La propiedad como derecho primario, por Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Papa Francisco y la propiedad privada / Foto: Catholic Church England and Wales

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

«Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios»
(Mateo 22.21 – Marcos 12.17)

Lectura: 12 minutos

Con motivo de la consideración del derecho de propiedad, entre otras cosas como secundario, en las encíclicas «Fratelli Tutti» y «Laudatio si» del Papa Francisco surgen una serie de reflexiones imprescindibles.

Breve Historia del derecho de propiedad: Al principio, siendo básicas las relaciones sociales, la propiedad era colectiva, pertenecía a la Tribu. Con el avance cultural tuvo otras apreciaciones, como por ejemplo en el pueblo judío que repartía las tierras cada 50 años en el tiempo sabático, para más adelante acordar el disfrute familiar en forma perpetua, o en la antigua Roma, donde el domino era familiar siendo el «pater familias» quien disponía sobre ella. Según el romanista Charles Maynz, el escalón final de la evolución fue la propiedad individual de los inmuebles.

Con posterioridad, en la edad media, la tierra se «enfeuda», es decir se dividía, en el dominio directo en cabeza del señor feudal y el útil distribuido a los vasallos, para que lo trabajen, hasta el crecimiento de los llamados «Burgos», asimilándose a las características finales de Roma.

Este sistema desaparece con la Revolución francesa y el 4 de Agosto de 1789 los señores feudales renuncian a sus privilegios y surge la célebre «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» que en el artículo 17 reconoce el derecho de propiedad con el grado de inviolable y sagrado.

La civilización encuentra entonces, después de luchar a través del tiempo contra la esclavitud, las castas, las clases y los privilegios de todo tipo, una luz en la tríada libertad, igualdad y fraternidad, facultando a todos el acceso a la propiedad en forma igualitaria y libremente.

A partir de allí, consolidadas las revoluciones políticas en el siglo XIX, el derecho de propiedad emerge al igual que en la centuria siguiente, vital e imprescindible en cualquier proclama individual o colectiva. Así lo vemos en la «Declaración Universal de los Derechos Humanos» aprobada el 10 de diciembre de 1948 por las Naciones Unidas y traducida a 500 idiomas que en su artículo 17 se refiere expresamente al derecho de propiedad del que nadie puede ser privado; por «La Declaración Americana de los derechos y deberes del Hombre» de 1948 (art. 23); «La Convención Europea para la protección de los Derechos Humanos y sus libertades fundamentales» de 1950 (art. 1 protocolo adicional I); «La Carta Africana de los Derechos humanos y de los Pueblos» de 1981 (art.14); La «Carta de los derechos Fundamentales de Unión Europea» del año 2.000 ( tít. II – art. 17), sin perjuicio de las constituciones republicanas dictadas a partir de la independencia norteamericana, primera en el tiempo en 1776, año también de declaración del pueblo de Virginia, así como en las diez primeras enmiendas de la constitución federal de 1787, basadas como en el mito de «Antígona» en derechos que son previos a cualquier ley.

El concepto: A partir de este proceso evolutivo sobre la convivencia del hombre en sociedad, la libertad se constituye en sistema y reconoce al derecho de propiedad o dominio como esencial, absoluto, exclusivo y perpetuo hasta mediados del siglo XIX en donde aparece con el industrialismo la concentración del capital contra el que se alzan distintas concepciones anarquistas, socialistas y marxistas.

El derecho de propiedad es la herramienta con la que se ejerce la libertad, se podría decir que no hay libertad ni democracia sin él, pero asimismo se manifiesta la necesidad de impedir los desequilibrios que se insinúan en la evolución de la economía y la sociedad.

Diversas teorías han fundado la relacion del hombre con las cosas, y a su vez las relaciones de estos entre sí con relacion a aquellas.

Los clásicos (Pothiers, Marcadé, Demolombe, Savigny, Aubry y Rau, etc.) consideraban solo la relación con las cosas que llamaban «derechos reales» para diferenciarla de los «derechos personales» que se referían a las relaciones humanas entre sí; otros a la inversa, sostenían que solo existen relaciones personales y que al derecho de uno sobre la cosa, le corresponde la abstención de los demás (Kant, Planiol); y diferenciándose de todos ellos, por ejemplo, Hauríeu y Rigaud, sostienen en forma más política que filosófica que en realidad es el Estado como grupo social institucionalizado quien reconoce al individuo ese derecho sobre las cosas.

Existen también teorías singulares que piensan que la propiedad llevaría siempre un gravamen sobre ella, una especie de hipoteca o prenda social en el mejor de los casos y algunos como León Duguit, profesor de la Universidad de Burdeos, llegará a decir que la propiedad no tiene, sino que es en sí misma una función social.

Razonablemente, la función social de la propiedad, si se quisiera explicar, debiera definirse a la inversa, es decir, que al uso y goce del propietario no pueda dársele una utilización antisocial que perjudique a terceros.

Este tema originó opiniones encontradas, inclusive las de la Iglesia Católica.

La propiedad en la Iglesia católica: lo primero que debe reconocerse a la Iglesia Católica es la afirmación que el derecho de propiedad es un derecho natural al cual la ley positiva no puede desconocer. Es decir, es inherente al ser humano, no puede escindirse porque es parte de su naturaleza.

No obstante ello, el padre de la Escolástica, Santo Tomás de Aquino, a mediados del siglo XIII, sostenía que el hombre que recibe la riqueza después de satisfacer sus necesidades debe distribuir el saldo entre los demás. Esto se podría explicar de dos formas: una como volviendo a la Tribu en retroceso, es decir a aquel concepto de la propiedad de todos o común con la variante de la satisfacción individual previa, o bien como un discurso revolucionario tendiente a terminar con el feudalismo de la edad media que duró del siglo V al XV en cuyas postrimerías vivió el Santo.

