El fracaso del federalismo argentino (II), por Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Cabildo Abierto / Foto: Pedro Subercaseaux

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Hoy publicamos la segunda entrega de la serie del escritor, abogado, especialista en el estudio de las instituciones democráticas Antonio Calabrese. En el primer capítulo (14 de febrero pasado) Calabrese analizó la relación del Estado Nacional con los Estados Provinciales en Argentina. En esta ocasión centra el análisis en las diferentes características del federalismo con opiniones que van desde Kant hasta Montesquieu. Es un aporte de alto valor para el estudio de los problemas que desde el inicio de la conformación de Argentina no han logrado modificarse, según la opinión de nuestro distinguido colaborador. Disfruten de esta segunda entrega.

Lectura: 7 minutos

EL ASPECTO DOGMÁTICO Y FILOSÓFICO

Por otra parte desde lo dogmático, el sistema presenta particularidades que no solo lo hacen de difícil adaptación sino también imperfecto, con problemas de ejecución, que presentan interrogantes a veces insolubles que aún en la fecha preocupan a los constitucionalistas.

Vamos a tratar algunas de estas cuestiones que desarrollamos en nuestra obra «El mito del Federalismo» (Ed. Prosa 2015).

1) A partir de una definición que encierra el tema Carl Schmitt («Teoría de la Constitución»), dejando de lado las cuestiones ideológicas que no compartimos, dice: «…la federación es una unión permanente basada en el libre convenio y al servicio del fin común de la autoconservación de todos los miembros, mediante la cual se cambia el total status político de cada uno de ellos en atención al fin común». Si bien el concepto es correcto, no fue cierto en la práctica de las federaciones americanas; EE. UU., llegó adherir un Estado (Luisiana) por compra territorial y no se pidió a sus habitantes el consentimiento ni ningún otro requisito, pudiendo decirse algo parecido de California; Canadá estableció la creación unilateral de provincias entre 1870 y 1905 por un procedimiento de derecho interno y una ley constitucional, lo cual está muy lejos del «libre convenio»; Argentina creó 9 provincias por leyes: 14.037 (1951), 14.294 (1953), 14.408 (1955) y 23. 775 (1990), es decir creó estados o provincias directamente autónomas que jamás fueron soberanas, condición que nunca tuvieron y por ende a la que nunca pudieron renunciar o declinar a favor del Estado Nacional. Se dirá que es un detalle, pero de eso hablamos cuando descendemos desde lo dogmático a lo práctico. Por estas razones Oliver Beuad («Teoría de la Federación») dirá que son federaciones «abiertas» a diferencia de las «cerradas» como la Helvética después de 1815 o la germánica luego del acta federativa de 1820. Nos parece que la definición va quedando lejos.

2) En lo que todos parecen estar de acuerdo es en que para que sea posible la federación es necesaria la homogeneidad de los Estados. Esto va desde Montesquieu («El espíritu de las leyes») hasta el referido Schmitt. Pero ¿Qué es la homogeneidad? Obviamente no se refiere a la forma de gobierno pues hubo federaciones monárquicas como la germana, imperiales como el Commonwealth y obviamente republicanas. La cuestión radica, en alguna medida, en la manera de expresar políticamente la soberanía que en la construcción jurídica de la federación no está en el pueblo que vota o se expresa. La soberanía es propia de cada uno de los Estados, que se unen para formar la federación. Es la voluntad de los Estados no de las personas. Es como si hubiera dos grados de relaciones: una, de los ciudadanos que son quienes integran al Estado y la segunda de este último con los otros Estados que crean la federación. La federación no es una construcción popular sino institucional. Por eso es bicameral el Poder Legislativo y todos los Estados tienen igual representación en el Senado.

3) En realidad la homogeneidad parece ser la conservación de la unidad en la diferencia es decir en la descentralización del poder sobre todos. En este sentido coinciden «El Federalista» (art.49, 1788) «…Sirve como un sistema complicado de distinción de poderes y descentralización…» con Hans Kelsen («General Theory of Law and State») que expresa que el federalismo es apenas una forma de Estado descentralizado.

4) Siempre siguiendo desde lo dogmático recordaremos aquí el llamado «Dilema de Calhoun» quien afirma que el Estado es una nación que se gobierna asimisma, por la forma que sea, sin depender de ningún extranjero, por ello es soberano. Pero resulta que en una federación los Estados declinan la soberanía, por ende dejan de ser Estados y ello les impediría integrar una federación.

5) Otra cuestión de esta naturaleza es la diferenciación teleológica del Estado integrante y la del Estado Federal. El Telos o finalidad del Estado es la garantía de la seguridad, progreso y felicidad de sus ciudadanos, en cambio el de la Federación es conservar la armonía y proteger a sus integrantes. Por eso Immanuel Kant sostiene que si el fin último fuera la paz mundial, ella debiera lograrse como una federación universal.

6) También se han planteado dos cuestiones prácticas que en su momento fueron trascedentes, como por ejemplo la cuestión de la nacionalidad en el camino de la Unidad Europea o la de los juicios contra el Estado Federal. En el primer caso porque los miembros de un Estado federalizado no tienen la nacionalidad originaria sino la del Estado federal. En nuestro caso por ejemplo no existe la nacionalidad santiagueña, cordobesa o santafecina, sino solo la nacionalidad argentina. En Europa, en el tránsito a la Unión Europea esto sería imposible. ¿Cómo decirle a los franceses que no son franceses, a los alemanes que no son alemanes o a los italianos en el mismo caso? Esto solo pudo resolverse con la doble nacionalidad que no se corresponde con la identidad de cada pueblo. Hoy parecería muy difícil que naciones consolidadas en Estados, renuncien a su vieja identidad para conformar una federación cambiándola por una nueva. Asimismo en los juicios en que el Estado Federal es parte, ya sea por jurisdicción originaria o por vía recursiva que llegan a la Corte Suprema o sus tribunales inferiores, se da el caso que el juzgador al ser uno de los tres poderes del Estado Federal, es nada menos que juez y parte. Este es un problema insoluble en el federalismo. En Suiza se intentó solucionarlo delegando en el parlamento el poder del juzgamiento pero esto es una perversión del sistema pues da facultades jurisdiccionales al poder Legislativo, lo que es incorrecto y desnaturalizante. No es lo mismo que un juicio político que es una facultad destituyente para aplicarla ante determinados funcionarios que desbordan la ley, por eso es «político» que un juicio sobre temas de la legislación de fondo que es competencia exclusiva del Poder Judicial. Oliver Beaud, autor ya citado, manifiesta: «…como ha mostrado Hans Kelsen la formulación choca con el sentido común del jurista, que toma conciencia en virtud de esta modificación lingüística, de que el Tribunal se ve obligado a dirimir un conflicto de orden jurisdiccional entre la Confederación y los Estados miembros, siendo el mismo un órgano de la Confederación». «Por lo tanto es juez y parte…».

7) Desde el punto de vista económico parece imposible no considerar a la homogeneidad en el sentido de la autosustentabilidad, de manera independiente de la dimensión o magnitud de cada uno de ellos. Si las diferentes estructuras no pueden mantenerse por sí mismas es imposible considerar la igualdad de los Estados miembros.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: El fracaso del federalismo argentino (I)

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