Opina Calabrese: Los años de plomo (I)

OPINIÓN

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Bombardeo en Plaza de Mayo (1955) / Foto: Argentine Media

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Causas y Efectos

La resistencia y el desarme del peronismo contra la dictadura y la proscripción

Lectura: 11 minutos

I.- EL CAMPO FÉRTIL

Hegel resalta la racionalidad en los estudios históricos y sostiene que no solo deben considerarse los hechos sino las causas y el origen de los mismos.

En este sentido al analizar los hechos de la historia argentina se aprecia que se destacan por la violencia de sus actores. Archivaldo Lanús repite, según le hemos escuchado, que siempre resolvimos nuestros problemas a los tiros.

En su magnífica obra «La Argentina Inconclusa» nos trae algunos recuerdos inevitables para esta introducción, señalando las diferencias que según los momentos nos dividían y enfrentaban, mencionando por ejemplo a Estanislao Zeballos que decía que los argentinos confundían los ideales con los medios y obraban en consecuencia, o a Sarmiento, Mansilla y Fray Mocho que enfrentan a los gauchos, el desierto, con un mundo de ciudadanos, civilización o barbarie, a Manuel Gálvez que refería a la «absurda megalomanía de Buenos Aires» en detrimento de las provincias, mientras Juan B. Justo, afirmaba que solo conocíamos a gobiernos de «opereta» sin origen popular y para Scalabrini Ortiz que sostuvo que «el argentino siempre fue un paria en su propia patria».

Después, al referirse al código de violencia practicado a partir de los hechos de Mayo en 1810, señalando los trágicos finales de Liniers, Dorrego, Facundo, Marco Avellaneda, Camila O’Gorman, Chacho Peñaloza no olvida las luchas entre unitarios y federales, siempre dilucidada entre lanzas y montoneras que ni siquiera terminan en la constitución de 1853, a la que siguen los enfrentamiento por la federalización de Buenos Aires, la Guerra del Paraguay, la conquista del desierto y el extermino de los caudillos del interior con el exilio final de Felipe Varela.

En 1912, más de medio siglo después de sancionada la Carta Magna, Joaquín V. González, expresaba que en la Argentina nunca se había votado, lo que recién gracias a muchas revoluciones, revueltas y movilizaciones logran Alem, Irigoyen y los radicales en 1916, con el sufragio obligatorio, universal y secreto, aunque a menos de 15 años le sigue el golpe de estado del 30 y una década después la revolución del 43, y luego la del 51, las dos del 55, otra en el 56, al poco tiempo el derrocamiento de Frondizi, después el de Illia, culminando en el terrible y funesto asalto al poder de la feroz dictadura del 76.

En este campo regado de inflamable líquido solo falta arrojarle el fósforo encendido en cualquier lugar.

II.- LA DECADENCIA DEL SEGUNDO GOBIERNO PERONISTA

En su segundo mandato de 1952 en adelante, el exceso de poder empezó a socavar los cimientos de una primera gestión revolucionaria que cambió a la Argentina y la leve espuma opositora inicial se transformó en la contundencia de una ola imparable.

La obsecuencia se expandió, se rumoreaban negociados, por ejemplo, tras la concentración internacional de la oferta en el IAPI, se contaminó la enseñanza con indicaciones políticas en los textos escolares, el culto a la personalidad adquirió exagerados límites, en donde calles, pueblos y ciudades cambian su nombre por el de Perón o Evita, incluidas dos provincias. Se clausuraron un centenar de diarios y revistas como «El Tribuno» de Salta, «La Nueva Provincia» de Bahía Blanca y el tristemente célebre cierre de «la Prensa» que tuvo repercusión mundial. En el campo sindical, como en cualquier otro, parecía no haber lugar a disidencias. Para aspirar un empleo era menester ser afiliado al partido gobernante, todos hechos que opacaban las obras anteriores.

