Juego de Tronos, análisis de Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Ministro de Economía argentino, Sergio Massa / Foto: HCDN

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

A nadie, bien pensado, de mi generación se le puede pasar por la cabeza la violencia como parte de la política.

La distancia entre el grueso de los argentinos y el grupo de actores en la lucha por el poder institucional, es cada día más marcada.

«Game of Thrones» una de las series más vistas del mundo nos muestra a diferentes jefes sectoriales que traman guerras, alianzas y casamientos en la lucha por el trono que gobierna ese conjunto.

En la serie solo aparecen las cortes y los cortesanos, los pueblos solo participan de las batallas, generadas por los contendientes en la lucha por el poder.

Si sustituimos batallas por elecciones es casi lo mismo a lo que nos sucede en la política en nuestro país.

A medida que la gobernanza avanza en el mundo occidental como forma de responder al autoritarismo, aquí entre algunos empresarios prebendarios, sindicalistas dependientes del dinero del estado y profesionales de la política, arman una saga de episodios que nada tienen que ver con la mayoría de la población.

La preocupación del común de los argentinos es llegar sanos y salvos a sus casas sin ser agredidos, robados, heridos, o muertos en el tránsito del ir al trabajo o simplemente a hacer compras.

Mientras ese grupúsculo que lucha por el «poder» arma pequeños espectáculos con rimbombantes títulos, «defensa de la democracia», «marcha contra el hambre», «justicia independiente», etc. el grueso de la población debe afrontar sus problemas cotidianos sin un estado que lo acompañe.

Ya hablar de la grieta es inútil, son todos ellos los que lograron la inexistencia de un estado.

Un estado que no garantiza ni seguridad, ni educación, ni salud ni una moneda, herramienta básica para amalgamar a una nación.

Lo que antes era un año electoral y uno de gobierno ahora todo el tiempo y cada acto, es electoral, no tienen espacios de gobierno, solo la trama de la lucha por el poder por el poder mismo los ocupa.

Creídos que a alguien le importa pagan encuestas, hacen reuniones, programas radiales y televisivos que pocos escuchan o ven y especulan sobre estrategias, pero sin la gente.

En los medios especializados en economía se dice que nuestro pueblo es uno de los que más dólares en efectivo acumula. Mientras el estado nacional se desespera, con engaños, zancadillas, prebendas, etc. para capturar reservas en esa moneda para el Banco Central.

Ridículo para cualquier país del mundo menos para el nuestro, que se ha caracterizado por usar el estado para estafar a su pueblo dejándolo sin ahorros a los individuos y familias y sin horizonte a las empresas nacionales.

Así es como terminamos con un ahorro en manos de argentinos calculado en más de un PBI anual, pero fuera del estado y de sus instituciones. La mayor parte fuera del país. Y con más trabajadores fuera de la supuesta formalidad que los encuadrados en ella.

Por suerte ese millón o dos millones de argentinos lograron poner a salvo del latrocinio al ahorro del trabajo nacional.

Ahora los funcionarios visitan a los organismos multilaterales rogando que vuelvan a prestar dinero, solo para que ellos puedan pagar su fiesta. Hasta el cansancio se ha dicho que si no le creen los argentinos menos creerán los extranjeros.

La mayoría de los sindicatos representan a los sectores más conservadores de nuestro país, enamorados de normas que con la actual estructura impositiva son inaplicables para dar trabajo a los jóvenes.

Los contratistas del estado y una parte de los empresarios agudizan el ingenio para capturar cada dólar que entra a las arcas del estado a través de las exportaciones al precio oficial para luego transarlas al precio de mercado. Viejo truco que acompañó gran parte de mi vida.

Y los candidatos ruedan y ruedan en reuniones entre ellos, cada día más lejos de la gente.

Si uno rememora el nacimiento de la democracia estuvo signado por actos de campaña donde participaban millones de argentinos, de uno y de otro partido. La participación en el acto electoral era con alegría, una fiesta de la democracia.

Hoy en los actos políticos participan decenas de miles de personas traídos en transportes pagos por los organizadores, la política es ignorada o despreciada por la mayoría y los actos electorales se convirtieron en una carga pública.

Ese es el logro de la democracia.

Sólo partiendo de este diagnóstico y haciéndonos cargo, todos, de la responsabilidad colectiva podremos hablar de futuro.

Hablar de unidad de oficialismo y oposición a sabiendas que en uno y otro bloque lo único que los une es el poder y no las ideas es el carma del cual debemos escapar.

Si afrontamos las próximas elecciones como si fuera un nuevo capítulo de esta saga de la lucha por el poder, será más de lo mismo.

Si no somos capaces de reformar la constitución, sin el objeto de lograr una reelección o de una ventaja de círculo, sino para lograr un país viable desde el punto de vista institucional, incorporando a la gobernanza como objetivo, no recuperaremos a la política como la herramienta de la democracia.

Si no somos capaces de juntarnos y confeccionar un presupuesto de gastos para dentro de diez años, y luego desarrollar el de los años anteriores hasta llegar al actual dando previsibilidad a la economía de nuestro país no habrá plan que llegue a buen puerto.

Si no somos capaces de poner como meta la construcción de un estado al servicio de la gente y no un pueblo al servicio del estado como ahora, el pueblo seguirá ignorando a las instituciones.

Si no logramos encarar esta tarea, la disolución será el final de la saga iniciada en 1983.

La democracia no es un fin en sí mismo, es una herramienta para conseguir un objetivo, el bienestar general con libertad individual.

Hoy exhibimos un estado autoritario ineficiente y estafador, disfrazado con un sistema electoral supuestamente democrático.

Debemos construir un estado independiente con gobiernos administradores.

¡ARGENTINOS A LAS COSAS!

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