La nueva oligarquía, escribe Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Foto: Charly W. Karl

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 7 minutos

El mundo conmocionado, el país frente al abismo, el pueblo argentino lo mira por televisión.

Deberíamos retroceder a antes de 1916 para ver al pueblo argentino tan ajeno a lo que su dirigencia expresa y debate.

Antes de esa fecha la oligarquía estaba expresada por la aristocracia fundadora de la nación que detentaba el poder económico. El radicalismo abrió la participación de los sectores medios y el justicialismo el de los trabajadores.

Hoy la oligarquía la expresa la supuesta dirigencia política que está tan alejada de la gente como del poder económico. No representan ni a los dueños del capital ni a los trabajadores.

Resumamos esto en pocas variables, el salario promedio de los argentinos está entre los peores de Latinoamérica, era el mejor.

La productividad de gran parte de la industria es mala, lo que implica la necesidad de protecciones arancelarias y paraarancelarias que encarecen los productos de consumo. Recuerdo a la industria nacional proyectando su competitividad al resto de Sudamérica y hasta Europa.

El estado ejecuta una política impositiva que castiga a la producción y premia a lo menos productivo.

De ser el país con menos pobres de la región y de mejor nivel educativo y de salud pública pasamos a competir con los peores.

En China, el país más productivo del mundo, el salario promedio del trabajador urbano es de mil doscientos dólares y la educación, salud, seguridad y vivienda básica es gratuita.

El nuestro es de 400 dólares (valor oficial) y la educación, salud, seguridad pública está en crisis, lo que obliga a pagarla en forma privada y además es deficiente.

Mientras tanto la oligarquía del poder debate temas que nada tienen que ver con la gente, solo con el manejo fiscal que asegure sus propios ingresos.

Nadie debate sobre un plan productivo, ni siquiera los que critican al gobierno por no hacerlo. Todos repiten cantinelas de economistas que hace décadas se alejaron de las políticas económicas productivas para dedicarse a las financieras y fiscales.

Debatimos sobre como pagar la deuda cuando nadie quiere cobrarla, solo quieren cobrar los intereses, exceptuando a la deuda con el FMI que no llega a representar ni siquiera el veinte porciento del total, que lo que busca es que

reingresemos al sistema financiero, para sustituir su deuda por la de inversores privados.

Los inversores privados nos abandonaron porque carecemos de un plan productivo a mediano a largo plazo, acordado por el por lo menos 70 % de la representación parlamentaria. Nadie apuesta ciego, salvo los especuladores.

Los supuestos inversores que vienen a nuestro país desde 2001 son los especuladores que ante la menor duda escapan. Esa fue la llamada «fuga», son las capitales golondrinas que van y vienen.

La deuda que hay que juzgar no es la contraída con el FMI es la contraída antes, porque era «inversión» de capitales especulativos, no de inversores comprometidos con un plan serio propuesto por el gobierno, porque no lo teníamos.

El dinero del FMI se usó para pagar la salida de esos capitales que huían en búsqueda de negocios más lucrativos o seguros, no pagarles era entrar en default.

Hoy estamos al borde de un desastre mayúsculo, tenemos gas, pero no lo podemos sacar de la zona de producción, tenemos petróleo, pero no lo exportamos, justo en el momento en que mayor costo tiene y tendrá por algún tiempo.

Podemos multiplicar la producción de alimentos y la oligarquía solo piensa en como pegar el nuevo zarpazo para cubrir sus propias cajas.

Nos quejamos de la concentración poblacional en las ciudades, con todo lo malo que eso representa, pero extraemos la renta que se produce en el interior para distribuirla en las ciudades, una locura.

Tenemos todas las posibilidades para generar electricidad en forma distribuida, mediante las energías renovables, pero se las castiga con aranceles e impuestos improductivos, cuando esa generación es barata y permite liberar gas y petróleo para exportarlo, cosa que nos permitiría ingresar divisas.

Lo importante para la oligarquía no son estos debates, lo importante es a quien asaltan con impuestos para distribuirlos en forma ineficiente a quienes pueden generar riqueza con su trabajo.

Lo hacen a cambio de administrar ese reparto con empleos improductivos con empleados que conforman las cortes de la oligarquía que provoca este círculo vicioso.

Está definido en el mundo que el ingreso medio de su población es la carta de presentación para que los inversores productivos piensen en instalar sus negocios, a bajos ingresos malos negocios, a altos ingresos los mejores y de mayor calidad.

Esto determina que para sentarse a debatir un plan se debe fijar metas y las dos metas fundamentales para ser tenidos en cuenta por los mejores

inversores, empezando por los argentinos, es un salario medio compatible con los países de mejor calidad de vida y estados eficientes que gasten sus ingresos de tal forma que la producción sea posible.

Si se piensa que el salario es una consecuencia está mal, el salario es una meta. Si se piensa que el estado es inútil está mal. es necesario como impulsor de la producción garantizando educación y salud pública de calidad e infraestructura sólida.

Si se piensa que los políticos no son necesarios está mal, deben ser aquellos que vocacionalmente se ocupen de que el estado cumpla con su cometido.

Pero nuestra realidad es otra, los políticos tienen intereses propios, tomaron de rehén a la política y prostituyeron el estado para asegurar el latrocinio que les proporcionó la riqueza.

No lo hicieron solos, los acompañaron los sindicalistas que se comprometieron en la meta de lograr la producción menos competitiva de la región y algunos empresarios que se convirtieron en cómplices del latrocinio a cambio de negociados que los enriquecieron a costa de la pobreza del pueblo.

Hoy el estado está retirado de los territorios, encerrados en sus palacios repartiendo el botín, mientras el pueblo avanza en la informalidad la buena que sólo pretende cubrir con las necesidades diarias y la mala que perfecciona el contrabando, la delincuencia y el narcotráfico.

La salida no será la de nuevos ídolos de la denuncia, la salida será aquella que construyan los sectores que se despliegan aun en territorio.

Los que generan riqueza y permiten que la gente pueda sobrevivir al desastre causado por la oligarquía y aquellos que se despliegan en los barrios urbanos para asistir a los despojados del trabajo productivo que les de dignidad.

Unos aportan recursos y trabajo los otros reparten el bálsamo que nos permite cierta tranquilidad a los habitantes de las ciudades. Todo lo demás es el salvavida de plomo que nos hunde día a día.

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: Futuro nebuloso

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