Finalmente se produjo el levantamiento armado del 28 de Septiembre de 1951 encabezado por el General Luciano Benjamín Menéndez, en la Escuela de Caballería.

Vencido el intento, el gobierno dictó el decreto 19.376 y declaró el Estado Guerra Interno con lo que permitió la detención por breve tiempo de líderes opositores como Alfredo Palacios, Carlos Sánchez Viamonte, Nicolás Repetto, Federico Pinedo, Manuel V. Ordoñez, Ricardo Balbín, Eduardo Augusto García.

No obstante, no hubo derramamiento de sangre en represalia.

El 11 de noviembre de 1951 la fórmula encabezada por Perón triunfaba sobre la de Balbín- Frondizi con 4.746.168 votos contra 2.415.750.

En abril de 1953, cuando las distancias entre el gobierno y el antiperonismo se habían profundizado, explotan dos bombas en una concentración oficialista en Plaza de Mayo que produjo muertos y heridos y la reacción no se hizo esperar: la muchedumbre enfurecida, incendia la socialista Casa del Pueblo, la Casa Radical, el Jockey Club, el Comité Nacional Demócrata y algunos locales provinciales de la UCR.

III.- LA DESPROPORCIONADA REACCIÓN

Ante la imposibilidad de vencer en las urnas se recurre a los cuarteles, pero pareció insuficiente porque el odio contenido superaba al mero cambio de gobierno.

El 16 de junio de 1955 los llamados «comandos civiles» bajo el signo de Cristo Vence (Una cruz dentro de una V corta, en tono amarillo sobre fondo blanco, los colores papales) salen a la calle de acuerdo con la aviación naval que ametralla y bombardea alevosamente a una multitud desarmada, reunida espontáneamente en plaza de Mayo, en defensa del gobierno.

Allí se arroja el fósforo.

Mueren centenares de personas cuyos cadáveres ni siquiera son contados, por el gobierno para no alarmar a la población y después tampoco por los atacantes para no correr el velo de semejante desatino desproporcionado.

Recuerdo siendo niño, desde la terraza de mi casa cómo los aviones descendían en picada desde el Congreso hacia Plaza de Mayo donde disparaban las ametralladoras distinguiéndose perfectamente las balas «trazadoras».

Todavía se ven los impactos en el frontispicio del Ministerio de Hacienda.

Esa noche, la turba enardecida imputando a la Iglesia complicidad en la masacre, después de una manifestación con carácter opositor efectuadas días antes en la celebración del Corpus Cristi, asalta y quema las iglesias de San Francisco, Santo Domingo, San Ignacio, La Merced, La Piedad, San Nicolás de Bari y Las Victorias, conjuntamente con el Palacio Arzobispal.

Los prelados sindicados afines a la oposición o críticos, Monseñor de Andrea, el padre Sojo y los curas jesuitas del Salvador, el Padre Filippo y el Obispo de San Nicolás, Monseñor Silvio Martínez, igual que Monseñor Gustavo Franceschi, fueron detenidos durmiendo una noche en Villa Devoto y después fueron liberados.

Yo era alumno del Colegio de La Salle, en la calle Riobamba y Tucumán, y existía la creencia que había un túnel secreto que lo unía cruzando la calle en forma subterránea con el Colegio El Salvador, en cuya diagonal, según se decía, escondían las armas los «comandos civiles».

Hubo allanamientos recuerdo, que nos trataban de ocultar, aunque aquello fuera producto de la psicosis del momento. En el colegio había en el subsuelo un polígono de tiro, que nunca había visto usar, y tal vez eso llevara a la confusión.

Luego vino el golpe de estado de septiembre y allí acabó todo o mejor dicho comenzó otra terrible etapa.

Fue una época nefasta teñida de sangre, venganza y rencor con toda la irracionalidad de la impotencia, que produjo una reacción brutal que luego lamentaríamos.

