entre sí.

Hombre y caballo, caballo y hombre, dos brazos que construyeron la patria. Uno, el dueño de los sueños, las utopías y las grandezas; el otro que lo llevaba hacia ellas con el «galope corto, el aliento largo y el instinto fiel».

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Los derrotados

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