Relaciones laborales, análisis de Hugo Flombaum en Buenos Aires

OPINIÓN

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Foto: Microbiz Mag

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 5 minutos

En el siglo pasado se consolidó el estado de bienestar a partir de tres pilares, el control monetario, la regulación de las relaciones laborales y las jubilaciones.

Los tres fundamentos de esa propuesta, que distinguió a occidente en la Guerra Fría, están en crisis y no por motivos ideológicos.

Quiero hacer hincapié en las relaciones laborales. La economía del conocimiento, la inmigración del campo a la ciudad y la disolución de las fronteras en el pensamiento de los jóvenes, han puesto a las normas laborales del siglo pasado en una situación de caducidad.

Lo que fue distintivo en la lucha ideológica del siglo pasado es decadente en la lucha por los mercados hoy. Por supuesto que la dignidad del trabajador y la justicia social deben ser banderas. Pero la pregunta que debemos hacernos es, ¿son las mismas las expectativas de aquella época que las de ahora?

Hace décadas atrás escuché a sindicalistas españoles decir en una conferencia en argentina que las luchas por normas laborales nacionales en un mundo comercialmente integrado no tenían sentido. Que era hora de plantear esa lucha en el marco global pari passu con el comercio internacional.

No se podía, decían ellos, exigir normas laborales en las naciones si después debían competir en el mercado internacional. Eso dejaría sin trabajo a sus afiliados porque las empresas se harían inviables. Objetivamente aquellos dirigentes no pudieron imponer es visión tan positiva. Los conservadores fueron ganando batallas que terminaron por frustrar los procesos de reconversión.

El año pasado tuve la oportunidad de acompañar un proyecto de reconversión de industrias procesadoras de aluminio en el norte de España, proyecto que por impericia de los que lo llevaron a cabo, por incomprensión de las autoridades locales y nacionales y por ceguera de los sindicatos, terminó de la peor manera, el despido de todos sus trabajadores.

Ese mismo ejemplo se expande en todo el mundo occidental, en todos los rubros, no hay peor cosa que ser conservador en un mundo que se transforma a diario.

Esa transformación no es solo económica, libertad de comercio mediante, es cultural. Hoy a un joven no lo cautivan las mismas expectativas que a nosotros cuando éramos jóvenes. Muchos jóvenes del siglo pasado deseaban obtener un trabajo permanente, hoy los jóvenes piensan en proyectos temporales.

No es mi intención hacer un estudio sociológico, es simplemente llamar la atención de que aferrarse a conceptos que sirvieron para otra época no es útil, es contraproducente.

Los sindicatos de antaño han perdido sentido, hoy deben intentar lograr standard de normas globales para la nueva economía y convertirse en capacitadores eficientes para sus afiliados de la vieja economía en cómo enfrentar la nueva etapa.

Tapar el sol con la mano no es bueno, parar la evolución global con normas nacionales, de fronteras que hoy son, en lo económico, convenciones inútiles, es retardatario.

En la segunda mitad del siglo pasado se usaba como muletilla que no se debía permitir el ingreso de los productos industrializados de Japón o del sudeste asiático porque explotaban a sus trabajadores. Ahora se hace lo mismo con China.

Pues bien, hoy los trabajadores de Japón y del sudeste asiático tienen un nivel de vida mejor o comparable con los de occidente. Pronto lo tendrá China también.

Es tan implacable la evolución que a aquellos que no se suban a ella, intentando influir con la impronta de cada uno, caerán al precipicio de la decadencia sin remedio.

El mundo enfrenta cambios de paradigma en todos los ámbitos, los enfrentamientos entre naciones son entre regiones, la base de esos enfrentamientos es fundamentalmente cultural, ya que son pocos los desvariados que discuten al capitalismo como sistema económico.

No se avizoran enfrentamientos militares, los pocos que existen se parecen más a justificativos para mantener los viejos gastos militares que a reales enfrentamientos armados, es tal el poder destructivo que tienen muchas naciones que las viejas guerras perdieron sentido. Por empate permanente todo se debe resolver en mesas de diálogo.

Poco a poco los viejos gastos militares se reconvertirán en gastos en seguridad interior por delincuencia y terrorismo y en inversión tecnológica para hacer cada día más eficiente la desesperada búsqueda de una vida mejor. Aquellos que dicen que la calidad de vida del siglo pasado fue mejor, se equivocan de medio a medio. Nunca la civilización retrocedió en calidad de vida.

Las normas laborales deben imponer marcos generales que impidan el abuso, con tribunales expeditivos en caso de que estos sucedan, por lo demás deberán ser libres, la decisión de tomar o dejar el trabajo debe ser del trabajador y del empleador. Habrá seguramente excesos, pero si el estado garantiza una capacitación adecuada la competencia por obtener al mejor trabajador será el vaso comunicante que garantizará la justicia.

La explotación tiene condena social, porque así nos educamos, al explotador la justicia deberá castigarlo ante el reclamo del trabajador. La industria del juicio estructurada por los sindicatos, los abogados y juzgados laborales han sido los causantes de la desocupación y la informalidad.

Afrontemos el futuro con la mente abierta, la única ciudadanía que crecerá es la del emigrante. Esa es la realidad o la afrontamos o caemos del mapa del progreso.

Aquel estado protector se convirtió en ineficiente, corrupto y alejado de la gente.

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: ¿De Ia ilusión se vive?

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