Asombro mundial por asalto al Capitolio en Washington

INTERNACIONAL

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Disturbios en el capitolio el pasado 6 de enero / Foto: Blink O’fanaye

Lectura: 5 minutos

Desde su construcción en 1793, el Capitolio de Estados Unidos ha visto cientos de protestas, tiroteos dentro y fuera del edificio y incluso un incendio. Pero hasta el miércoles, no había sido asaltado por cientos de personas, algunas armadas, en medio de una sesión bicameral.

Después de una jornada que dejará una marca indeleble en la historia del país, los estadounidenses buscan darle sentido a los sucesos. Para algunos, la magnitud del asalto es desconcertante, mientras que para otros, era algo que se veía venir.

El recuerdo histórico más extremo se remonta a menos de 40 años después de la independencia, cuando en 1814 fuerzas británicas intentaron quemar y saquearon el edificio.

En el pasado reciente, en 1954, cuatro nacionalistas puertorriqueños abrieron fuego en la Cámara de Representantes —dejando cinco heridos— y en 1983 un grupo comunista detonó una bomba en el Senado.

Para Ross Baker, historiador y profesor de Ciencia Política en la Universidad Rutgers, lo más parecido a lo sucedido el miércoles se conoce como la Ejército de Coxey. En 1894, medio millar de personas armadas marcharon hacia el Capitolio, angustiados por la depresión económica, pero su líder, Jacob Coxey y varios de sus seguidores fueron arrestados en las escaleras del edificio.

Tanto líderes políticos como expertos se preguntan cómo fue posible que una multitud de personas, algunas de ellas armadas, lograran traspasar la seguridad de uno de los edificios más emblemáticos del gobierno estadounidense.

Tanto la alcaldesa de Washington D.C., Muriel Bowser, como decenas de legisladores pidieron que se investigara la actuación de la fuerza especial que protege el Capitolio. El jefe del cuerpo policial renunció en la tarde del miércoles.

«Estoy atónito», dijo a la Voz de América Richard Dick Díaz, agente retirado de la policía de Miami y consultor de temas de seguridad. «Pudieron hacer en el Capitolio del país lo que no pueden hacer en una estación de policía [local]», agregó.

Sin embargo, para analistas políticos, la violencia y el caos del que fue testigo Washington D.C. no solo era inevitable, sino que se venía anunciando desde hace semanas.

«Era inevitable (…) el presidente se estaba volviendo cada vez más desesperado sobre la posibilidad de perder su trabajo y sus llamados se volvieron cada vez más radicales», dijo Baker.

El presidente Donald Trump inició y replicó las denuncias sin pruebas de un fraude electoral y promocionó, desde su cuenta de Twitter, las protestas de «Detengan el Robo» —un eslogan acuñado por él— programadas para el seis de enero. «Estaré allí, será salvaje», escribió el 19 de diciembre.

En foros online y redes sociales —como la plataforma Parler, popular entre conservadores— los seguidores del presidente discutieron por semanas los planes de escalar la violencia, según una investigación de la agencia de noticias ProPublica.

«No solo fue para nada sorprendente, sino que también debería haber sido absolutamente esperado por alguien responsable de la seguridad de los miembros del Congreso», dijo Simon Clark, experto en terrorismo.

Horas después del asalto al Congreso, con los pasillos aún cubiertos de vidrios, papeles y muebles rotos, legisladores republicanos de ambos partidos —incluyendo el más importante senador republicano, Mitch McConnell— rechazaron la idea de impugnar los resultados electorales y culparon al presidente por incitar al caos.

«La gasolina estaba ahí, él simplemente encendió la mecha», concordó Baker, quien también estudia y busca combatir el discurso de odio en redes sociales, recuerda que EE. UU. tiene una larga y escabrosa historia de violencia política, que se remonta a la época de la esclavitud.

Los eventos del miércoles, argumenta, «sucedieron en un contexto de una tradición antidemocrática y violenta en EE. UU.». Al fin y al cabo, subraya Baker, en EE. UU. surgió «uno de los movimientos terroristas más agresivos del planeta», el Ku Klux Klan (KKK), «que logró evitar que los afroestadounidenses tuvieran un derecho [efectivo] al voto» por casi 100 años.

Aunque el derecho al voto para los afroestadounidenses fue admitido en 1870, no hubo un verdadero acceso a la democracia hasta la firma de la Ley de Derecho al Voto —en 1965— que prohibió el uso de pruebas de alfabetización y otras herramientas que excluían a la población negra de las elecciones.

Los linchamientos, incendios y persecución llevadas por el KKK en el sur del país obligaron a cientos de personas a huir al norte y disuadieron efectivamente a la población afroestadounidense de ejercer el derecho al voto. «Para efectos prácticos, EE. UU. se convirtió en una democracia recién en 1965», sentencia Baker.

Otro artículo de interés: Ahora furia demócrata acorrala a Donald Trump

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