Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.
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Las democracias republicanas pasan por un momento de duda, conflicto y agotamiento. No es de nuestro país el problema, es general. La hipercomunicación, la concentración urbana, la compleja vida metropolitana con viajes interminables dentro del ejido urbano, tanto para ir a trabajar, estudiar o visitar a un familiar, hace todo más tenso e improductivo.
Eso en la política tuvo un impacto directo, la vecindad está en extinción para millones de habitantes, los clubes de barrio, las sociedades de fomento casi no existen, la iniciativa comunitaria tiende a desaparecer, todo hace la participación en la vida pública más difícil casi imposible.
Que un ciudadano quiera participar de la política es visto como cosa rara. En muchos casos se le endilga que lo hace para enriquecerse con el poder, en otros, los virtuosos, como, «está loco, no sabe en lo que se mete».
Reconstruir los partidos es esencial, sin partidos políticos con ramificaciones territoriales fuertes, la democracia deja de ser representativa por esencia. No es un problema de buenos o malos políticos, es simplemente un imposible.
Los partidos pueden generarse de dos maneras, o a partir de un referente que los convoca atrás de un ideario o de una organización que se construye alrededor de un plan y de su ejecución.
La raza humana es gregaria, así se conformó desde su aparición. Las comunidades se organizan atrás de una idea u objetivo. Hoy las comunidades no son solo territoriales, también lo son digitales. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que hoy son más las segundas en la vida diaria que la primera.
Las que se organizan atrás de un líder dependen de la suerte que tenga él en su objetivo. Trae aparejado la necesidad del compromiso firme de esa comunidad con el que los convoca.
Los que se organizan atrás de un objetivo son las que su éxito depende de que el objetivo sea el correcto y que la comunidad sea eficaz en su organización y acción. La democracia vive en el desarrollo de ambas experiencias. La debilidad del sistema podemos decir es justamente que por lo difícil que se ha convertido la vida comunitaria, la organización atrás de un o una líder es lo más fácil y visto.
Argentina en sus últimos 80 años, con las permanentes interrupciones de golpes de estado, la democracia vivió una alternancia de un proyecto nacido de un líder, Perón, y de un partido orgánico nacido en los albores de la patria, el radicalismo. Acompañado por expresiones menores algunas nacidas de desprendimientos de las principales corrientes y otras representativas de corrientes ideológicas globales.
Hoy, los viejos partidos están en crisis, han sido derrotados por un «líder» sin ninguna estructura orgánica y con una fuerte instalación digital. Argentina vive el momento de mayor debilidad expresada en la nula participación política del soberano y en el individualismo alentado por la crisis en los lazos sociales.
Cómo recuperar los partidos y la participación es el gran desafío. Los líderes no solo no aparecen, sino que los que lo intentan tienen más fortaleza en intereses de círculos, ambiciones personales y voluntarismo vacío de propuestas que confunden conocimiento, fama y apariciones televisivas con conducciones de procesos sociales.
El camino hoy cuenta con herramientas muy útiles, comunicación y redes sociales, pero con la complejidad de que la comunidad muestra desinterés y apatía por la cosa pública. Los que piensan que el solo acto electoral es el que valida la representación no tiene en cuenta que ese acto representa una foto de un instante, no construye compromiso ni participación, por consiguiente, no asegura la representación.
Sin representación no hay democracia republicana porque esta se basa justamente en la representación. Nuestro país requiere un nuevo diseño institucional, la etapa que murió es la etapa en la que la nación repartía renta y con ella las provincias podían subsistir en un país sin desarrollo, que subsistía a partir de la exportación de productos primarios. Madera, lana, trigo y carne.
Pero el mundo requiere de nuestros recursos en energía, minería y alimentos, claramente no tenemos derecho a negarlos. Nuestra nacionalidad nos da derecho a administrarlos no a negarlos en un momento en el cual esos recursos son los que el mundo necesita.
El diseño debe incentivar al desarrollo, para eso el índice que puede distribuir recursos debe estar ligado a la producción, hoy está ligado a la existencia. Eso no es sostenible. La consecuencia más generalizada de esta decadencia no es otra que la corrupción. Esta es consecuencia directa de la falta de participación ciudadana.
Encarar la reconstrucción supone no caer en viejos errores, ni procesos personalistas, ni poner el carro delante del caballo garantizan un proceso que debe combinar participación, desarrollo y representación.
Los liderazgos se construyen a partir de la organización, no al revés, no se lo hace desde la televisión ni desde un partido sin contenido. Ambos terminan en más de lo mismo. Primero las ideas, segundo el compromiso del conjunto con esas ideas, tercero la organización territorial y por último la herramienta electoral.
Vulnerar este proceso es llegar a un final no deseado.
Debatir las ideas con las cuales nos comprometemos es la tarea del momento. Esas ideas deben garantizar el desarrollo y la representación.
*Imagen generada con IA.
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