De colonización histórica a cultural, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: Edward Loevy (1857-1911)

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

«Acostumbrados a la fábula nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia»
Juan Bautista Alberdi

Lectura: 7 minutos

La verdad. Nos ha interesado solamente la verdad, por muy dura que esta fuera, aunque tengamos que dejar mucho a nuestras espaldas por conseguirla, a pesar de que su hallazgo nos lleve el alma en jirones.

A veces su precio se paga con dolor y por más que la conciencia de la realidad que el descubrimiento nos otorga, nos haga sentir más seguros, más firmes, casi siempre, cuando nos devuelve como espejo inmisericorde, una imagen distinta a la soñada, nos decepciona y por ende nos angustia.

Por cierto que nuestra intención jamás fue ofensiva, ni intentamos derribar muros infranqueables ni pelearnos con molinos de viento, ni partimos de preconceptos; por el contrario, en nuestra investigación fuimos venciendo prejuicios, el asombro de lo inesperado, la sorpresa que sacude al que encuentra todo lo contrario a lo buscado.

No hay en la historia escrita muros infranqueables ni objetivos fantásticos; esta es la expresión de la voluntad del hombre que se sumerge en ella, que se mira asimismo y se pregunta como llegó hasta aquí.

Como la historia es la política del pasado, también son lógicas las pasiones que la envuelven, porque es muy difícil concebir a una sin la otra, en consecuencia se la debe leer en consonancia a los intereses políticos, económicos y sociales de la época, con la propensión a la tolerancia y la aceptación de lo no compartido.

Será por eso, tal vez, que desde el racionalismo Paul Valery sostenía «que la historia justifica lo que uno desea pero no enseña rigurosamente nada».

Desde otro extremo, según Nietzsche existen tantas historias como historiadores la cuenten, porque el relato del pasado es sin duda una creación del pensamiento.

Estas afirmaciones nos pueden llevar, por parentesco intelectual, a recordar a los idealistas alemanes, para los cuales solo es real el pensamiento y no las cosas que lo originan, por lo que sería factible suponer, en estos autores, la construcción de un pensamiento en el que el orden del mismo no tenga nada que ver con la realidad pero sí con su exclusiva visión de la misma.
Algo parecido le pasa a la historia argentina con José de San Martín.

Existieron sin duda en sus creadores, razones políticas para generar el mito y después, echado a rodar, este se repite incesantemente, algunas veces por las mismas razones, otras porque es más fácil seguirlo que contradecirlo, muchas ingenuamente, sólo porque está instalado, y las más, porque se carece del coraje de enfrentarlo.

La Argentina de hoy, vivió en su territorio, en primer término, la colonización histórica, protagonizada por España, que duró alrededor de trescientos años hasta entrado el siglo XIX; y a partir de allí, sobre el final de aquel ciclo y en las vísperas del alumbramiento de la independencia, en segundo término, sufrió la colonización cultural, que aún perdura.

La primera fue a sangre y fuego, por eso en el largo plazo, con el incremento de la resistencia, pudo ser vencida.

La segunda es más sutil.

La clase dominante, lo que hoy llamaríamos la dirigencia de aquel entonces, entendió que la forma mas eficiente de mantener el poder acompañando los cambios que imponían los nuevos tiempos, era crear un sistema ajeno a nuestra realidad, pero afín a sus intereses mercantiles y políticos, pensado por ella, ejecutado por ella y mantenido por ella que era la única que lo entendía.

En lo institucional copió la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, en lo social el Código Civil de Francia, es decir, el código napoleónico, en lo represivo las leyes penales de Baviera, etc.

Paralelamente, en lo cultural se construyó una historia nacional a la medida, pues se pensó un país contra natura en el que había que eliminar al gaucho, al indio, al caudillo, al cabildo, a todo lo hispano y después hubo que controlar también a la inmigración que se traía para reemplazar al habitante colonial.

Esto generaba una nueva forma de colonización.

La colonización cultural.

Este fue el verdadero éxito de la clase dominante de aquella generación.

Para lograrlo cambió los paradigmas, inventó nuevas consignas y creo héroes, que sirvieron como modelo de conducta, todas ellas afines a sus intereses.

Tanto éxito tuvo el sistema, que aunque la minoría dominante fue mutando y que la mayoría avasallante la sobrepasó durante el progreso del siglo XX con el advenimiento de los gobiernos populares, algunos de sus íconos aún perduran.

Para superar las estructuras heredadas de los españoles, las costumbres de las distintas provincias o comarcas, de lo que José Luis Romero llama la Argentina colonial y la babel inmigratoria de la Argentina aluvial, el poder hegemónico de entonces, diseña un olimpo que cubre de seres mitológicos que al servir como modelos, fijarán ejemplos de conducta y servirán como factor aglutinante de la nación, que a partir de entonces desechará sus viejas tradiciones y adoptará las nuevas, superando la desintegración a la que podía verse sometida por la diversidad idiomática, costumbrista, de sus habitantes, ya sean nativos o inmigrantes, que en muchas de sus ciudades superaban en numero a los primeros.

El mito, es la representación de una idea que no se discute. Es una versión de la verdad revelada. Es una fe impostada. No se entiende por la razón.

Al mito solo se lo agiganta, se lo aplaude o se lo repite. De allí para adelante, todo, para atrás, nada.

Pero la historia mítica es la de una sociedad primitiva, inculta, que no piensa o no sabe hacerlo.

No es la historia de la sociedad moderna.

San Martín renegó de España como nuestros próceres de la generación del ochenta, la única generación con sentido político en la Argentina, guste o no, en eso se parecían y por eso sirvió para disciplinar el pensamiento del porvenir.

Además representó a los intereses ingleses que constituían el mercado que enriquecía a nuestra clase dirigente y a los que se debía preservar.

Pero ahora estamos lejos de aquel esquema, las posibilidades de dominación son otras, y si no superamos los últimos atisbos de aquella colonización mucho menos podremos enfrentar a las que vienen.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: El caballo de Quiroga

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