Violencia separatista, análisis de Norberto Zingoni desde Madrid

OPINIÓN

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Manifestación separatista / Foto: Lluis tgn

Por *Norberto Zingoni, escritor, abogado, exjuez, corresponsal de LaCity.com.ar en Europa.

 

 

Lectura: 5 minutos

Victor Klemperer, filólogo alemán y judío sobrevivió a la persecución nazi anotando en su diario durante 13 años los términos capitales de La Lengua del Tercer Reich. Pudo así constatar, como más tarde hicieron Orwell o Steiner, que las mentiras y el salvajismo totalitario son fenómenos íntimamente ligados a la corrupción del lenguaje y a su vez exacerbados por esa misma corrupción. Pudo mostrar con claridad cómo el nazismo impuso su dominación no sólo mediante la Gestapo y los campos de concentración, sino también manipulando el lenguaje, logrando destilar en las palabras su veneno totalitario.

«Aquí no puede pasar», suelen decir los buenistas políticamente correctos negándose a ver una realidad dolorosa como es el preludio de la violencia en Argentina y en España. Hay trazos, señales de lo que puede pasar. Solo hay que estar atentos y abiertos a ver. Sin anteojeras.

Pasó en España que los padres de un chiquito de cinco años pidieron al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que el colegio autorizara a su hijo a tener el 25% de materias en castellano ya que prácticamente se había eliminado el castellano de la enseñanza y se daban todas las materias exclusivamente en catalán. Y el Tribunal lo autorizó. ¡Solo el 25% en el idioma madre, castellano, idioma que hablan 500 millones de personas en el mundo! Bastante poco. Casi nada. Pero no. Ni ese 25% toleran los fanáticos. Ofendido por la «afrenta», el director del colegio consulta a su ministerio, este al gobierno y deciden no cumplir con la sentencia judicial. Hasta ahí una cuestión judicial.

Pero, quién siembra vientos cosecha tempestades. Y mucho más si durante 30 años se siembran vientos de fanatismo radical independentista; salieron al ruedo ultras separatistas catalanes a promover directamente la agresión contra el niño y su familia. La violencia empieza por el lenguaje.

Los cruzados catalanes, a través de las redes, discutían entre linchar al niño y su familia, aislarlo de sus compañeros en el colegio o expulsar a la familia de Cataluña.

Hubo alguna reacción de la sociedad civil catalana y de algunos partidos. El Partido Popular denunció (tímidamente como es habitual) la agresión a través del Congreso, VOX en cambio promovió denuncia penal contra algunos fanáticos como el escritor y exprofesor de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) Jaume Fàbrega, autor de un mensaje incitando a ir a «apedrear» la casa de la familia del menor. Hasta un agente de la policía catalana, Albert Donaire, se sumó al ataque instando a dejar solo al niño de cinco años en clase y así aislarlo de sus compañeros.

La grieta (un eufemismo para no decir odio) entre facciones se ahonda cada vez más en España. «Ustedes nunca gobernarán y si gobiernan, tendrán las calles incendiadas y las masas levantadas», amenazó a la oposición en el Congreso la dirigente comunista ministra del gobierno español Yolanda Díaz. ¿Qué camino quedará entonces para la oposición si ni aún ganando elecciones podrá gobernar? ¿La violencia?

Pero también en Argentina están cargando las palabras: «Salgan a la calle cuando tengan que defender sus derechos», autorizó, vociferando, Cristina Kirchner a la multitud que llenaba plaza de mayo hace unos días. Rememorando aquel antidemocrático «vamos por todo» de hace unos años. ¿Qué pasaría si del otro lado de la grieta-odio, supongamos, Javier Milei, Espert o Victoria Villarruel, Fernando Iglesias pidieran a los suyos también a «salir a la calle a defender sus derechos»? Lo dramático de esta situación es que ya lo vivimos. Ya vimos y sufrimos el «defender sus derechos» a los tiros.

Una clase dirigente venal e irresponsable está jugando con fuego. Es de preguntarse, ¿estos que promueven apedrear a un niño y su familia, o aislarlo, o expulsarlo del colegio, o aquellos que llaman a que «el pueblo salga a la calle a defender sus derechos y vamos por todo», ¿qué más pueden llegar a hacer?; ¿Pararán en una bravuconada verbal? ¿O seguirán…?

Responde Gustave Le Bon (Psicología de las Masas): las multitudes llegan rápidamente a lo extremo. Un principio de antipatía pasa a constituir en segundos un odio feroz. Por el solo hecho de formar parte de una multitud desciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de la civilización. Aislado, era quizá un individuo culto; en multitud, un bárbaro.

Otro artículo escrito por Norberto Zingoni: Peronismo después de elecciones

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