El rey, el sable y el presidente, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Felipe VI / Foto: Olaf Kosinsky

Por Antonio Calabrese*, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 5 minutos

Ha provocado reacciones en todo el mundo la actitud del Presidente de Colombia Gustavo Petro, ante la presencia del Rey de España, Felipe VI, el día de la asunción de aquel, cuando fuera de protocolo e intempestivamente, después de la negativa del expresidente Iván Duque Márquez, hizo traer el sable de Simón Bolívar a la ceremonia, que por mucho significado que tenga no es símbolo de la nación anfitriona como lo son su bandera, su escudo, su himno.

A su paso los invitados, que fueron terceros entre las partes en la contienda de siglos pasados, en la lucha independentista, se pusieron de pie mientras el Monarca español, con dignidad, guardó asiento, que solo abandonó en los momentos necesarios y cuando finalizaba el acto al retirarse el sable y las personas.

Al ser invitado, como ocurrió siempre que asistió, las nuevas repúblicas y Estados hispanoamericanos guardaron el respeto correspondiente no solo a su persona sino a la Madre Patria, que generosamente legó su tradición, su historia, su gloria, su cultura, su idioma, su religión en base a las cuales construyeron sus respectivas nacionalidades.

El Rey es la «personificación jurídica de la nación española», es una verdad axiomática, en su imagen, es la fuente de todos los honores que corresponden a su país, es el «representante de su pueblo», es como lo dice el artículo 56 de la constitución española del 78, el Jefe de Estado, símbolo de su unidad y asume la representación del mismo en las relaciones internacionales especialmente con las naciones de su comunidad histórica.

Es la nación española la invitada, la que merece respeto y no provocaciones.

Para concluir hablando constitucionalmente, por aquello del refrendo implícito que exige el art. 64 de la mencionada Carta Magna, la presencia del Ministro de Asuntos Exteriores José Manuel Albares, expresando que el Rey Felipe VI mantuvo «enorme cordialidad» en todos los encuentros, será interpretado seguramente, por los juristas españoles, como su cumplimiento manifiesto.

El Rey Felipe VI tiene bien claro lo que es y lo que representa, es símbolo de la unidad, ya lo manifestó en aquel célebre discurso del 3 de Octubre de 2017 al pueblo Catalán cuando les dijo, en otras palabras, que Cataluña era España así como España era Cataluña, recordado magníficamente por Cayetana Álvarez de Toledo, diputada por Barcelona, nada menos, en aquella memorable Carta Abierta leída en el Círculo Ecuestre en 2019.

La figura del Rey está por encima de los partidos políticos, es en ese sentido neutra, es la democracia, es la libertad, es la paz, para los españoles que, mal que les pese, no las tuvieron antes de la transición constitucionalizada.

Por ello, la introducción en la ceremonia de la transmisión del mando en Colombia del sable de Bolívar que encabezó la lucha contra España, que no fue una lucha común, que fue sangrienta, llena de horrores por ambos bandos, que fuera cumplida «a muerte» (quería decir que se pasaban a degüello a los prisioneros, después de cada encuentro pues no quedaba ni uno vivo que no se sometiera) que fuera anunciada como represalia en la famosa «Carta de Jamaica», fue una provocación, un retroceso.

La izquierda populista de la América hispana nunca coloca por delante al futuro, que sabe no lo puede ofrecer, pues fracasó en todo el mundo y desde el derrumbe del muro de Berlín solo permanece en las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, sumando algunas caricaturas democráticas, también en lamentable decadencia, como en Argentina.

Solo pone al frente el pasado, que además no le corresponde porque es de todos, al que asumimos, cada cual a su manera, con respeto por el otro.

No desmerece lo que pueda representar Simón Bolívar, ni lo que el tamaño de su figura significa en Sudamérica.

Aquella controversia sirvió para construir distintas nacionalidades hace 200 años, pero hoy va el Rey respetuosamente a ofrecer el abrazo de España a un nuevo mandatario de esas naciones y se le responde como lo podría hacer un matón, un pendenciero, un «barra brava» tribunero, con vulgaridad, de manera artera, ordinaria, impredecible en la diplomacia del siglo XXI.

Las izquierdas populistas latinoamericanas, hijas del terrorismo guerrillero, alevoso y criminal, que dejara miles de muertos inocentes, ahora emprenden de manera, no menos cobarde, el terrorismo cultural.

Es precisamente el fracaso del pasado reciente el que, en todo caso, condena a los reincidentes, pero a nuestro criterio, el pueblo colombiano que eligió a Petro de buena fe, con esperanzas de cambio, de un futuro venturoso, de progreso, de paz, de trabajo, imagino que no merece verse malversado por la mala educación y la prepotencia.

*autor de «José de San Martin ¿Un agente inglés?».

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: La mujer

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