El abrazo de la Reconciliación (I)

OPINIÓN

Perón_Balbín_desde_otro_angulo
El abrazo de Perón y Balbín (de espaldas) / Foto: Archivo General de la Nación

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

«He regresado a mi tierra para prestar aquí mi último servicio de conciliación».

 

 

 

Lectura: 7 minutos

* Hoy comenzamos una serie histórica sobre el abrazo Perón-Balbín que marcó una época de reconciliación inolvidable de los argentinos después de largos años de desencuentros, protagonizada por los dos líderes de mayor envergadura de aquel momento, el General Juan Domingo Perón, presidente de la Nación, en armonía reconocida por toda la población, con el Dr. Ricardo Balbín, jefe del mayor partido político opositor, la Unión Cívica Radical.

* Nuevamente el aporte de este pasaje tan significativo de la vida institucional del país queda a cargo del colaborador permanente de LaCity.com.ar, Antonio Calabrese, prestigioso intelectual que dedica sus mejores horas a repasar la historia pasada y reciente, como lo atestiguan sus libros que han sido recogidos por escritores europeos.

* El primer capítulo de la serie la podrán leer bajo el título «El Abrazo de la Reconciliación» que sin duda tendrá tanta o mas repercusión que la saga anterior, también de Calabrese, donde investigó las primeras incursiones de españoles en el Río de la Plata cuando aun no existía la Argentina. A disfrutar que en las próximas semanas publicaremos otros dos capítulos tan ricos en términos históricos como el presente.

 

Remontando la historia

Sobre aquella frase de Perón, que recordara Armando Balbín y que le fuera mencionada por su hermano, puede traducirse la intención del hombre que volvió del exilio, apurando su destino final, sabiendo que sus días estaban contados y que aquella actitud los acortaba, para tratar de conciliar a un país que parecía inconciliable, dejando atrás viejos odios y rencores, perdonando y pidiendo ser perdonado.

No creía que podía lograrse con quienes le rodeaban, pensando que solo había una persona cuya valía personal, su trayectoria política y su entereza moral podría asociarse a aquella empresa vital para salvar a la Nación que se debatía implosionando en la violencia, fruto de los odios generados en el pasado reciente.

Perón sabía que la única persona que reunía esos atributos, era su viejo adversario, aquel militante platense que consumiera su vida tratando de mantener a su partido con el sello de los ideales Yrigoyenistas, aceptando derrotas, disfrutando éxitos, soportando sinsabores, superando traiciones y rebeldías, cárceles y persecuciones.

Ricardo Balbín, aquel joven líder de la juventud radical de la Provincia de Buenos Aires, que a mediados de la década del 40 , después de encontrarse en el bar «Paulista» de Córdoba y Callao donde se reuniera con Salvador Cetrá y Alejandro Leloir, y fueran a ver a aquel Coronel que desde el Ministerio de Guerra, que estaba a una cuadra en la esquina de Viamonte, quien tenía intenciones políticas para las próximas elecciones.

El jefe militar habló de la convergencia de las fuerzas populares para transformar al país, tarea empezada, por entonces, desde la ignota Secretaria de Trabajo y Previsión con los líderes sindicales, buscando un protagonismo históricamente negado para la clase trabajadora en la vida política nacional.

Pero entonces no tuvo suerte con Balbín, aunque fue distinta con los otros interlocutores, a pesar que gran parte de la juventud radical se entusiasmó, tampoco la tuvo con Crisólogo Larralde y Moisés Lebenshon en la dirigencia nacional aunque lo lograra con Fernando Estrada, Armando Antille, Antonio J. Benítez, Diego Luis Molinari, Hortensio Quijano, Juan I. Cooke, Luzuriaga, Eduardo Colom, Tanco, Reales, Farías Gómez, Jauretche, Homero Mansi y los integrantes de FORJA.

Por entonces su deseo y sus máximos esfuerzos se dedicaron a seducir a Amadeo Sabattini, con quien desplegó todo su esfuerzo, sin embargo encontró también en este, una cerrada negativa.

Emilio Perina recuerda el ofrecimiento en «bandeja de plata» que le hiciera el General Ávalos, hombre del gabinete de emergencia, en nombre de Perón y el Ejercito, para integrar la fórmula como vicepresidente, desestimado por el líder cordobés.

Ante aquel rechazo en tiempos cruciales, que después la historia demostrara que fueron el punto de partida para un País diferente en el mundo de la posguerra, que ya no tendría posibilidades de volver atrás, Frondizi, dice Perina, exclamó: «Hemos cometido un error fatal». Perón con tristeza dijo en cambio con sorna, que «el cerebro de Sabattini entraba en una caja de fósforos».

En Septiembre del 45 el presidente del Comité Nacional del radicalismo, Gabriel O’Donell que era «sabattinista» reunió a la dirigencia principal del partido en el Hotel Continental y cuando propuso debatir la cuestión del apoyo a Perón se encontró con un Mauricio Yadarola destemplado, enfurecido, que manifestaba «el partido radical no se someterá a las botas militares».

Aquellos episodios y los 30 años posteriores terminaron como todos saben, en profundas divisiones de la sociedad, incrementadas por hechos inusitados sin precedentes en la política nacional.

El bombardeo y ametrallamiento de la multitud desarmada en plaza de mayo, provocando cientos de muertos jamás contados, la quema de Iglesias por una turba enceguecida y vengadora, los fusilamientos de José León Suárez y del penal de Las Heras, el martirio del general Valle, Cogorno, y otros militares que cayeron bajo las balas de los pelotones del odio, el nacimiento de «las formaciones especiales», en la resistencia, junto al terrorismo salvaje, artero, alevoso, en todas sus formas, germinaba en toda nuestra geografía. La juventud armada dejaba las aulas para dirimir en la calle o en la selva tucumana los pleitos ideológicos siendo acompañada algunas veces y otras enfrentada, por el sindicalismo más combativo que jamás se había conocido.

Se necesitaba generosidad y grandeza, por eso, lo primero que debida deponerse eran los agravios o dolores personales, abatiendo el espíritu de revancha, cualquier sea la causa de estos.

Esto expresaba en 1974 Balbín, quien interrogado al respecto por «Satiricón» una revista de gran circulación entonces , decía que había perdonado a Perón de la cárcel sufrida en el primer gobierno del General, «así como el presidente tuvo a bien no mencionar las barbaridades que yo le decía a diario».

Ese lenguaje inclusive coloquial, amistoso, cuando silbaban las balas alrededor, cargado de generosidad personal era respondido por el Presidente, que apenas unos años antes había sido detenido en su vuelo de regreso al llegar a Brasil, impidiéndole aterrizar en suelo Patrio, durante el gobierno radical del Dr. Arturo Illia con la gestión del Canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz, el mismo que bombardeara Plaza de Mayo, sosteniendo que los peronistas dejaremos atrás nuestros muertos, nuestros fusilados, los encarcelados y perseguidos que han sido durante estos dieciocho años los parias de un país que llego hasta prohibir por decreto que se pronunciara su apellido.

En otro lenguaje, en cambio, menos dramático pero de profunda sabiduría, el general les respondía a los especuladores, como en la anécdota protagonizada con José Bert Gelbard quien sostenía que: «yo tengo algunas coincidencias con el peronismo… pero también las tengo con el radicalismo, intentando al parecer quedar en buena posición con ambos, a lo que el líder le respondiera con fina ironía, para las risas de los presentes: “No se preocupe don José, yo tampoco soy peronista…”».

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