El «plan», análisis político de Hugo Flombaum desde Buenos Aires

OPINIÓN

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Presidente argentino, Alberto Fernández / Foto: Casa Rosada (Presidencia de la Nación)

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Pasaron las elecciones, debimos elegir entre los conservadores y retardatarios del FDT, los insulsos del Juntos, los exaltados sin viabilidad de los libertarios y los arcaicos de la izquierda.

Nada nuevo sucederá, solo seguimos perdiendo futuro.

Hasta que no haya vocación de perder espacio de parte de los que ganan, no habrá una luz en el túnel de la decadencia.

Poco a poco la palabra más usada irá mutando, era protocolo y será PLAN.

El FMI exige un plan, los empresarios, los bancos, las oposiciones, los periodistas los opinóligos exigen como solución, un PLAN.

«Programa en el que se detalla el modo y conjunto de medios necesarios para llevar adelante una idea». Así se define ese deseo.

Es decir que primero debemos tener una idea, luego la decisión de llevarla a cabo y por último ponernos de acuerdo en cómo hacerlo.

Claro existen otros tipos de planes, son los que un grupo de sesudos se reúnen, lo escriben y lo encarpetan. Se presenta y listo, tenemos un plan. Ahí queda y los técnicos enfrentan una nueva frustración.

Pues bien, nuestro país requiere un plan, lo tuvimos alguna vez, si, algunos implícitos otra vez escrito.

El primero fue en la generación de los fundadores, con Alberdi, Sarmiento, Avellaneda y Roca. Fundaron una nación, con instituciones, justicia, educación, horizonte y fronteras.

El segundo fue con Sáenz Peña e Irigoyen, fundaron la democracia y la participación del pueblo en las instituciones.

El último fue explícito, el primer plan quinquenal de Perón. Se instauró la justicia social, las leyes laborales, la participación de la mujer en el poder, la gratuidad de la Universidad Pública, el fomento de la industria entre otras cosas.

Nunca más logramos tener un plan, si carpetas, el de Argentina potencia, el Austral, el de la Convertibilidad. Todos buenos intentos, pero ninguno fue un plan.

Fracasaron porque no se conjugaron las condiciones mínimas para que sean planes ejecutables.

Un plan puede ser ejecutado cuando resumen las características básicas, un acuerdo entre toda la población de llevar a cabo una idea, un liderazgo que lo lleve por el buen camino y la materia gris necesaria para que sea técnicamente sustentable.

El orden de esos factores es discutible, el líder puede ser un emergente de la voluntad popular o a la inversa es el líder el que propone y acuerda con la sociedad la idea y el grupo de intelectuales puede emerger antes como fue en la fundación o durante como fue con el radicalismo y el peronismo.

Lo que no puede, es faltar ninguno de esos condimentos, liderazgo, convencimiento y solidez técnica.

En el último año y medio participé y me invitaron a participar de cientos de reuniones virtuales, zoom mediante, de grupos técnicos que debatían sobre la problemática de nuestro país y las diferentes propuestas para su mejor desempeño a futuro.

Todas encomiables y muy bien intencionadas. Pero no se empalmaban con un plan político. El poder se debatía y se decidía en otro espacio, mientras la comunidad estaba preocupada por temas más acuciantes y urgentes.

En resumen, tuvimos muchas carpetas, muchos proyectos de poder y muchas angustias sin resolución, las tres separadas y sin puentes que las comuniquen.

Algún día, ojalá sea pronto, comprenderemos que si no se juntan esos tres factores en un tiempo y en un espacio no hay plan posible.

Los aspirantes a dirigentes, los políticos, viven su propio mundo, inmersos en una dinámica alocada que le consume todas sus energías en la búsqueda de tomar el «poder». Sin la gente, sin materia gris y obviamente sin un plan.

Los técnicos tienen dos posibles caminos, refugiarse en las universidades y aprender o enseñar o conchabarse con algún poderoso para obtener un beneficio económico pero muy lejos de que su conocimiento sea parte de un plan. Por supuesto la otra es Ezeiza.

Mientras, la gente, día a día se aleja de la institucionalidad, aquella que Alberdi ideó, generando una informalidad creciente que poco a poco va tomando a todos los sectores de la comunidad en cada actividad.

La relación entre las instituciones, la gente y la seguridad ya la habíamos perdido hace mucho, un proceso que comenzó con la dictadura.

El último bastión que perdimos fue la educación, los más pudientes recurren a ayuda privada y los otros confían en que la vida pueda reemplazar a la escuela que Sarmiento ideó y plasmó.

La participación política terminó en nada. Se convirtió en un acto que se simboliza en un día, el de la elección. Mientras la sociedad canaliza su participación en diferentes colectivos que no se expresan en las instituciones.

Las leyes laborales olvidadas o adulteradas, por retardatarias y obstructivas del trabajo organizado encuadran a menos trabajadores enmarcados en ellas que

los informales. Esas normas protegen más a los sindicalistas y a los abogados, que a los trabajadores.

En eso quedó la institucionalidad de Alberdi, la educación de Sarmiento, la participación política de Hirigoyen y la justicia social de Perón.

Cuando llegaba el momento de modernizar y adaptar, a las instituciones, la justicia, la educación y las leyes laborales, a la era del conocimiento, los conservadores, los retardatarios y los corruptos se unieron para subirnos al tobogán de la decadencia.

Solo los ganadores pueden convocar a la concertación, porque son los que tienen para ceder. Solo cediendo se puede sumar y sabiendo que el último el que define la super mayoría necesaria para lograr la masa crítica del poder necesario, es el que más recibe del poder que se reparte.

Nada nuevo que no hayamos visto en la serie Borgen.

Mientras eso no suceda, y parece que estamos lejos de ello, la decadencia y la informalidad solo tendrán una muralla, algunos intendentes y gobernadores que en sus territorios se desprendan del no poder nacional.

Lamento las pálidas, pero hasta que los pocos productores de riqueza que nos quedan no tomen la decisión de pelear por el poder, la unidad nacional peligra.

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: El maldito tango

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