Memoria y olvido del Peronismo (III), por Norberto Zingoni

OPINIÓN

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Presidente de facto Juan Carlos Onganía (izquierda) junto al futuro presidente Lanusse (derecha) en 1966 / Foto: picryl.com

Por Norberto Zingoni, escritor, abogado, exjuez, corresponsal de LaCity.com.ar en Europa.

Lectura: 7 minutos

Las páginas de la historia argentina que examinamos (1943/1973) en esta serie de artículos fueron los años signados por el peronismo ya sea cuando estuvo en el poder o cuando fue desalojado y proscripto. Y decíamos que una incógnita de la historia fue la entrega del gobierno de Perón a los insurrectos cuando todos los análisis coinciden en afirmar que militarmente la asonada pudo repelerse. El gobierno podía sofocar militarmente la asonada. «Mientras sobrestimaba el daño que podría resultar de su negativa a alejarse del cargo, no hay constancia alguna de que Perón se haya detenido a sopesar los daños que sufriría la Argentina en manos de un gobierno antiperonista», dice Josep Page, el mejor biógrafo de Perón (Perón, una biografía).

Decíamos que el golpe de 1955 signó los años posteriores.

Las Fuerzas Armadas (FF. AA.) querían «desperonizar» al país por la fuerza y el peronismo quería volver al gobierno ya que era mayoría, como lo demostraron las elecciones que se sucedieron en todos esos años. Algo así como si el peronismo dijera: «Si no gobierno yo que soy mayoría no gobierna nadie», y no gobernó nadie. Así ni la vieja Argentina ni la nueva Argentina logran vencerse abriendo una larga época de empate permanente que desangró al país y frustró las mejores intenciones como lo fueron las presidencias de Arturo Frondizi y Arturo Illía.

La trampa insensata de Lanusse para no dar elecciones libres mientras se radicalizaban las organizaciones de juventud

Fracasadas las presidencias de Aramburu, Frondizi e Illía las FF. AA. deciden tomar el poder directamente y se suceden en la presidencia del país los generales Onganía, Levingston (un desconocido general de Inteligencia que estaba en los EE. UU. sin saber para qué lo llamaban) y finalmente Lanusse. Con la absurda consigna de prohibir a Perón pero que sin que se note mucho. A todo esto, la situación económica era cada vez peor. Los ministros de economía solían ser liberales o ultraliberales. La Revolución Libertadora que había empezado en 1955 estaba terminada. Se trataba de buscar una retirada a los cuarteles lo más digna posible.

Pero ya era tarde. La juventud argentina se había politizado y estaba del lado del peronismo proscripto. Y una parte de esa juventud empezó a radicalizarse en organizaciones armadas. Un cóctel fatal: una dictadura fracasada, una situación económica desastrosa y una juventud politizada y con algunos sectores ingresando a la lucha armada. Y al frente del país un irresponsable, Lanusse, que jugaba a la política menuda. Que se entretuvo en juegos de poder interminables y agotadores para proscribir a Perón y al peronismo mientras las organizaciones armadas FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y Montoneros (estos se decían cercanos al peronismo pero al final fueron sus enemigos) iban creciendo.

Con ese panorama no se le ocurre mejor idea a Lanusse que la bravuconada de desafiar a Perón ─exiliado en Madrid─ a que viniera al país antes de una fecha si es que quería ser candidato en unas elecciones generales amañadas; y que habían convocado obligados por la presión popular. «No le da el cuero para volver» fue la provocación de Lanusse. Lo cierto es que el 17 de noviembre de 1972 Perón vuelve al país y el régimen termina de deshilacharse. Pero hubo que hacer un rodeo y perder más tiempo aun nombrando a otro candidato peronista ya que la proscripción a Perón siguió. De esa proscripción queda un mal recuerdo que sintetiza la frase (hoy resucitada con otros nombres) «Cámpora al gobierno Perón al poder».

Mi llegada (se refiere Perón a su vuelta en 1972) fue un atropello de lo más brutal y sobre todo de lo más indigno (…) ellos (se refiere a los militares) decían que era para darme seguridad y me tenían preso en una pieza del hotel. Cuando al fin forcé la situación salí de mi pieza y dije, «si no estoy detenido me voy» (…) y me fui, me echaron todo el ejército encima, la policía rodeó la casa, llegó un momento que colocaron cañones antiaéreos en la esquina de mi casa, pasaban aviones de la marina volando bajo para intimidarme (Silleta).

Para lograr que se auto proscribiera llegaron a negociar ¡entregarle el cadáver de Eva Perón! que había sido secuestrado en los primeros días de 1955 y que, luego de un periplo macabro, terminó enterrada en un cementerio de Milán bajo un nombre falso.

La banalidad de la muerte: La demora en llamar a elecciones libres y la amenaza de otro golpe de estado, engendró otra desgracia: el ingreso de muchos jóvenes a las organizaciones que pregonaban la lucha armada.

Parafraseando a Hanna Arendt con el célebre «la banalidad del mal» podemos decir que se abre un período de violencia a matar o morir que podíamos llamar «la banalidad de la muerte».

Se produjeron los primeros secuestros de militantes políticos y gremiales, con un método perverso también de triste recuerdo: desaparecidos. Uno de los hechos más duros fue en Trelew. Los presos de FAR, ERP y Montoneros ─con ayuda exterior─ coparon el penal para huir a Chile; algunos lo lograron pero los 19 que no pudieron huir en el avión fueron fusilados por las fuerzas de seguridad en el lugar. El Partido Justicialista decide velar a tres o cuatro de los muertos en su sede de Capital Federal, muchos concurrimos pese a no estar de acuerdo con la lucha armada. Y en medio del velatorio irrumpen dos tanquetas del ejército, tiran abajo la pared de entrada aplastando lo que había a su paso para terminar con el velatorio. No recuerdo si se llevaron los cadáveres. Así de violenta fue esa época de la que muchos fuimos testigos.

Las acciones de las organizaciones guerrilleras, por su parte, también fueron a más. El secuestro y ejecución del primer presidente del golpe de 1955, el general Aramburu, fue otro punto de no retorno. Montoneros se atribuye el asesinato y cuenta en sus revistas detalladamente cómo lo hicieron.

Así como las décadas del 50 al 60 tuvieron al país encerrado entre peronismo-antiperonismo la década del 70 será terrorismo de estado versus terrorismo político. Y así empezó esta larga decadencia que frustró al país.

Otro artículo escrito por Norberto Zingoni: Memoria y olvido del Peronismo (II)

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