Años después, como vimos, sobrevino la evolución jurídica y política del concepto de propiedad, sin embargo, a partir de la mencionada industrialización, de la acumulación de capital para producir a escala, del nacimiento concomitante del proletariado o de la clase trabajadora, con los problemas sociales crecientes provocados por los desequilibrios que se producían, en el desorden del crecimiento, la Iglesia ensaya una doctrina social en diversas encíclicas papales con ideas más limitativas confrontando al marxismo con el tema de la función social.

A las fundadoras, «Rerum Novarum» de León XIII en 1891 y «Quadragésimo año» de Pio Xi en 1931 que destacan la diferencia del contrato laboral, del agrupamiento sindical y la llamada Justicia Social siguen la «Mater et Magistera» de Juan XXIII en 1961 donde se reafirma como derecho natural a la propiedad privada, fundada en la prioridad ontológica de los seres humanos frente a la sociedad, pero dispone más adelante que a los bienes les es intrínsecamente inherente una función social y la «Populorum Progressio» de Paulo VI en 1967 que vuelve a sostener que la propiedad privada no constituye un derecho absoluto y no hay ninguna razón para retener una exclusividad de bienes que exceden a sus necesidades, recordando al concepto de Santo Tomás del siglo XIII.

Como si la economía, las formas de producción, basadas en la propiedad privada pudieran retroceder siete siglos por una encíclica.

Este camino se completa a la fecha con «Fratelli Tutti» y «Laudatio si» ambas del actual Papa Francisco, quien en la primera sostiene como valoración eclesial que el derecho de propiedad solo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio «del destino universal de los bienes creados» tratando de asociar lo que llama justicia distributiva con la justicia conmutativa, mientras que en la segunda reitera el destino universal de los bienes agregando que ello es una «regla de oro» del comportamiento social.

¿Como es posible, que un derecho natural pueda ser secundario? El derecho natural es universal, es anterior a toda regla, a toda ley que le fuera contradictoria o a cualquier sentencia dictada de acuerdo a esa ley, que siempre será considerada injusta pese a la Teoría Pura de Kelsen.

El alemán Gustav Radbruch tomaba como ejemplo al sistema jurídico nazi que estaba legalmente impuesto pero era contrario a los derechos naturales más elementales por tanto era intrínsecamente injusto.

La legislación en la Unión Soviética: No obstante quien más se aproximó a la idea confesional de «la pertenencia universal de los bienes», fue la legislación de la URSS, es decir el comunismo en su máxima expresión política, en cuya legislación civil aprobada por el Soviet Supremo en su artículo 21 preveía: «Son propiedad del Estado la tierra, el subsuelo, las aguas, los bosques, las fábricas, las minas, las centrales eléctricas, el transporte ferroviario, por agua, por aire y automóvil, los Bancos, los Medios de Comunicación, las empresas agrícolas, comerciales, comunales y otras organizadas por el Estado así como el fondo de viviendas esenciales en las ciudades, etc…».

Y en la parte que se refiere a los bienes necesarios para satisfacer las necesidades del hombre, el artículo 25 disponía: «Propiedad Personal. Pueden hallarse en propiedad personal de los ciudadanos los bienes destinados a satisfacer sus necesidades materiales y culturales. Cada ciudadano puede tener en propiedad personal los ingresos y ahorros provenientes del trabajo, una casa vivienda (o una parte de ella) y sus dependencias auxiliares, utensilios domésticos, objetos de uso y consumo y comodidad personal». Cada ciudadano puede poseer solo una vivienda refiriéndose a ambos cónyuges e hijos menores de edad y las dimensiones de esta eran fijadas por la reglamentación que establecían las distintas repúblicas federadas ( Mariani de Vidal en su obra sobre derechos reales).

Una respetuosa opinión laica: A partir de las citas evangélicas de Mateo y Marcos del subtitulo, se puede aceptar la infalibilidad Papal en materia del dogma, es decir en el aspecto esotérico, interior, como los de cualquier otra creencia religiosa o espiritual, más en cuanto a los temas mundanos, profanos, de la economía política, de la legislación civil de cada país que provee a la convivencia social y doméstica, que son exotéricos, corresponden y son jurisdicción de cada sociedad, no de las órdenes religiosas.

Los regímenes que se basan en la libertad y el respecto a la persona humana reconocen el derecho de propiedad, encontrando su limitación solo en donde empieza el derecho ajeno o en la expropiación por razones de utilidad pública expresada por ley previo pago de la indemnización pertinente.

La constitución Argentina lo establece como inviolable en el artículo 17, mientras en el art. 14 lo garantiza conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, en el art. 75 inc. 12 faculta solo al Congreso de la Nación a dictar las leyes civiles, y en el art. 75 inc. 32 otorga al mismo Congreso dictar las leyes que sean convenientes para poner en ejercicio los derechos enunciados por esa Carta Magna en la 1ª. parte Capítulos I y II.

Cumpliendo con ello nuestro Código Civil y Comercial en el artículo 1941 sostiene que el derecho de propiedad: «… otorga todas las facultades de usar, gozar y disponer material y jurídicamente de una cosa en los limites previstos por la ley» y los artículos 1942; 1943; 1944 y 1945 prevé la perpetuidad, la exclusividad, la facultad de exclusión y la extensión.

El Código anterior, llamado de Vélez Sarfield por el apellido de su autor, en el artículo 2506 disponía simplemente, de manera más clara y menos reglamentarista, que es un derecho «…en virtud del cual una cosa se encuentra sometida a la voluntad y a la acción de una persona».

Esa es la visión Argentina de la propiedad. Un derecho primario.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Identidad equivocada

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