Fue, dada la cantidad, difícil de contabilizar, pero por entonces se decía que el número de dirigentes peronistas encarcelados superaba los treinta mil, esparcidos en todo el país, según expresara Salvador Ferla, conjuntamente con la afirmación de Raúl Puigbó, acerca de centenares de delegados gremiales privados de su libertad.

Las cárceles se llenaban y el destrato era la regla.

En el penal de Ushuaia, por ejemplo, Alejandro Leloir, Oscar Albrieu, Jorge Farias Gómez entre otros altos dirigentes del gobierno derrocado perdían por lo menos 20 kilos, en poco tiempo, padeciendo un régimen implacable de desatención, con 40 grados bajo cero, las ventanas abiertas, sin abrigos, mientras que la nieve entraba hasta por lo agujeros de las aberturas desvencijadas. No había libros, comida, ni cigarrillos, mucho menos visitas.

Se había dictado el famoso decreto 4.161, sin antecedentes en el mundo de la política, que prohibía nombrar, señalar, escribir o de cualquier manera invocar los nombres de Perón o Evita, al peronismo, el justicialismo, etc., por ningún medio de comunicación o de ninguna manera, ni siquiera para gritarlo en cualquier esquina personalmente, lo que era motivo de multas, detención y cárcel.

Algunos como Kelly y Cámpora eran sometidos a simulacros de fusilamiento igual que Cooke, Albrieu, Leloir, Benítez, Rocamora, Damiano, y otros que se encontraban en el Penal de Las Heras.

Allí fusilaban en 1956, como mencionáramos en otros artículos, después de 100 años en que no se aplicaba esa pena de muerte, al General Juan José Valle cuyo cadáver, dijo la prensa (Primera Plana), fue pateado en el suelo estando ya inerme, por el Dr. Boffi de la UCRI, recordándose que se dijo «para ellos ni la leche de la clemencia» refiriéndose a los peronistas, según palabras de Américo Ghioldi, representante del socialismo en la Junta Consultiva, asesora del gobierno, integrada por los partidos políticos «democráticos».

Valle, traicionado por Manrique que había prometido que no se aplicaría la pena de muerte ni a él ni a otros compañeros si daba por concluido el episodio contrarrevolucionario de 1956 entregándose, lo hace inmediatamente para impedir el sacrificio de sus camaradas.

Había sido condiscípulo del presidente de facto Aramburu, quien cuando fueron a reclamarle la conmutación de la pena que se aplicaba con rapidez inusitada, sin juicio ni defensa alguna, minutos antes de la descarga final, a quien fuera abanderado del Colegio Militar, mayor promedio de la promoción, primus interpares, sobresaliente oficial en la Escuela Superior Técnica, con menciones honorificas, sobre la base de la palabra empeñada, manifestó que estaba descansando que no lo molesten.

Siguió entonces el desafortunado, la suerte de Cogorno, Irigoyen y otros, alrededor de una treintena se supone, sumando los fusilados en la Unidad Regional de Lanús, en Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejercito, la Penitenciaria Nacional y los de los basurales de José León Suárez.

En verdad creo que si a todo eso le sumamos el bombardeo y ametrallamiento a mansalva de los civiles indefensos en Plaza de Mayo el 16 de Junio del 55, es fácil concluir que todo el dolor y toda la sangre derramada por entonces, fue peronista.

Esa terrible desproporción, cargó la pólvora del odio en las balas de los treinta años siguientes.

Visto desde el justicialismo se pensaba que a Perón, acusado de dictador, ni siquiera el 1% de todo aquello podría imputársele. ¿Qué hubiesen dicho si apenas una pequeña porción de esos crímenes se hubieran cometido en sus 10 años de gobierno?

La contestación a la violencia es siempre más violencia.

El incendio ya no se apagaría.

*DISCULPAS: pido disculpas por las pequeñas menciones autorreferenciales, que lo es totalmente, aunque consideré necesario incluirlo como ratificación de mi testimonio. A. C.

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