Opina Calabrese: Los años de plomo (III)

OPINIÓN

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Juan Domingo Perón y su esposa María Estela «Isabelita» Martínez (España, 1972) / Foto: nationaalarchief.nl

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Causas y Efectos

La resistencia y el desarme del peronismo contra la dictadura y la proscripción

Lectura: 8 minutos

V. – LA BÚSQUEDA DE LA PACIFICACIÓN

Algunos autores lectores de von Clausewitz mencionan siempre una frase que le atribuyen: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».

Si algún caso puede exhibirse como probatorio de ello es nada más y nada menos, que lo ocurrido en Argentina en los años de plomo.

En el caso del peronismo, no se trataba de una minoría que pretendía llegar al poder mediante la fuerza o violencia, se trataba al contrario, de una amplia mayoría, como lo demostraron las elección previas y posteriores a los dieciocho años de proscripción, que pretendía ejercer la democracia y era reprimida de la peor manera y de la forma más violenta.

No hacemos con esto una justificación de la violencia, solo estamos buscando el origen, la razón, si es que la guerra la tiene, y tratar de explicar por qué se sale de cause, como suele ocurrir siempre con ella.

«Es fácil entrar en una guerra, pero es muy difícil salir» decía el mismo General.

Perón, antes de llegar a este punto, viendo la vulnerabilidad de las Fuerzas Armadas en la conducción política de la Nación, que habían agotado totalmente su crédito ante la ciudadanía, comienza el intento desde Puerta de Hierro para frenar esa espiral vertiginosa.

Con la convocatoria a elecciones, a pesar de las proscripciones o de las artimañas tendientes a impedir su triunfo (cláusula de residencia, ballotage, el GAN lanussista y su publicidad, el tema de la verificación de los padrones, etc.) advierte que solo la unión de la ciudadanía responsable puede poner punto final y aislar a los violentos.

Pero solo con señales de paz, no de guerra, no de ataque ni presión.

Por esta razón busca al Balbín, a quien distingue y afortunadamente este le responde.

No solo en el trato, que en esa época se prodigan, hasta afectuoso por momentos, sino incluyendo la posibilidad de la fórmula Peron-Balbín que el General intentaba lograr, tal como lo explicáramos en otro trabajo.

Así como estos dos viejos adversarios deponían actitudes y se abrazaban exigía a los militares actitudes de grandeza similar, que no ocurrieron.

Por un lado la obcecación de mantener la cláusula de residencia como señal de que no habían sido derrotados y por otro, algunos cuadros con resabios de la vieja dirigencia y los caciques provinciales peronistas y radicales que tras sus ambiciones personales boicoteaban el acuerdo, hicieron todo lo posible para su fracaso aun a costa de impedir el intento de detener con ello la violencia y asilar a los terroristas.

En el peronismo se sumaban a la obstrucción los sectores de ultra derecha (AAA) que aun desde distintas vertientes, algunas no peronistas, comenzaban a organizarse como fuerzas de choque contra la izquierda, mientras en el radicalismo las ambiciones personales de quienes pretendían reemplazar a Balbín jugaban su partida.

Raúl Ricardo Alfonsín, era uno de los que se oponía, cometiendo un gran error, como tantos que se cometieron por entonces. Con su agrupación «Renovación y Cambio» a la izquierda radical, intenta darle ese cariz ideológico al centenario partido, que después se materializara con la inscripción en la Internacional Socialista efectuada por Solari Irigoyen y su ratificación siendo presidente, diez años más tarde.

En aquel momento protagoniza una arriesgada movida, después perdonada con el silencio de la sociedad, pues como abogado, defiende nada menos que a Mario Roberto Santucho, jefe del ERP, en el asesinato alevoso de Oberdan Salustro, al que matan indefenso cuando las fuerzas de seguridad rodean la casa en la que estaba secuestrado en un pozo de dos metros de alto por dos de ancho.

El argumento de Alfonsín fue que no se trataba de delincuentes sino de jóvenes idealistas miembros de un ejército revolucionario que luchaban por la liberación de su país.

Tal vez, las aterradoras consecuencias de no haber impedido o colaborado a impedir en aquel momento como las circunstancias lo requerían, la continuidad de la violencia desatada, lo movió más tarde, a cambiar su postura y a pesar del juicio a las Juntas, promulgar las leyes de punto final (23.492 el 24 de diciembre de 1986) y de obediencia debida (23.521 el 8 de junio de 1987) que años después en 2005 fueran declaradas inconstitucionales por la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Pero fue tarde, igual que la amnistía de Menem.

Con el tiempo, como siempre ocurre cuando se instala la injusticia, en este caso, tras uno y otro fracaso, tras uno y otro error, se terminó, no solo en la impunidad de los asesinos y extremistas, sino que acabaron premiándolos y pagando millonarias indemnizaciones en dólares, de la que los mismos perjudicados, o sea los argentinos, terminamos haciéndonos cargo.

En 1972 y ante la posibilidad de la salida electoral las fuerzas políticas democráticas comienzan la labor conjunta de deslegitimizar la acción armada.

La «Hora del Pueblo» que congregaba a todos los partidos democráticos, con excepción de los de origen marxista, según exigencia del propio Perón, que advertía donde estaba el nuevo enemigo, ante la debilidad del gobierno militar, se reunía y buscaba acuerdos y fórmulas de paz.

Tuvo momentos de gran impacto como los del restaurante «Nino» y las reuniones en la casa de la calle Gaspar Campos o aquella célebre en la presidencia del bloque radical que ejercía Balbín, en el Congreso de la Nación, un domingo por la mañana.

Con anterioridad, el día 4 de Octubre de 1972 había llegado a manos de la Junta militar de gobierno el plan de paz de Perón llamado de los diez puntos.

El día 5 de Octubre aparece en la primera plana de todos los diarios (Clarín, La Opinión, La Nación, etc.) y consistía en 1: la ruptura del alineamiento con Estados Unidos en la medida que aquella dependencia afectaba a la soberanía; 2: se propiciaba el pacto social particularmente entre los empresarios y gremios; 3: Creación de un Consejo Económico Social que consolidara el Pacto;4: Le otorgaba a las Fuerzas Armadas participación orgánica en el gabinete nacional; 5: desarticulación de la cláusula de residencia, lo que llevaba hacerlo conjuntamente con cualquier otra forma proscriptiva; 6: la posibilidad de una amnistía a todos los presos políticos; 7: la intención de impedir cualquier tipo de parcialidad en el proceso de institucionalización dada la pertenencia y militancia radical del Ministro del Interior Arturo Mor Roig; 8: Garantizar la imparcialidad en los medios de difusión; 9: El levantamiento del estado de sitio; 10: la consulta y acuerdo con todas las fuerzas políticas de la política y ley electoral como así también la convocatoria a elecciones libres.

Era para empezar a conversar pero la soberbia de Lanusse lo rechaza y lo que es peor continúa la provocación : «Para que quiere la derogación de la cláusula de residencia si no le da el cuero para venir» decía, más o menos textualmente, pensando que la cobardía le impediría regresar.

Cuánta sangre costó después aquella insensatez.

A fines del 72, en el primer regreso al país, en un plenario sindical celebrado en la UOM, Perón, después de sacarse el saco y quedar «descamisado» como era de rigor, ante el emocionante silencio de los delgados que esperaban ansiosos su palabra, la que escucharían en forma directa y presencial por primera vez, le respondió a Lanusse comenzando con aquella frase de Fray Luis de León: «Como decíamos ayer…».

Había venido, estaba de vuelta y continuaba en la lucha de siempre. Le daba el cuero y aparentemente mucho más.

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