Tras un manto de neblina, opinión de Calabrese

OPINIÓN

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Pieza de artillería del Ejército Argentino en las islas Malvinas, durante la guerra de 1982 / Foto: Argentina.gob.ar (Government of Argentina)

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 7 minutos

Cuando el viento que corre hasta a 130 km. por hora despeja la bruma, emerge del mar, entre los 51° y 53° de latitud sur y 57° y 62° de longitud Oeste, el archipiélago de 260 Km. de longitud y 11.410 Km2 de superficie a más de 450 Km de la costa patagónica, alcanzando en el Cerro Alberdi en la Isla Soledad 705 metros de altura sobre el nivel del mar y 700 en el Monte Independencia en la «Gran Malvina».

Son un formidable pulmón en la inmensidad del océano, que en esas circunstancias se abren a la vista argentina como un valioso tesoro en manos furtivas, arrebatadoras, por historia y por presente.

El 2 de Abril de 1982, quienes detentaban el poder, tantas veces mal habido, resolvieron ir por ellas en acción directa.

Hoy existen 32 resoluciones del comité de descolonización y 10 declaraciones de las Naciones Unidas como  así también 11 resoluciones y 18 declaraciones de la OEA, anteriores y posteriores a esa fecha que pretenden desde la terminación de la controversia hasta, en última instancia, la discusión sobre la soberanía, desconocida por el invasor.

Las hostilidades comenzaron en realidad el 1 de Mayo y el 2 se produjo la ofrenda de la Armada, el hundimiento del ARA General Belgrano, fuera de la zona de exclusión, con  323 muertos que constituyen aproximadamente la mitad de las bajas argentinas.

Se bombardearon las bases de Puerto Argentino y de Ganso Verde al Oeste de la Isla Soledad y la «Task Force» se acercó para un próximo intento de desembarco que pensaban inmediato. Estaba constituida por más de 120 buques desde 2 portaaviones hasta submarinos nucleares.

En Londres, en la desclasificación de los archivos de la época se supo que el «HMS Hermes» llevaba 18 armas nucleares y el «HMS Invincible» 12 además  de otra que era portada en el buque auxiliar «HMS Brillant» según informó oportunamente el  periódico «The Guardian».

La diferencia era brutal, estaba de aquel lado no solo la armada inglesa sino toda la logística de la OTAN en la flota más grande desde la guerra mundial.

Mientras tanto a modo de ejemplo, con un puñado de Exocet, la misilística argentina Shafrir, Matra y Magic era antigua y elemental no pudiendo competir con la norteamericana AIM 9l SideWinder (que eran misiles inteligentes) del enemigo.

Las fuerzas apostadas en tierra tenían también una gran diferencia de materiales acreditándose en diversos casos la obsolescencia de los usados por los soldados argentinos.

Sin embargo, ese día 1 de Mayo de 1982, tuvieron su bautismo de fuego, los pilotos de caza argentinos, llamados «halcones» según el emblema pintado en el fuselaje de sus maquinas, refrendado en la acción.

El halcón es un ave que puebla la Patagonia argentina, caracterizado por su audacia y tenacidad, que todos los años, no se sabe porque razón, vuela hacia Malvinas aunque no todos pueden regresar.

Desde las 16 horas, en aquella tarde, partieron del continente con el combustible justo para ir y volver, no tenían más autonomía, pues las pistas del archipiélago, por ser muy cortas no eran operables para los Mirage, los Dagger con desarrollo israelí, los Skyhawks, los Super Etendard, en 27 misiones aéreas con 62 aviones involucrados.

Dos modernos Sea Harrier y varios helicópteros fueron derribados, una fragata hundida, 2 averiadas, igual que el portaaviones Hermes, como así un buque de asalto  severamente inutilizado.

Los pilotos argentinos, con aviones de décadas pasadas, en particular «los halcones», volaban a ras del mar, «peinaban las olas», peligrosamente, arriesgando todo para no ser blanco de la alta tecnología y poder atacar al enemigo a más de 1.000 km por hora.

36 pilotos de caza argentinos, entre los 55 caídos de la Fuerza Aérea, ratificarían aquello, y tanto los Sea Harrier y helicópteros como las embarcaciones  «Sir Galahad» «Coventry» «Glasgow» «Ardent» «Argonaut» «Sir Tristam» entre otras tuvieron que replegarse, después de ser alcanzadas, las que no fueron al fondo del mar, pudiendo desembarcar recién 20 días después al reagruparse

«Capitán, hágase cargo y llévelos a la gloria» se registra en una transmisión de un jefe de  escuadrilla, que tuvo que regresar por problemas en su avión. Era una orden dada al piloto del segundo aparato que debía guiar la misión hacia el frente. Así pensaron con una vana frustración de siglo y medio.

«La verdad vale únicamente por la sangre derramada y el mundo cree solamente en las causas cuyos testigos se hacen matar por ellas» les diría Pierre Closterman piloto francés, ingeniero y escritor, as de la segunda guerra mundial volando los Spitfire, en una memorable carta. Nunca mejor homenaje de un héroe a otros.

En la soledad inhospitalaria del Atlántico sur quedaron para siempre aquellos que desde entonces son admirados por el mundo de la aviación de guerra.

Los  pilotos de caza nacionales, los «halcones», jóvenes educados para días como aquellos, tuvieron su bautismo de fuego y supieron darnos como se esperaba de ellos, su valor y su entereza, cuando en un instante, en fracción de segundos, deben decidir el ataque, la sorpresa, la velocidad, la defensa.

«Yo soy mi avión» respondió otro de los excombatientes consciente no solo del arma que piloteaba sino de lo que valía y que fueron puestos a su custodia.

En ese sentido la memoria tendrá siempre presente al Capitán Gustavo García Cuerva que desobedeciendo dos veces la orden de eyectarse para salvar su vida al quedarse sin combustible para regresar, pero teniendo el avión intacto, quiso intentar aterrizar en Malvinas para conservarlo donde penosamente fue derribado por fuego propio al no ser reconocido.

Aquel 1 de Mayo fue la primer batalla aérea argentina y fue una victoria aunque inevitablemente se perdiera la guerra con posterioridad.

Pero la muerte con gloria no reconoce razones, solo el valor y el respeto de la posteridad, para aquellos argentinos que no se olvidaran, aunque las brumas nunca se disipen en las madrugadas de las islas.

Entre el cielo, las nubes y el mar azul, en ese orden, que forman el color de nuestra bandera, seguirán volando todos los años «Los Halcones».

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Guerra de Ucrania

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