Democracia en el banquillo, por Hugo Flombaum

OPINIÓN

50375802637_b4cf4e7eac_c
Foto: HCDN

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 7 minutos

Casi nadie duda que los partidos políticos en las democracias representativas están por lo menos cuestionados, y seguramente perimidos, como los conocemos.

Eso significa que es la democracia la que está en esa situación.

Todos vemos que la división de poderes en sí mismo no garantiza el control necesario para que ninguno de ellos tenga la posibilidad de asumir el poder total.

Eso significa que, ¿se debe centralizar el poder en uno de ellos?

Analicemos cada una de estas aseveraciones. Los partidos no son la democracia, solo fueron la herramienta con la cual se organizó. La división de poderes no es la democracia es la forma que se buscó para proteger a los ciudadanos de las autocracias.

El mundo está atravesando cambios estructurales en todos los aspectos. La universalidad de la cultura, la inteligencia artificial, el acceso cada día más fácil a las nuevas tecnologías, todo mediatizado por las nuevas herramientas de la comunicación desafían todos los conceptos y normas sociales y políticas.

Hoy en el mundo se superponen los territorios físicos de antaño con los territorios digitales que se organizan en las redes sociales, esos nuevos territorios tienen una comunicación mucho más veloz que las relaciones de la vieja vecindad y además no respetan las vetustas convenciones de las fronteras.

Los nostálgicos pretenden detener la evolución, como si se pudiera.

Los apresurados pretenden derrumbar las instituciones sin construir las nuevas.

Los aprovechados se abroquelan en las debilitadas estructuras perimidas para acumular riqueza y poder, aprovechando la falta de control y las complicidades.

La urbanización creciente y la desaparición de los viejos empleos por el avance de la tecnología han destruido las bases institucionales de la democracia representativa basada en los partidos políticos y las organizaciones sindicales.

Los primeros no pueden garantizar la representación que garantizaban el siglo pasado porque las ciudades multiplicaron la cantidad de habitantes y las relaciones sociales se apartaron de los territorios.

Los sindicatos de antaño hoy representan no más de treinta por ciento de los trabajadores, producto de las nuevas relaciones laborales generadas por las nuevas formas de trabajo.

El desafío es construir nuevas formas de organización social, no se hace ni con leyes ni con teorías, ambas se desarrollarán a medida que esas nuevas instituciones se vayan formando y generando su identidad.

Ya hemos visto fracasar a muchos dirigentes surgidos de las nuevas formas representativas cuando se incluyeron dentro de los viejos partidos.

Ni uno ni otros ganaron absolutamente nada, ni los partidos fueron más representativos ni esos dirigentes pudieron seguir conduciendo a sus colectivos sociales que los llevaron a esa situación.

La razón es que los partidos se conformaron para otro tipo de relaciones y los colectivos sociales, lo hacen en función de reivindicaciones muy específicas y no para el todo que pretenden representar los partidos.

En Argentina esta situación nos toma en un período muy especial. Nos encuentra con un vacío dirigencial asombros y una creciente «informalidad» inducida por la inflación generada por el mismo Estado.

No soy de los que dicen que la emisión es la causa, nunca un tema endémico como la inflación en nuestro país puede tener una causa, ni siquiera la más importante es la económica, sin duda la causa madre de este flagelo es la horrorosa generación política que condujo el proceso democrático iniciado en los 80 del siglo pasado.

Algún vivo y peligroso emergente lo llama «la casta» como si no hubieran surgido de procesos institucionales legítimos. La causa es la falta de representatividad de las organizaciones políticas.

La representación no es una foto obtenida el día de las elecciones, es una condición que se debe validar a diario con acciones en las cuales participan los actores sociales tanto en los territorios como en las organizaciones sociales.

Tanto uno como el otro, en nuestro país se despegaron de la gente.

Necesitamos imperiosamente que dirigentes sociales y emergentes de las comunidades se introduzcan en la política, no en los partidos, en la política como forma de organizar las voluntades para llevar adelante las acciones de gobierno que necesitan los habitantes.

Los retardatarios, los aprovechados, los apresurados son los conservadores de antes. Los que han comprendido hacia donde se dirige el mundo, que han asimilado la modernidad y las nuevas formas de relación social en el mundo son los que irán construyendo la nueva institucionalidad.

Todo lo demás serán dolores de parto del futuro naciente.

Nuestro país está construyendo la nueva argentina fuera de las instituciones, a diferencia de Chile, Uruguay, Perú, Colombia y hasta Brasil.

Si le preguntáramos a Robert De Niro, o Angela Merkel o a Obama o a los millones de turistas que nos visitan, que vienen con la expectativa de encontrar un país con el cincuenta porciento de pobreza y una economía con ingresos compatibles con los países más pobres del mundo, ¿Cuál fue la impresión que se llevaron? Dirían que no entienden nada. No es un país pobre es un país sin instituciones.

Los estadísticos de nuestro país se conforman con ir en búsqueda de los datos que presenta el Estado. Nada puede salir bien de ahí.

Las estadísticas no pueden consolidar lo que cobra un profesional sin declarar, y lo hacen todos, ni un constructor lo que paga con y sin boleta, ni un comerciante lo que vende de una u otra forma, ni cuanto ganan los colegios privados en la venta de los uniformes escolares fuera de las cuotas, y así podría llegar hasta la última changa de cada argentino.

Nadie conoce el PBI argentino, nadie puede explicarse porque los argentinos somos los tenedores de dólares más importantes del mundo.

Todo es una gran mentira que protege a los vivos que se enriquecen en el desorden.

Pero todo llega a su fin, los recursos para que ese estado en descomposición sobreviva se irán acabando y todo desembocará pacíficamente en la construcción de una nueva institucionalidad.

Aquella que permita que si uno ve un policía le tenga confianza, si ve un juez confíe, si ve un docente confíe, si ve un agente del estado lo respete, si ve un gobernante lo admire.

Si eso no sucede todo seguirá como Discépolo nos auguró en Cambalache.

Otro artículo de interés: Mundos Paralelos

Un comentario

  1. La Democracia se debe analizar desde una perspectiva histórica, como la monarquía o el feudalismo. No se deberían perder tiempo y esfuerzos, hablando de ese obsoleto sistema de gobierno, sino que deberían ser invertidos en buscar alternativas de ordenamientos de gestión que lo sustituyan.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s